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Opinión - 'España, lo mejor y lo peor del mundo', por Rosa María Artal

Qué hacemos con el miedo

30 de octubre de 2026 22:17 h

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El miércoles por la mañana me encontraba viajando en un tren de alta velocidad desde Sevilla a Madrid. No había pegado ojo en toda la noche. En los últimos meses, los ataques de pánico ante determinadas situaciones laborales son mucho más frecuentes. 

Intenté cerrar los ojos y descansar un poco en el trayecto, pero me fue imposible. Dos filas más adelante, dos mujeres veían vídeos de TikTok a toda leche y detrás, el típico señor con corbata hacía una videoconferencia a voz en grito y sin auriculares. 

En un determinado momento nos quedamos parados. La megafonía anuncia que hay un problema en las vías y no me sorprende, porque esto ya se ha convertido en costumbre. Pero conforme el tiempo se alarga, comienzan a llegar noticias confusas a través de los móviles de los pasajeros del vagón. “Se ha descarrilado el tren que tenemos delante”. “No, han sido dos trenes y se han chocado”. “Parece que hay muertos”. Una trabajadora del tren nos dice que ha pasado algo grave, no se sabe mucho, pero vamos a estar parados para rato, horas, quizá. Aquí comienzan un largo periplo de incertidumbre, caos, miedo, y aparece una necesidad física y casi instintiva, de querer regresar a casa.

Fuera del tren, junto a las vías, nadie sabe qué hacer o adónde ir. Me sorprendo a mí misma tranquilizando a las dos mujeres del TikTok, a las que estaba odiando con todas mis fuerzas unos minutos antes, y organizándonos para intentar volver, aunque sea hasta Córdoba. 

El resto de la historia carece de importancia porque todos estábamos bien y la tragedia no nos sucedió a nosotros.  

Tras esas horas de desconcierto, me chocó observar a todos esos sabedores de las verdades que ya tenían culpables mucho antes de que supiéramos qué había pasado. Los que trataban de sacar rédito político de la tragedia, los que trataban de convertir la desesperación en señalamiento, el dolor en espectáculo

Cuando finalmente, tras un día larguísimo, bajé del autobús que nos llevó de vuelta a Santa Justa, subí las escaleras de casa, puse la televisión y pude ver todo el tratamiento mediático y la reacción política, tuve una sensación triste y extraña. Tras esas horas de desconcierto, me chocó observar a todos esos sabedores de las verdades que ya tenían culpables mucho antes de que supiéramos qué había pasado. Los que trataban de sacar rédito político de la tragedia, los que trataban de convertir la desesperación en señalamiento, el dolor en espectáculo. 

Pensé en lo maleable que es el miedo y en la pregunta que deberíamos hacernos como individuos y como sociedad. ¿Qué hacemos con él? ¿Qué hacemos con el miedo, con el dolor y con la incertidumbre? ¿Dónde lo ponemos?

Podemos convertirlo en odio y en arma arrojadiza, y este es claramente el camino más transitado, pero podríamos dirigirlo hacia los cuidados, la solidaridad, la colaboración o la buena información.

Verán, yo también tengo miedo. Me arde la sangre, siento rabia, pero me niego a participar en este clima de odio y agresividad. No puedo más. Estoy harta

En el autobús de vuelta todos vamos en silencio, preocupados por las víctimas, cansados, tratando de informarnos y de comunicarnos con nuestros familiares. El silencio se interrumpe por los dos señores que van sentados detrás de mí: “El Óscar Puente que se gasta el dinero en putas y cocaína y claro, mira cómo tienen el país, y encima con las paguitas, que hay una mujer marroquí que por tener cuatro hijos cobra cuatro mil euros, hija de puta, ni que aunque fuera española. Pero nada, aquí todo para los maricones, las tías.... ¿No dicen que solas y borrachas quieren llegar a casa? Pues más les vale que lleguen sobrias”. Se ríen a boca llena. “Pero ahora es que no se puede decir nada, te llaman fascista, estos han polarizado todo el país”. 

Estoy tentada de volverme y decirles algo, pero, en lugar de eso, charlo bajito con una señora elegantísima que me cuenta que ella se dirigía a First Dates. “Es la segunda vez, porque la primera me pusieron a un machista muy desagradable, esta vez me habían dicho que me tocaba uno bueno”. “Pues está usted guapísima”, le digo. 

Verán, yo también tengo miedo. Me arde la sangre, siento rabia, pero me niego a participar en este clima de odio y agresividad. No puedo más. Estoy harta. 

A la derecha no le pido nada porque no espero nada. Pero a la izquierda, a todas las izquierdas más a la izquierda de la otra, les pido que no compren este marco, que no imiten las formas de quienes viven de señalar enemigos como único argumento, que la razón impere frente a las bajas pasiones, que lo verdaderamente revolucionario en estos tiempos es desmantelar el odio y convertir el miedo en comunidad.