Soy una ridícula
Ahora que hemos vuelto a la rutina, seguro que has tenido la conversación sobre cómo han ido tus vacaciones. De dónde vienes y a dónde irás la próxima vez. Honestamente, este año han sido mis primeras vacaciones de verano en cuatro años. Vacaciones de verdad, sin tareas pendientes ni avanzar futuribles para no tener tanta carga de trabajo, y ni mucho menos aprovechar para hacer trabajo gratis, las famosas “trabacaciones”. No he hecho absolutamente nada.
Y lo mejor es que tampoco he ido a ningún sitio. Comer, dormir y disfrutar de una casa que cuesta demasiado económicamente sino también con nuestro tiempo, me hace preguntarme si se puede llamar hogar al sitio donde sólo vas a dormir. Pues de esto estaba hablando con una compañera en la oficina al volver cuando llegó él, con esa sonrisa de haber tenido la mejor experiencia de su vida: acababa de llegar de un mes en Bali.
Seguro que te puedes imaginar su cara cuando le dije que yo también había disfrutado mis vacaciones, pero sin salir de mi ciudad. No faltó un bufido y poner los ojos en blanco… y entonces dijo: “¿De qué sirven las vacaciones si no es para viajar? Es una forma de pensar bastante ridícula”.
Desde aquel momento, he estado leyendo el Estatuto de los Trabajadores, los convenios de trabajo de mi sector, incluso la normativa internacional, y no he visto en ningún sitio que diga que el descanso en vacaciones deba ser viajando a un lugar distinto al que normalmente se reside. Aún así, para él mis vacaciones han sido una pérdida de tiempo por haberme quedado en tierra, aunque lo que me apeteciera realmente fuese no moverme.
Vivir en una ciudad cada vez menos habitable como Málaga me hizo clic hace tiempo. Vivo, pues, en una ciudad en la que se polemiza porque dos estatuas de Neptuno y Venus, expuestas en la entrada del puerto, no van a ser retiradas. Mientras, pasa desapercibido el hecho de que las estatuas del cenachero y el bizneguero están escondidas en comparación, sin que turistas apenas se percatan de que existen, siendo lo malagueño tanto reclamo turístico como no paran de repetir algunos.
En una ciudad como Málaga, desaparecen cada vez más locales de toda la vida, cierran y se transforman mágicamente en “supermarket”, con precios a bolsillos de guiri y cerquita de su piso turístico en un bloque donde sólo hay más turistas, así no tendrán que molestarse en hablar español
Vivir en una ciudad en la que cada vez es más común que se te cuelen nuestros queridos guiris me quita las ganas de participar en el mismo circo en otra ciudad. Justo fue lo que no me gustó de Roma cuando fui: ver en persona las mismas postales audiovisuales que había visto toda la vida, pero más masificado de gente como ocurre en la Fontana di Trevi.
Y aunque los en teoría billetes a bajo coste han democratizado económicamente, para una parte de la población la posibilidad de viajar no ha dejado de ser un privilegio: a dónde, cuándo y cuánto tiempo irse. ¿Quién se puede permitir irse un mes a Bali? Mi experiencia con este tipo de personas es que no suelen tener que cuidar a nadie, ni trabajan en hostelería ni aprovechan para rascar algo en vacaciones con otro empleo, porque entonces Bali se convierte en ese video que ves en redes de clubes para turistas occidentales donde no se admiten a locales. Es importante recordar que la población local no es un decorado para amenizar la experiencia.
Pasa pues que, en una ciudad como Málaga, desaparecen cada vez más locales de toda la vida, cierran y se transforman mágicamente en “supermarket”, con precios a bolsillos de guiri y cerquita de su piso turístico en un bloque donde sólo hay más turistas, así no tendrán que molestarse en hablar español. ¿Adapta-qué? ¿Lo próximo que será? ¿Qué se queden aquí y sólo se relacionen entre ellos con bares y clubes para ellos sin que tengan que aprender a decir ni si quiera “buenos días” en los que le queda de vida aquí? ¡Ni que fueran africanos!
Como podemos comprobar, viajar no es una actividad inocua sino que se ve atravesada por la edad, la economía, con qué pasaporte, entre un largo etcétera. Ni tampoco es inocua el impacto que tiene sobre el territorio que lo recibe. Quién me iba a decir que viajar durante tus vacaciones pagadas sería una obligación moral digna de la carta de derechos y deberes de seres humanos de Naciones Unidas. Al menos no estaba en mi bingo de este año.