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Lentitud

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El problema es siempre la cantidad. No me refiero a la desmesurada cantidad de gente que puebla el planeta, que también, sino a la cantidad de cosas que se supone que tenemos que hacer para llevar una vida digna de ser vivida: la cantidad de lugares que tenemos que visitar; la cantidad de restaurantes donde tenemos que comer; la cantidad de personas con las que tenemos que chalanear o la cantidad de reproductores de música, ordenadores, tabletas, móviles, videojuegos, televisores y automóviles que tenemos que comprar si queremos resultar contempóraneos.

Seguramente por eso siempre tenemos prisa. No tenemos tiempo para nada. Estamos siempre tan ocupados corriendo maratones, coronando cumbres, descubriendo restaurantes, visitando ermitas románicas, riéndole las gracias al director de recursos humanos y haciendo cola para comprar la última estupidez tecnológica que ni siquiera tenemos tiempo para visitar a nuestros amigos, parientes o a las personas con las que realmente nos gustaría hablar.

Todos tenemos prisa. Un montón de prisa. Todos vamos de ninguna parte a ninguna parte a toda velocidad, como si nos persiguiera la muerte o lo que es peor, como si temiéramos que el aburrimiento nos alcanzara. Toda esta prisa ha generado una gran soledad, una total imposibilidad de detenerse un instante, tan solo un instante, para hablar, para conversar – en definitiva para comportarnos como se lo que se supone que somos; o sea, seres civilizados. La prisa es la característica esencial de nuestro tiempo y ha sido la prisa la que ha destruido la calidad. La calidad de la comida, de la literatura, de las conversaciones, de los chistes, de la arquitectura, de las relaciones sentimentales...

Tratando de ser felices hacemos tanta cantidad de cosas a tanta velocidad, siempre por mandato publicitario, eso sí, que apenas nos queda tiempo para descubrir que la felicidad, como dijera Goethe, está, sobre todo, en la limitación.

Hay un principio miserable que se ha extendido en esta época miserable según el cual la calidad depende de la cantidad. La calidad de un programa de televisión, por ejemplo, depende la cantidad de audiencia que obtenga y la calidad de una novela depende también de la cantidad de lectores que se alimenten con las peripecias de una costurera, por ejemplo, eso sin mencionar a ese terrorífico invento llamado Twitter... Tratando de ser felices hacemos tanta cantidad de cosas a tanta velocidad, siempre por mandato publicitario, eso sí, que apenas nos queda tiempo para descubrir que la felicidad, como dijera Goethe, está, sobre todo, en la limitación.

La antigua lentitud de estos últimos días otoñales, por ejemplo, ha sido sustituida en la ciudad por un quehacer continuo, incesante, muchas veces insensato, donde, casi, casi histéricamente, nos vamos olvidando, día tras día, de nosotros mismos y de nuestras perezosas costumbre mediterráneas para comportarnos, todos, como atareados y productivos teutones. Lo hacemos todo a toda velocidad: comer, beber, hablar, pasear... ¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud?. ¿Por qué todo consiste en llenar el tiempo con tareas, desplazamientos, gestiones, entretenimientos que no nos permitan percibir el paso del tiempo, su discurrir lento, minucioso, tan preciso como un campanario, tan implacable como una esquela y tan silencioso como un recuerdo?

La velocidad que nos ha proporcionado la revolución tecnológica nos mantiene permanentemente fuera de nosotros mismos, desplazándonos, siempre, hacia otro lugar, ya sea físico, en el caso de que estemos viajando en coche, en tren o en avión, o virtual, en el supuesto de que estemos contemplando una pantalla de televisión, de ordenador o de teléfono... Lo escribió hace ya tiempo Milan Kundera en su desigual libro titulado “La lentitud”: “un hombre camina por la calle; de pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa; en ese momento, mecánicamente, afloja el paso; por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta...; el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”.

En esta prisa con la que habitualmente vivimos está presente, siempre, el olvido, nuestro olvido.

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