La queja, el analgésico de la inacción
Hay muchas cosas que me hacen sentir profundamente orgulloso de ser canario.
Nuestra manera de entender la comunidad. La facilidad para abrir la puerta de casa a quien lo necesita. El valor de la palabra dada. La solidaridad que aparece cuando alguien lo está pasando mal. La capacidad de resistir. Porque, si algo ha demostrado este pueblo, es que sabe levantarse cuando la historia le pone a prueba.
Pero querer una tierra también significa atreverse a hacerle preguntas incómodas.
Porque no todo lo que heredamos merece conservarse.
Hay una costumbre que me preocupa especialmente. Está en nuestras conversaciones, en las cafeterías, en las reuniones familiares, en los negocios, en la política y hasta en la forma en que educamos a nuestros hijos.
La queja.
No hablo de la que denuncia una injusticia o señala un problema para buscar soluciones. Esa ha cambiado el mundo muchas veces. Hablo de otra: la que encuentra antes el obstáculo que la posibilidad; la que responde con un «eso aquí no funciona» antes siquiera de escuchar la idea completa; la que convierte el «siempre ha sido así» en un argumento suficiente para no mover una sola pieza.
Hay conversaciones que podrían suceder en cualquier rincón de Canarias. Alguien propone una idea y, antes incluso de terminar la frase, aparece el primer diagnóstico.
“Eso aquí no funciona.”
“La gente es así.”
“No vale la pena.”
“Siempre ha sido igual.”
Casi nunca lo hacemos con mala intención. Pensamos que estamos siendo realistas. Incluso creemos que estamos ayudando. Pero hace tiempo que me pregunto si no hemos confundido el pensamiento crítico con la costumbre de encontrar siempre el “pero”.
Hace años leí una idea de Edward de Bono que todavía me acompaña. Hablaba del sombrero negro, ese que busca riesgos, detecta errores y nos obliga a preguntarnos qué puede salir mal. Es un sombrero imprescindible.
El problema no es ponérselo.
El problema es olvidarnos de quitárnoslo.
Cuando toda idea recibe antes una objeción que una pregunta, cuando cualquier cambio despierta más sospecha que curiosidad, el sombrero deja de ser una herramienta para convertirse en una forma de mirar el mundo.
Y la mente aprende exactamente eso.
Desde la psicología sabemos que el cerebro se especializa en aquello que practica. Si entrenamos nuestra atención para detectar problemas, acabaremos siendo extraordinariamente buenos encontrándolos. No porque la realidad sea únicamente problemática, sino porque hemos aprendido a observarla desde una única ventana.
En terapia narrativa hablamos de las historias saturadas por el problema. El problema existe, pero ocupa tanto espacio que deja fuera cualquier otra historia posible.
Y me pregunto si no nos ocurre algo parecido cuando hablamos de Canarias.
“Es que los canarios somos así.”
Es una frase que cada vez me incomoda más.
No porque crea que no tengamos defectos. Los tenemos, como cualquier pueblo. Me incomoda porque deja de describir una realidad para empezar a construirla. Convierte una historia en una identidad.
Canarias lleva siglos aprendiendo a resistir. Hemos conocido la emigración, la dependencia económica, la distancia de los centros donde se toman muchas decisiones y la necesidad de adaptarnos una y otra vez. Sería ingenuo pensar que esa historia no deja huella en la forma en que un pueblo aprende a mirar el futuro.
Pero las estrategias que sirven para sobrevivir no siempre sirven para construir.
Quizá por eso la queja resulta tan seductora.
Nos permite señalar al responsable. Compartir el malestar. Sentir que hemos participado simplemente por haber encontrado el problema.
La queja es el analgésico de la inacción.
Alivia la conciencia sin obligarnos a cambiar nada.
La veo en la política, donde a veces parece más rentable denunciar que proponer. La veo en las asociaciones que dedican más tiempo a enumerar obstáculos que a construir alianzas. La veo en los negocios, cuando una idea recibe antes un «eso aquí no funciona» que un «¿qué tendría que pasar para que funcionara?». La veo en las familias, cuando educamos más para evitar errores que para desarrollar confianza.
Poco a poco, la queja deja de ser un desahogo para convertirse en una coartada. Si nada va a cambiar, ¿para qué intentarlo? Sin apenas darnos cuenta, la resignación empieza a disfrazarse de realismo y el inmovilismo encuentra siempre un buen argumento para justificarse.
En consulta suelo repetir una idea que me acompaña desde hace años: el incendio nunca es de la persona; es el sistema que la rodea. Quizá con los pueblos ocurra exactamente lo mismo. La queja no nace de la nada. Tiene una historia, un contexto y unas razones. Sería injusto ignorarlas. Pero comprender una historia nunca ha significado quedarse a vivir en ella.
Las historias pueden heredarse. También pueden discutirse, desobedecerse y, sobre todo, reescribirse. Ahí reside la diferencia entre una identidad y un destino. La identidad explica parte de quiénes somos; el destino nos hace creer que no podemos ser de otra manera.
Por eso creo que ningún pueblo cambia el día que encuentra un nuevo motivo para quejarse. Cambia cuando deja de utilizar su historia como una explicación para no actuar y empieza a convertirla en el punto de partida para construir algo diferente.
La historia nos explica. La acción nos transforma.
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