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Cataluña, todo un Estado (de emergencia)

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Se veía venir. El Estado español había puesto su poderosa maquinaria al servicio de una operación de caza mayor contra quienes encarnan la voluntad de Cataluña. ¿Y qué otra cosa podía hacer Artur Mas ante un acoso de tales proporciones? Acelerar el proceso independentista, para que la República Catalana acabe siendo un hecho incontestable y blindado, frente a quienes tratan de torpedearla. De ahí su decidido impulso a la propuesta que su plataforma electoral, Junts pel Sí, y la CUP han pactado, para someterla a la aprobación del Parlamento recién constituido.

Hay quien no parece haber entendido un acuerdo que, además de haber cabreado a toda España,  ha sumido en la confusión a la mitad del Gobierno convergente en funciones y a una buena parte de la sociedad catalana. Y hay que reconocer que la cosa, en principio, suena un poco rara. Tan rara como sonaría que Lenin se hubiera puesto de acuerdo con el zar Nicolás II para poner en marcha la revolución rusa. Pero, ¿quién ha dicho que la independencia de un país es una tarea fácil, y más si se pretende hacer a lo bestia? Y, por otra parte, ¿qué nación que se precie no empieza su andadura con una guerra civil que le dote de cierta épica; o, en su defecto, con un poco de caos?

Y en esto último, el caos, habrá que reconocer que la andadura nacional de Cataluña marcha razonablemente bien y con una creatividad envidiable. No pudiendo votar, porque España se lo impedía, el pueblo catalán se las ha arreglado para mantenerse durante años en un estado de votación permanente sobre lo suyo, caminando por sucesivas rutas electorales para no llegar a ningún lado, lo que tiene su mérito. Y que un Parlamento –o, mejor, una vanguardia parlamentaria- se sienta en condiciones de trazar una línea estratégica al país para los próximos años, aun antes de elegir al presidente del Gobierno, no deja de ser toda una proeza libertaria que dejaría perplejo al mismísimo Bakunin; porque ir perfilando un Estado sin un Gobierno que lo conduzca es algo que no entraría en los sueños de los teóricos más audaces del pensamiento anarquista.

Se ha sembrado, pues, el desconcierto necesario para que la independencia de Cataluña tenga el camino expedito. Ahora toca ir concretando cómo se desconecta la nueva República de las estructuras del Estado, porque surgirán problemillas menores que habrá que solventar. Cosas tan tontas como las pensiones, por ejemplo; o decidir cómo se van a resolver los impagos a los farmacéuticos catalanes, trasladando el problema al Estado con el que hay que desvincularse a toda prisa.  Aunque quizá lo más urgente sea desconectarse de las instancias judiciales y policiales españolas que tanto daño están haciendo a la causa catalana, dado su empeño en investigar al clan Pujol y su nutrida hueste de compañeros mártires, por hacer sospechosos, aunque patrióticos, juegos de manos con el dinero. A fin de cuentas, ¿por qué los ciudadanos catalanes no van a poder viajar a Andorra sin que unos tribunales y policías foráneos les cuelguen la sospecha por un maletín de más que se haya podido encontrar?  

Acabe como acabe todo esto, lo que parece claro es que Artur Mas ha conseguido poner a Cataluña en el mapa europeo y mundial, aunque sólo sea para que los mandatarios de todos los países y organismos internacionales le suelten la bronca. Por algo se empieza: que hablen de uno, aunque sea bien. Cataluña se ha convertido en un problema que ha llegado hasta la ONU. Por eso, quizá ahora no, pero tarde o temprano, acabará teniendo su Estado, como Palestina, que seguramente, y al paso que va, lo tendrá a la vuelta de unos pocos siglos. Es una lástima que aquí el Gobierno del PNV, partido que abrió la brecha con el lehendakari Ibarretxe, no aproveche el tirón y aplace su compromiso con el nuevo estatus de Euskadi hasta la siguiente legislatura. ¿Será porque, segurolas como son, los de Ortuzar y Urkullu han llegado a la conclusión de que no está el horno para bollos?

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