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Pueblos

La democracia, por imperfecta que sea, solo tiene en cuenta a los individuos, no a los pueblos

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No es que en los medios de comunicación haya mucha información al respecto pero tengo entendido, según me han comentado en el bar nuestro de cada día, que hay una preocupación generalizada en este país por lo que está ocurriendo en la comunidad autónoma catalana debido al deseo de buena parte del “pueblo catalán” de independizarse de España.

Motivos para independizarse de España nunca han faltado, más en este momento en que además de tener que soportar a Rafael Hernando soltando sandeces cada vez que se desprende del palillo incrustado en la comisura de sus labios, estamos gobernados por gente que no solo se consideran los propietarios de este desértico país desde que el cardenal Cisneros lo fundamentara sino que también llevan una enorme cantidad de años mintiéndonos, despreciándonos, condenándonos a salarios de miseria, cuando no al desempleo, y robándonos toneladas de dinero público, pero con todo no estaría de más que de una vez por todas en nuestra bárbara historia milenaria no cediéramos a la tentación de confundir la velocidad con el tocino ni a España con los desvergonzados delincuentes que la mal gobiernan.

No hay pueblos, hay individuos, aunque esto sea algo bastante difícil de admitir dándose una vuelta un sábado por la tarde por un centro comercial

El aprendizaje de la democracia, lo mismo que el de la decencia, tanto en España como en las Cambimbas, es una disciplina solitaria mediante la cual uno se convierte en un ciudadano con derechos y deberes individuales sometidos a una justicia democrática y comúnmente aceptada. Hace ya tiempo que este individualismo occidental descubrió la dignidad insustituible de cada individuo, con independencia de la raza a la que pertenece, la nación, el sexo, la edad, la religión, los defectos físicos que tiene, el sistema de creencias que le sustenta o cualquier otro derecho colectivo; dicho de otra manera, el individualismo occidental – con todo lo que tiene de materialista, solitario y consumista - es el único que ha permitido el reconocimiento de los derechos del individuo con independencia de su comunidad y, si es necesario, también contra su comunidad.

Por eso, pocas cosas son tan necesarias en nuestro desquiciado territorio como acabar de una vez por todas con la mística del pueblo. No hay pueblos, hay individuos, aunque esto sea algo bastante difícil de admitir dándose una vuelta un sábado por la tarde por un centro comercial. La democracia, por imperfecta que sea, solo tiene en cuenta a los individuos, no a los pueblos, ya que, como escribió hace ya tiempo Daniel Cohn - Bendit, líder, ya setentón, del manoseado y legendario mayo del sesenta y ocho parisino, toda definición de pueblo tiende, inevitablemente, al fanatismo, al totalitarismo, al racismo y ahí está la terrible y desdichada historia del siglo veinte europeo donde los fanáticos consiguieron destrozar veces este continente repetidas veces...

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