La razón para vivir: quienes permanecen en nosotros

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Es posible que muchas personas no hayan oído hablar de Marta Campillo Rodríguez. Marta fue psicóloga, docente y una de las profesionales que contribuyeron a acercar la terapia narrativa al mundo de habla hispana. Quienes aprendieron con ella recuerdan la profundidad de sus preguntas y su confianza en los conocimientos que las personas construyen para afrontar las dificultades de la vida. Quienes no llegamos a conocerla personalmente aún podemos encontrarnos con ella en sus textos.

Tal vez esa sea una buena forma de comenzar a hablar de la muerte: reconocer que una persona puede seguir acompañándonos después de haber fallecido.

Cuando alguien muere, la ausencia es real. Ya no podemos llamarle, abrazarle o compartir una nueva conversación de la misma manera. Sin embargo, que su presencia física termine no significa que desaparezca todo lo que esa persona dejó en nosotros. Permanecen sus palabras, sus gestos, sus valores y las formas de mirar el mundo que aprendimos a su lado.

La relación cambia, pero no necesariamente desaparece

Durante mucho tiempo hemos escuchado que, para superar una pérdida, debemos despedirnos, cerrar una etapa y dejar ir. Pero aceptar una muerte no exige borrar el vínculo. Podemos reconocer que alguien ya no está físicamente y, al mismo tiempo, conservar aquello que despertó en nuestra vida.

Después del fallecimiento de Marta volví a leer uno de sus textos, titulado La razón para vivir. En él reflexionaba sobre las habilidades que las personas desarrollamos para atravesar la enfermedad, el miedo y el dolor. Hablaba de acciones sencillas, como leer, recordar, imaginar, buscar compañía o dirigir nuestra atención hacia aquello que todavía nos conecta con la vida.

Marta proponía que, si pudiéramos reunir todas las maneras en las que hemos respondido a los momentos difíciles, descubriríamos que cada persona posee una especie de manual de habilidades para vivir. Muchas veces no lo reconocemos. Pensamos que simplemente hicimos lo que pudimos, sin advertir que en ese esfuerzo existen conocimientos importantes sobre cómo resistimos, pedimos ayuda y evitamos que el dolor ocupe toda nuestra historia.

Al releerla pensé que las personas fallecidas también pueden formar parte de ese manual. Algunas de las habilidades que utilizamos para continuar las aprendimos precisamente junto a ellas.

Quizá una abuela nos enseñó a mantener la calma. Un padre nos transmitió una manera de cuidar. Una amiga nos ayudó a conservar el sentido del humor. Alguien creyó en nosotros antes de que pudiéramos hacerlo por nuestra cuenta. Cada vez que ponemos en práctica algo que recibimos de esas personas, su legado vuelve a participar en nuestra vida.

Su presencia aparece en gestos cotidianos: cocinamos una receta y recordamos unas manos, escuchamos una canción y sentimos que una habitación vuelve a llenarse, o nos encontramos ante una decisión difícil y pensamos en lo que aquella persona nos habría dicho. La memoria deja entonces de ser únicamente una mirada hacia el pasado y comienza a participar en el presente.

Esto no elimina el dolor ni convierte la pérdida en algo hermoso. Hay ausencias que duelen durante mucho tiempo y días en los que recordar consuela, mientras que en otros el recuerdo vuelve a abrir la herida. Tampoco existe una única forma correcta de vivir el duelo.

La propuesta es más sencilla: preguntarnos qué parte de aquella relación queremos conservar. Qué aprendimos junto a esa persona. Qué aspecto de nosotros ayudó a reconocer. Qué valor suyo seguimos poniendo en práctica.

Honrar a alguien puede significar contar su historia, mantener una tradición, cuidar a otras personas como fuimos cuidados o pronunciar su nombre sin miedo a incomodar. También puede consistir en preguntarnos de qué se sentiría orgullosa esa persona al mirar la manera en que estamos intentando continuar.

En La Palma sabemos que un paisaje puede transformarse sin perder su historia. Hay lugares que ya no podemos habitar de la misma forma, pero lo vivido permanece en los relatos y en la memoria de quienes estuvieron allí. Con las personas sucede algo parecido: la ausencia modifica nuestro paisaje, pero la historia compartida continúa formando parte de quienes somos.

Por eso, no somos únicamente lo que hemos perdido; también somos lo que recibimos.

Al escribir sobre Marta Campillo podría limitarme a enumerar sus aportaciones a la terapia narrativa. Sin embargo, quizá su legado se comprenda mejor dejando que una de sus ideas entre en nuestra propia vida. Marta nos invitó a reconocer los saberes que nos ayudan a atravesar el dolor. Algunos de esos saberes tienen nombres propios.

La muerte transforma una relación, pero no siempre consigue terminarla. Hay personas que ya no pueden caminar físicamente a nuestro lado y que, sin embargo, continúan presentes en nuestras decisiones, en las historias que contamos y en la manera en que amamos.

Porque también somos las personas que siguen viviendo en nosotros.

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