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Ágora

12 de junio de 2026 22:45 h

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Escribo desde Atenas, donde participo en el Festival LEA (Literatura en Atenas) y donde presento estos días mi documental Un hombre libre, además de participar en diversas charlas sobre creación y cultura.

Entre las muchas cosas que me han emocionado estos días, sin duda, una de ellas es hablar sobre narración, palabra y pensamiento en la ciudad que inventó el marco para hacerlo. Me impresiona tanto estar aquí, que les confieso que las lágrimas me han caído en más de una ocasión mientras paseo por este maravilloso lugar del mundo.

No les aburriré contándoles cómo se estremeció mi corazón hasta quedarme casi sin habla al subir a la Acrópolis y tener ante mis ojos uno de los mayores hitos de nuestra civilización. El Partenón es un símbolo del pensamiento, de la belleza, las matemáticas, el arte, la arquitectura, la razón… y eso me emociona. Eso, y que una estudió Historia del Arte en la época pre internet y lo había examinado hasta la saciedad a través de fotocopias.

Pero como les decía, no les contaré batallitas de historiadora romántica. Bajaré de la Acrópolis para hablarles de algo que ha llamado poderosamente mi atención. Empezaré con tres ejemplos.

En 1997, el Ministerio de Cultura declaró los cines de verano históricos como monumentos culturales protegidos, prohibiendo cambiar el uso comercial de sus edificios y espacios

Uno. Los cines de verano. La ciudad está plagada de ellos. Se encuentran en pequeñas azoteas, solares, plazas, parques, jardines… Algunos, como el Cine París, donde, por cierto, se proyecta hoy Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, tienen sus orígenes en los años veinte y han sobrevivido a lo largo de las décadas, de las crisis económicas, del auge de las plataformas y de todo tipo de inclemencias. Dentro huele a jazmín y a cerveza fría. Sus muros se recubren con buganvillas y los precios son populares. Están llenos de gente. Un dato. En 1997, el Ministerio de Cultura declaró los cines de verano históricos como monumentos culturales protegidos, prohibiendo cambiar el uso comercial de sus edificios y espacios, impidiendo que estos solares puedan ser vendidos para construir hoteles, centros comerciales o bloques de pisos.

Dos. Los teatros. Atenas es la ciudad con más teatros por metro cuadrado de toda Europa. Son casi 300 los espacios dedicados a la escena teatral, contando las salas independientes. Es inevitable pensar que esta ciudad inventó el teatro tal y como lo conocemos hoy, y me vuelvo a emocionar recordando que hace dos días pisé el primer teatro del mundo, situado en la ladera de la Acrópolis. En el teatro de Dionisos se estrenaron Lisístrata, Medea, Antígona, La Orestiada… Así que podemos decir que el teatro está en el ADN ateniense y no es entendido como un entretenimiento burgués sino como una necesidad social. Cuando este país sufrió la brutalidad de los recortes en los peores momentos de la crisis económica, Atenas, abrió más teatros. Las compañías y salas independientes se multiplicaron.

En el año 2009, los mismos vecinos ocuparon un aparcamiento abandonado, rompieron el asfalto con picos y plantaron árboles frutales, adelfas, olivos y huertos comunitarios

Tres. Los árboles. Uno de mis barrios favoritos de la ciudad es Exarchia, un lugar con una fuerte tradición anarquista y de lucha vecinal. Una de las cosas que más me llaman la atención al pasear por sus calles son los árboles. Hay muchísimos y sin ningún criterio ni planificación. Un naranjo al lado de un granado y al lado un eucalipto y así hasta formar un hermoso paisaje desordenado que aporta sombra y un oasis de frescor en los casi cuarenta grados que alcanza la ciudad. Esto permite que la gente pueda estar en la calle, tomando algo en las numerosas terrazas de los cafés, paseando, charlando. Un amigo del barrio me cuenta que son los propios vecinos los que plantan los árboles cada vez que se queda un hueco. En el año 2009, los mismos vecinos ocuparon un aparcamiento abandonado, rompieron el asfalto con picos y plantaron árboles frutales, adelfas, olivos y huertos comunitarios. Crearon el parque Navarinou, un pulmón verde autogestionado con juegos para niños y espacio para reuniones comunitarias.

Habrán notado un hilo común en estos ejemplos, el espacio comunitario, las plazas donde estar y encontrarse, la ocupación de los lugares para la reunión.

La democracia nació del ágora, la palabra viene del verbo griego ageirein, que significa “reunirse”. Cada vez que cierren un cine, la plaza de su barrio se convierta en un parking, talen los árboles de su calle y los viejos comercios o cafés se conviertan en hoteles y pisos turísticos, recuerden esta palabra: ágora. El espacio donde reside la democracia.