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Éxito

En Cataluña ya han descubierto que dado que la naturaleza humana es fundamentalmente primaria el triunfo es tan solo una cuestión tribal de modo que el éxito en dicho territorio se mide, actualmente, por el odio que generas al considerarte unionista o al considerarte independentista

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Hablan en una de esas tertulias que tanto abundan en los medios audiovisuales del éxito social. No creo que nadie sepa muy bien que es el éxito, ni social, ni no social, aunque siempre he sospechado que en este país el éxito casi siempre ha consistido en sobrevivir tanto ahora, en esta democracia reglada por banqueros, constructores, concejales de urbanismo y siniestros propietarios de medios de comunicación, como en las muchas dictaduras que tuvieron que sufrir nuestros antepasados.

En este mundo todo es pasajero, todo, tanto el aburrimiento como la diversión, el entusiasmo como la depresión, todo menos la voluntad humana de triunfar en la vida. El problema es que el éxito social también está sujeto a los caprichosos vaivenes de las modas, el tiempo y las envidias que provoca. Durante la posguerra española, por ejemplo, el éxito era no morirse de hambre, despiojarse, tener un cura que velara por tu supervivencia y disfrutar del don de mantener el brazo en alto el tiempo suficiente ante el retrato del Caudillo como para que te nadie te delatara por rojo, masón, homosexual o contrario al régimen.

El éxito social está sujeto a los caprichosos vaivenes de las modas, el tiempo y las envidias que provoca

Durante los años cuarenta y cincuenta, para muchos vascos, el éxito consistía en viajar hasta Madrid para comer una paella en Riscal, comprar penicilina en Chicote y bailar, luego, en Pasapoga con una rubia muy oxigenada que llevaba sobre los hombros desnudos un abrigo de mutón. Más tarde, durante los años sesenta, el éxito se confundió con el tamaño del coche que conducías, con tener suficiente pelo como para hacerte pasar por un hippie californiano o con haber estado en las barricadas parisienses asegurando que bajo los adoquines estaba la playa y así hasta nuestros días en que el triunfo social en esta lluviosa comunidad se mide por el límite del crédito que te concede la caja de ahorros para comprarte una segunda, tercera o cuarta residencia; por la cantidad de palmadas que puedes propinar sobre la espalda de alguno de nuestros cocineros más célebres; por el número de invitaciones que recibes para inaugurar cualquier sandez en el Guggenheim o por los viajes ocasionales que te permiten disfrutar, alegremente, de la piscina, los restaurantes, la sauna, los campos de golf y las “señoritas de compañía” más selectas en alguno de los hoteles más lujosos de este desdichado planeta.

Y si además esto último corre a cargo de alguna administración pública, ya sea municipal, autonómica, estatal o europea, no cabe la menor duda de que, uno, salido del vientre de su madre tas desvalido como cualquier hijo de vecino, ha triunfado en la vida.

En Cataluña, sin embargo, ya han descubierto que dado que la naturaleza humana es fundamentalmente primaria el triunfo es tan solo una cuestión tribal de modo que el éxito en dicho territorio se mide, actualmente, por el odio que generas al considerarte unionista o al considerarte independentista. Cuantas más personas te odien por tu condición de unionista o por tu condición de independentista más célebre serás, lo que entre los tuyos, en tu manada, será un síntoma inequívoco de que tras muchos esfuerzos has llegado a convertirte en una persona de éxito.

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