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Una mirada


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No quisiera pasar por alto una mirada. Me refiero a la que se cruzaron Rosa Rodero, viuda del sargento mayor de la Ertzaintza, Joseba Goikoetxea, asesinado por ETA el 22 de noviembre de 1993,  y la ya exmilitantes de la banda, Carmen Gisasola. Sucedió el pasado día 22 durante el acto con el que la familia y los allegados de Goikoetxea querían honrar su memoria. Y, la verdad, no se me ocurre mejor homenaje para alguien que ha muerto victima de la barbarie y del odio que esa mirada llena de memoria y de futuro.

Era la primera vez que personas que han estado muy activamente vinculadas a ETA  asistían a un acto público en recuerdo de quien fue asesinado por sus compañeros de organización. Pluralizo porque además de Gisasola acudió también Andoni Alza. Ambos han roto luego todos los lazos con la banda y han asumido el peso tremendo del daño producido. Pero una cosa es practicar la autocrítica, admitir errores y acogerse a las posibilidades que brinda la ley penitenciaria – y me refiero a la conocida como ‘vía Nanclares’  y otra, más difícil aun, cruzar los ojos con alguien que ha sufrido una pérdida irreparable en nombre de la causa que tú respaldabas.

Una cosa es practicar la autocrítica, admitir errores y acogerse a las posibilidades que brinda la ley penitenciaria – y me refiero a la conocida como ‘vía Nanclares’ y otra, más difícil aun, cruzar los ojos con alguien que ha sufrido una pérdida irreparable en nombre de la causa que tú respaldabas.


Conocemos, o mejor, tenemos directas referencias de los encuentros restaurativos que dentro de las prisiones han tenido lugar – ahora el Gobierno de Mariano Rajoy los ha paralizado-- entre algunas víctimas y miembros de ETA. Nos han explicado la carga emocional y simbólica que preside esas entrevistas, siempre voluntarias y discretas, y el importante y positivo efecto que en los interlocutores tiene ese diálogo. Pero nunca hasta ahora se había producido un encuentro público entre alguien que perdió lo que más quería y alguien que consideraba justificado arrebatárselo; no habíamos observado el poder de una mirada.

Lo cierto es que todo fue bastante simbólico esa fría mañana de viernes en la Plaza de la Convivencia donde recordaron a Goikoetxea dos años después de que se hayan dejado de escuchar tiros y bombas. La plana mayor del PNV y dirigentes emblemáticos como los exlehendakaris José Antonio Ardanza y Juan José Ibarretxe compartían un espacio excepcionalmente plural. Porque allí estaban también Edurne Brouard, la hija del dirigente de HB asesinado en su consulta de pediatra el 20 de noviembre de 1984, o Axun Lasa y Pili Zabala, hermanas de los jóvenes militantes de ETA secuestrados, torturados, asesinados y enterrados en cal viva.

Familiares y allegados de otras víctimas de ETA quisieron sumarse al recuerdo. Además no faltó la representación política del PSE ni la de Bildu que, en esta ocasión no se limitó sólo a miembros de EA, tradicionalmente habituales en este tipo de actos cuando concurrían ante los ciudadanos como marca propia. Estuvo una candidata genuina de la izquierda abertzale como Laura Mintegi. Todo un progreso. Y más cuando se recordaba a un ertzaina, a un “zipaio”, a  un especial enemigo para los radicales durante décadas. Por eso, constituye todo un paso atrás -otro más-  que nadie del PP ni de UPyD acudieran al homenaje.

Y es más lástima todavía que no pudieran ser testigos de esa mirada limpia que cruzaron Rodero y Gisasola. Hubieran podido ver en ella que no hay olvido, que la memoria está muy viva, pero que se puede revivir el pasado no para hurgar en la herida y hacerla más grande, sino para cauterizarla.

Y, sobre todo, esos amigos de palabras a menudo gruesas y vacías hubieran podido observar que cuando los ojos de Rosa Rodero y Carmen Gisasola se cruzaron, quedaba abierto un espacio al futuro. En ese momento pensé que sí, que un día la convivencia será posible. Entre todos, la haremos posible.   

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