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La fisonomía de las ciudades no solo depende del transcurrir del tiempo, de la interminable codicia de los constructores o de la voluntad, el capricho o las necesidades electorales de sus alcaldes, sino también de los oficios –sobre todo del oficio predominante– que sus habitantes ejercen.

Esto ha sido una constante en la historia de la desgastada Europa, aunque, a decir verdad, las distinciones fisonómicas de las ciudades cada vez resultan más sutiles ya que de un tiempo a esta parte los edificios construidos con una monotonía carcelaria se han extendido por todas partes y además todos o casi todos los europeos hemos claudicado de nuestros oficios para dedicarnos más o menos a lo mismo; es decir, a pasarnos los días buscando dinero donde no lo hay mientras permanecemos sentados ante la pantalla de un ordenador del mismo modo que los galeotes permanecían sentados remando en las galeras del rey.

Revisiones históricas aparte, lo cierto es que en España, con perdón, todavía hay ciudades que conservan su impronta. No muchas pero, seguramente por descuido, por fortuna o simplemente por inercia, todavía nos queda alguna. Salamanca, por ejemplo, con su claustro universitario impregnando las calles, los edificios y las tabernas de legendarias distinciones académicas. Cartagena, la naviera, enfilándose hacia un mar de destierros, buque escuela y demasiados infantes de marina arrastrando la suciedad del Mediterráneo por los barrios más marginales. Soria helada. Avila amurallada. Santander bordeando minuciosamente el Cantábrico con su milimétrico paisaje de herencias indianas, pastos verdes, barcos pesqueros y poetas arruinados; Toledo, Segovia tal vez; Córdoba lejana y sola...

La fisonomía de las ciudades no solo depende del transcurrir del tiempo, de la interminable codicia de los constructores o de la voluntad, el capricho o las necesidades electorales de sus alcaldes, sino también de los oficios que sus habitantes ejercen.

La apariencia de Bilbao ha estado condicionada durante largo tiempo por los oficios que se ejercían en las numerosas industrias que bordeaban la villa: hierro y barcos, mineral y acero, paraguas goteando sobre el serrín esparcido de los bares y una pasión balompédica que trataba de disimular la nostalgia británica de cada puente, cada parque, cada edificio, cada canción...

Las cosas han cambiado. No mucho pero, bueno, han cambiado: la Gran Vía, por ejemplo, ya es casi peatonal, el fútbol ha dejado de ser una pasión exclusivamente británica y ahora, aunque cueste creerlo, llueve menos. Es evidente que la capital del Guggenheim continua con su período de transformación iniciado cuando la industria se desplomó. Y si es cierto que los oficios de los habitantes condicionan la fisonomía de las ciudades, me parece conveniente que los ciudadanos de esta húmeda ciudad sepan que, según recientes estadísticas, en Bilbao, hay más abogados que en toda Inglaterra.

Quien avisa no es traidor

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