Patricio Guzmán y los átomos de la memoria
Ha fallecido el cineasta chileno Patricio Guzmán. Desde que supe de la noticia hace unos días sentí como si hubiera perdido a un familiar muy querido, alguien a quien nunca conocí personalmente y que, sin embargo, fue muy importante en mi vida.
No se trata solo de la enorme influencia que tuvieron sus películas en mi forma de entender el cine documental. Es algo más profundo y difícil de explicar. De alguna manera, sus obras me ayudaron a construir mi identidad, a situarme en el mundo y a aprender a mirarlo.
Decía Guzmán que la vida, la existencia, la realidad, están formadas por miles de átomos dramáticos que se desplazan flotando por el aire y que pasan delante de nuestros ojos. En la mirada de una mujer que se para en medio de la acera, en una pareja de enamorados que cruza la avenida, en un cajón, en el viejo árbol del patio, en cada lugar, en todas partes, miles de átomos que reflejan una porción microscópica de vida. Esos átomos son como las letras de un abecedario con las que el cineasta (el poeta, decía), construye palabras, y con esas palabras, frases, y con ellas, historias. Ese es el secreto documental, dijo. Y ese es.
Patricio Guzmán nació en Santiago de Chile en 1941 y perteneció a una generación marcada para siempre por el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y la sangrienta dictadura de Pinochet. Cuando el golpe ocurrió, él estaba filmando. Llevaba meses con su equipo registrando la vida política del país y el proceso de la Unidad Popular de Salvador Allende. El resultado fue La batalla de Chile, una de las grandes películas documentales de la historia del cine, un testimonio directo de un país que estaba a punto de ser brutalmente masacrado y vendido al neoliberalismo norteamericano.
Tras el golpe, fue detenido y secuestrado en el Estadio Nacional de Santiago, convertido en campo de concentración y torturas. Durante su cautiverio, su equipo, con ayuda de familiares, consiguió esconder y salvar los rollos de la película, que fueron sacados del país. Tras su liberación, Guzmán partió de inmediato hacia el exilio. Su director de fotografía, Jorge Müller Silva, fue detenido, desaparecido y asesinado junto a su mujer, la también cineasta Carmen Bueno Cifuentes. Tenían 27 y 24 años.
No es de extrañar que convirtiera su cine en memoria, en acto de resistencia, y en una forma de poder habitar, desde la distancia, el país que había perdido.
En tiempos difíciles como estos, pienso que el cine documental es más necesario que nunca. Desde la periferia de la industria cinematográfica, nuestras historias nos invitan a pensarnos desde otros lugares, despiertan ideas, arrojan luz sobre las sombras
En febrero del año 2015 me encontraba en la Berlinale, acompañando a Guillermo Rojas, seleccionado como Berlinale Talent en aquella edición. Conseguimos sacar entradas para el estreno de El botón de nácar. Desde una butaca de la segunda planta del impresionante Palast, lo vi salir al escenario y presentar la película. No miento si digo que uno de esos recuerdos que atesoro como regalo de la vida.
La película, que ganó el Oso de Plata a Mejor Guion y el Premio del Jurado, forma parte de imponente y hermosa trilogía de la memoria chilena. Junto con Nostalgia de la luz y La cordillera de los sueños, los tres filmes nos enseñan que la materia, el paisaje, las estrellas o los océanos son dispositivos de memoria, que conectan la historia íntima con la colectiva, y que la violencia siempre deja huellas imborrables en los espacios, las personas, los gestos y la identidad de un país.
Siempre me impresionó su forma de hacer un cine político sin renunciar a la poesía y la belleza. Es más, fue a través de estas cómo creó un espacio cinematográfico propio en el que elementos aparentemente inconexos y lejanos, adquirían nuevas relaciones y significados. Eran esos átomos, esas letras que en manos del poeta formaban nuevas palabras y relatos que nos preguntaban, nos invitaban a mirar y nos hablaban de la necesidad de contar.
Decía Patricio Guzmán que el documental es un espacio de reflexión de una sociedad y que un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías. Escribió también, que quien no tiene memoria, no habita en ningún lugar.
En tiempos difíciles como estos, pienso que el cine documental es más necesario que nunca. Desde la periferia de la industria cinematográfica, nuestras historias nos invitan a pensarnos desde otros lugares, despiertan ideas, arrojan luz sobre las sombras. Nos mueve el espíritu rebelde y la curiosidad porque como dijo también Guzmán, tenemos la ambición de los poetas.
El cine de Patricio Guzmán se queda entre nosotros como sus átomos de memoria, formando parte de lo que somos.
Gracias, gracias inmensas por todo, querido y admirado Patricio Guzmán.