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Opinión - 'El pisito', por Antón Losada

Levántate y anda

Sevilla —
4 de octubre de 2026 22:11 h

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Hoy, dicen, ya sabremos lo que hará Pedro Sánchez. Han corrido opiniones y cálculos de todo pelaje; unos han dicho que convocará elecciones anticipadas; otros, no. Y con razones de todo tipo, por supuesto también orgánicas. Corre un breviario socialista cargado de razones de las buenas obras del Gobierno en estos ocho años en materia de vivienda, lamentablemente no corre otro con los silencios de los acomodados del PSOE, alcaldes, concejales, y líderes locales que explique por qué han estado tan callados. Algunos opinadores acertarán pero no todos, cosas de la opinología.

Otros no hemos querido correr ese riesgo, no por escapismo ni miedo sino por devota deuda con los estoicos que sostenían que no es obligatorio opinar de todo, o con Kant, que afirmaba que es absurdo opinar sobre las matemáticas.

Opinar sobre lo que tuviera en mente Pedro Sánchez es un riesgo añadido. Desde luego que un servidor no le ha dirigido ni una palabra —a pesar de que la inteligencia del ministerio de Interior me sitúa entre los biendicentes del Gobierno— pero tampoco Einstein le habló a su cocinero; yo a mi imaginado chef, sí le hablo: el Gobierno ha perdido coherencia, congruencia, unidad, la opinión, la prensa, el Parlamento, los jueces, la policía, pero, ¿ha ganado la calle? 

Para mí es una tentación pensarlo. Combino aquí opinión y matemáticas, a los estoicos y a Kant. Aritméticamente cabría pensarse qué va a durar más, la crisis callejera de la vivienda o la de Ceuta. Si la de Ceuta terminase mañana, no dude querido cocinero, ni usted señor presidente, que le habría venido bien convocar; con la crisis de Ceuta de cuerpo presente le conviene esperar y que las brevas maduren, entre más desahucios y más palos de su policía.

Patrick Champagne ya teorizó sobre la distancia que hay entre Gobierno y calle. Cuando empezaron las calles a expresarse organizadamente, no hablo de tumultos que siempre los hubo, los gobiernos, el poder se emplearon en domesticar a los callejeros. Las manifestaciones populares organizadas no adquirieron carta constitucional de naturaleza en Francia hasta 1848, antes solos se permitían conmemoración y celebraciones. 

La calle hoy es fuente de expresión política, la derecha siempre la ha combatido. Recuerden a Fraga diciendo, la calle es mía. Recuerden también cómo la derecha utiliza hoy la calle para sus saraos cuando le conviene, pero con clase y correcta indumentaria y tocados de peluquería (inefable M. Rajoy cuando introdujo en el conteo democrático del derecho constitucional a la manifestación que había que contar también a los que no habían ido). Por cierto, tengan en mente al alcalde de Sevilla que, cual émulo de Fraga, al grito de la calle es mía, organizó un sarao multitudinario con dinero público a los pies de la Giralda: una okupación de clase.

En lo profundo se considera una amenaza siempre para la democracia cruda que las grandes manifestaciones populares ocupen la calle, una amenaza al monopolio de la representación de los electos; la democracia del instante: el instante de votar —la gran fiesta de la democracia— o el instante de cualquier actuación más o menos teatral en la escena parlamentaria. Eso, hoy se discute. 

Lejos de sus formas festivas, salir a la calle, como dejó dicho David Graeber, es una manera de acción directa y también de soberanía dual. El progreso social avanza más rápido cuando se da una justa combinación entre acción parlamentaria y la presión de la calle. Lo dijo siendo un anarquista, es necesario para avanzar más allá de meras conquistas sociales parciales que la calle reclame de forma más radical para empujar a la izquierda parlamentaria. Sin embargo, se trata de sinergias, es lo inteligente, no de hacerse daño mutuamente entre los progresistas.

Vuelvo a lo de antes, es una tentación que el gobierno piense que con el estado actual de la calle, el relato está ganado. No, ni con elecciones ni sin elecciones. Hay una distancia considerable entre esa izquierda invertebrada callejera y la izquierda institucional de sillones, alfombras, redes y platós repetitivos. No si en el Parlamento no se ven reflejados, fruto de esa sinergia, los anhelos de una gente que no acepta la performance parlamentaria y las exhibiciones mediáticas. Los gobernantes no opinan, gobiernan, actúan, la opinión es para los opositores.

Y si me permiten, una conversación más con mi cocinero. ¿Es posible apoyar la calle, prometer más en vivienda, incluso mucho más en un nuevo gobierno mientras que la policía a la orden del mismo gobierno y del que venga machaca la libertad de reunión y de manifestación? Seguramente el gobierno sería más creíble si con nuevas medidas urgentes derogase la Ley mordaza, y si quieren seguir, si se comprometen a disolver esta UIP y crear otra con perfiles democráticos.

Levántate y anda es lo que le dijo Jesús a un hombre que llevaba postrado toda su vida, quizá paralítico, y se levantó. Los cristianos pueden interpretar esto como un milagro. Sin embargo, en el pensamiento de aquella parte del Levante quiere decir mucho más: no te quedes postrado, no pienses que eres una persona con limitaciones, eres importante, tienes algo que decir: levántate y anda, lucha por tus derechos, deja el sofá.