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Poner puertas al campo

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Aquí y ahora hay quien pone puertas al campo. Y no voy con segundas, intención que podría ser perfectamente respetable teniendo en cuenta la cantidad de gente que a diario intenta crear barreras donde no debe haberlas y vendernos a la vez la idea de que todo es por nuestro bien. No. Esta vez no voy con segundas. Me estoy refiriendo a algo material; a algo que sucede en tierras de Álava.

Ya se que la Real Academia de la lengua nos presenta la expresión como una frase puramente coloquial para dar a entender la imposibilidad de poner límites a lo que no los admite. Pero hete aquí que uno de nuestros conciudadanos alaveses ha decidido desafiar no sólo la física, sino la ética y también la estética y ha colocado una puerta en el campo sin que hasta ahora las autoridades administrativas competentes le hayan hecho desistir de su sinrazón.

Vamos al detalle. Estoy hablando del GR 284 que es como se denomina al Camino Real de la Sopeña. Se trata de un trayecto histórico que une a Vizcaya con el burgalés Valle de Mena. La primera de sus etapas, la que transcurre entre Orduña y Añes,  invita a recorrer los pasos que mulas, mercaderes y comerciantes transitaban en otro tiempo para garantizar su subsistencia y que hoy forman parte de la interesante red de itinerarios verdes de Álava.

Ya habremos recorrido poco más de diecinueve kilómetros de pistas; habremos rebasado bosques de hayas, pinos y robles  y admirado el imponente Pico Ungino cuando nos toque iniciar la segunda etapa del GR284, la que va de Añes a Artziniega. Ya estamos enfilados hacia la ingrata sorpresa.

No te la imaginas. Y menos aún después de ir barruntando el placer que te producirá un recorrido silencioso por el pequeño pueblo de Sojo, que con sus señoriales casas torre confirma que fue durante la Edad Media uno de los núcleos de población más importantes del valle de Ayala. Pues bien, disfrutas soñando el tiempo acumulado en esas piedras, imaginas el trasiego vivido a su alrededor, cuando una barrera interrumpe un camino que no debe tener barreras. Es la imprevista puerta en el campo.

Disfrutas soñando el tiempo acumulado en esas piedras, imaginas el trasiego vivido a su alrededor, cuando una barrera interrumpe un camino que no debe tener barreras. Es la imprevista puerta en el campo.


Está claro que este GR, como muchos otros, atraviesa terrenos que tienen propietarios. Pero, por definición, el tránsito a través de ellos es libre, está señalizado como tal y es respetuosamente  compatible con los usos y tradiciones agropecuarias de cada zona. Sin embargo, uno de esos propietarios ha decidido que él marca frontera, que pone límite al camino y trabas al caminante. Prácticamente, sucede a mitad de etapa. En el barrio de Orbilla. Y, por si fuera poco, ha incorporado a una panda de avispados mastines a vigilar el sendero tras la puerta. Porque no debe haber dudas: a este ciudadano no le gustan los paseantes.

Ninguna autoridad interviene para enmendar una situación que en la zona se reconoce anómala. Algunos bienintencionados avisan al peregrino de lo que le espera y hay quien confiesa no atreverse a proseguir el camino debidamente balizado. La puerta en el campo interrumpe lo que es un acceso perfectamente ordenado a la naturaleza. Eso son hoy los GR que tienen, además,  otra gran virtud como es la de unir, la de aproximar, la de conectar a personas y lugares.

Pero en nuestro vecindario hay individuos que no creen en la maravillosa posibilidad de acercarse al otro. Que la rechazan. Y lo cierto es que esa puerta en el Camino Real de la Sopeña se puede convertir aquí y ahora en metáfora. Hay quien se empeña en poner fronteras donde no debe haberlas, pero afortunadamente, su empeño resulta inútil. Los que ponen puerta al campo no tienen futuro.

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