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Las ideas no viven sin organización

Sustituir organizaciones por movimientos lleva consigo problemas de legitimación democrática

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Mitin electoral del laborista Corbyn en el Reino Unido EFE

Hace casi 30 años, se revelaron unas conversaciones telefónicas privadas donde un Secretario de Organización del PSOE se refería a su Secretario General como “El Dios”. En otra ocasión,  un cargo de otro partido expresaba: “Yo soy tremendamente coherente; siempre con el Secretario General, sea quien sea y diga lo que diga”. Ambos relatos nos situaban en un tiempo de autocracia organizacional. Hoy estamos en otros tiempos. Incluso se debate si las organizaciones políticas y sociales serán sustituidas por meros movimientos puntuales.

Sin lugar a dudas, las organizaciones necesitan nuevas formas que les permitan  refrescarse, recuperar el crédito perdido. La jerarquía en el mando, la verticalización de la comunicación y la lealtad ciega han quedado atrás.  En estos momentos, las organizaciones de cualquier naturaleza van adquiriendo una estructura más horizontal, más relacional, más comunicativa. Las organizaciones duras se han transmutado en blandas porque la sociedad ha mutado. La gaseosidad de nuestra sociedad da lugar a unas organizaciones difuminadas en sus formas y límites.

La elección directa de cargos se va asentando en los partidos políticos. Incluso se recaba la participación a personas de fuera de la organización. Todavía las organizaciones sindicales se muestran reticentes a incluir este método de elección. Pero, llegará el día en que se asuma con normalidad que el Secretario General de CCOO o de UGT, por citar a dos de ellas, pueda ser elegido directamente por su afiliación. En el ámbito empresarial, se recaba la participación de los trabajadores y se plantean fórmulas abiertas de participación en la innovación de la empresa como un sistema de inteligencia colectiva.  Recientemente, en el Gobierno de Navarra se diseñaba un sistema de provisión de jefaturas donde los empleados evaluaban a sus futuros jefes. En definitiva, las formas organizacionales van evolucionando con la sociedad.

Pero las organizaciones no suelen ser sencillas, son complejas en su estructura y número de participantes. Por ello, es preciso conjugar la legitimidad del poder con la responsabilidad en el ejercicio del cargo que se ocupa. La responsabilidad del dirigente o del ejecutivo conlleva a la búsqueda del consenso mediante el fomento del diálogo, acuerdo y cesión de las partes. Mientras que el  mandato directo por parte de los miembros busca una legitimación más amplia, universal. Es preciso conjugar ambas dinámicas. Si sólo nos dotamos de la vía delegada, los representantes pueden establecer sistemas opacos y secuestrar el poder delegado que reciben. Mientras si sólo usamos la vía directa, ésta se puede convertir en  meros plebiscitos que eviten el diálogo y propicien el populismo. Por ello, sustituir organizaciones por movimientos lleva consigo problemas de legitimación democrática.

Las  organizaciones están viviendo una revolución que tiene que ver con la nueva dimensión en el ejercicio del poder. La naturaleza del poder como capacidad de influir en las personas sigue siendo la misma pero las formas en su ejercicio se están ablandando, se convierten en más amables, más difusas. La imposición se eclipsa en favor de la sugestión. El envoltorio que reviste el poder es diferente pero no así el poder mismo. Solo mediante la ocupación ciudadana de los espacios públicos podremos encontrar equilibrio en el ejercicio del poder. Para ello, necesitamos ciudadanía activa, de la asunción por parte de cada persona de su responsabilidad en los asuntos de todas y todos. De eso va también el republicanismo cívico.

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