Una carta al futuro
El pasado miércoles 24 de junio, la Caja de las Letras del Instituto Cervantes depositó el legado in memoriam del escritor Agustín Gómez Arcos. Allí estuvimos sus descendientes, editores y personas vinculadas con él de alguna u otra manera. Supongo que se imaginan la emoción que me provoca este hecho, el de que el legado de Agustín, olvidado y expulsado de la memoria de su país hasta hace unos pocos años, descanse junto a los Machado, Miguel Hernández, María Lejárraga, María Zambrano o Juan Ramón Jiménez, personas que dejaron una huella en nuestra historia y nuestra cultura que nos inspiró y nos hizo mejores.
Entre los objetos depositados en el buzón, una copia del documental Un hombre libre, y una carta. Una carta personal que me pidieron que escribiera para las generaciones futuras. Así que un par de días antes, me vi con pluma en mano y folio en blanco escribiendo una carta a la antigua usanza, como aquellas que enviaba a mis amigos en los veranos de la infancia.
De repente caí en la cuenta de que cuando alguien leyera esa carta, muy probablemente yo ya no estaría en este mundo, de que estaba escribiendo a una persona del futuro, que vivirá en un mundo del que no sé nada, y que mis palabras serán un vestigio de un tiempo antiguo. Sentí vértigo y una extraña sensación. Qué podría yo decirle a mi amigo del futuro...
Y entonces lo tuve claro. Le hablé de las palabras, de las historias, los cuentos y los relatos.
Verán, uno de mis recuerdos más preciados es el de la voz de mi padre al borde de mi cama, leyéndome cada noche un capítulo de La historia interminable. Yo tengo siete u ocho años y escucho atenta sin apenas mover un músculo. Mi padre inventa las voces y la entonación de Atreyu, de Bastian y del lobo Gmork.
No sé cómo será su mundo, no sé si las voces, las respiraciones y los cuerpos habrán sido sustituidos por inteligencias artificiales y algoritmos al servicio de las grandes empresas, no sé si nuestras tristezas, dolores, nostalgias y alegrías vivirán todavía en creaciones humanas, si seguiremos riendo o llorando en una sala de cine o en un teatro junto a desconocidos, no tengo ni idea
En la historia de Michael Ende, el Reino de Fantasía está desapareciendo porque la gente ha dejado de creer en las historias. Ha perdido la capacidad de imaginar, de soñar y de contar cuentos a los otros. En su lugar, una masa blanca, la Nada, amenaza con destruirlo todo. Aquellas noches, sin ser muy consciente de ello, mi padre me estaba entregando algo de incalculable valor, el fuego alrededor del cual los humanos nos hemos sentado siempre a contarnos cuentos, y así, entender el mundo a través de la voz de los otros. Mi padre me estaba protegiendo contra la Nada.
Si alguien sabía de esto era Agustín, que sufrió el asedio de la Nada a través de la censura y el exilio. Para proteger la narración, se aferró a una lengua extranjera, la francesa, que le permitió seguir poniendo voz, nombres y relatos a todas aquellas historias que su país quería hacer desaparecer, como si nunca hubiesen existido. Sus libros fueron exactamente eso, testimonios de rebeldía contra el silencio y la muerte. Fueron una llama viva.
Así que me atreví a pedirle algo a mi lector del futuro. Entre otras muchas cosas, que se quedan para nuestra intimidad, le pedí que protegiera las historias. No sé cómo será su mundo, no sé si las voces, las respiraciones y los cuerpos habrán sido sustituidos por inteligencias artificiales y algoritmos al servicio de las grandes empresas, no sé si nuestras tristezas, dolores, nostalgias y alegrías vivirán todavía en creaciones humanas, si seguiremos riendo o llorando en una sala de cine o en un teatro junto a desconocidos, no tengo ni idea. Pero por si acaso, se lo pedí, le pedí que protegiera uno de los bienes más preciados que tiene la humanidad, la capacidad de narrar.
Ojalá, querido amigo del futuro, sea como sea el mundo que te ha tocado vivir, los humanos sigamos reuniéndonos alrededor de una hoguera (virtual o real), para seguir contando y escuchando historias. Que no haya vencido la Nada.