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¿Tiemblas, cuerpo mío?

22 de julio de 2026 22:08 h

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Estás cruzando el Puente de la Barqueta, uno de los rescoldos de la Expo 92. Se construyó en tierra firme en una de las orillas del Guadalquivir y lo giraron entero sobre el agua, como si un puente también pudiera cambiar de idea. Son las ocho de la mañana y las chicharras hace tiempo que corean los árboles. Tú las escuchas de fondo, como una nana, como cuando tu madre te cantaba Qué bonita que es mi niña cuando duerme e iba bajando el volumen para que el sueño te llevara y eras tú la que lo llevabas a él. En los auriculares suena Punzadas Sonoras. Caminas rápido, llegas tarde a la oficina tras una noche en vela como se llega tarde a un funeral, desganada, con arenilla en el paladar. Ves a lo lejos un tipo en dirección contraria. No te gusta. Piensas: no me gusta. No se debe a que sea un tipo y es, precisamente, porque es un tipo. Piensas: aquí está de nuevo, el miedo. Sigues caminando por la misma vereda. Piensas: es un tipo. Solo es un tipo cualquiera.

El puente es ahora río. Nadas mal desde pequeña, desde ese miedo al agua que te inocularon los monitores lanzándote al centro de una piscina cuando eras chica. Agarras con determinación el bolso. Por si acaso. Tensas el cuello, los hombros, las piernas. Tu cerebro enfocado en un reconocible Por si acaso. Levantas la mirada buscando compañía. Por si acaso. Piensas: no sé dónde comenzó el miedo. Ni quién labró la tierra después de sembrarlo.

Bajas la mirada. Haces como te enseñaron, como aprendiste todos estos años, bajándote la falda y evitando cualquier contacto visual para camuflarte con el asfalto y cantar como una chicharra.

Bebes del vaso turbio de la memoria. En su caudal flotan tipos que conociste y que le cantaron a tu adolescencia. Te engollipas de tanta agua en apenas unos segundos. Conociste a un tipo que te dijo: Eres mía. Mía. Yo. A otro por el que te arrancaste cada noche las plumas de novia grulla. Conociste a un tipo que te agredió con Hyde Park de telón de fondo, como una pintura que temblaba. A otro que cuando aprendiste a montar en bicicleta te empujaba con sus manos en el sillín mientras te sobaba el culo. A otro que se masturbó junto a ti en el autobús. A otro que te siguió una noche oscura de vuelta a casa y te hizo sentir el terror. A veces jugaste con ellos a piedra, papel o tijeras.

¿Será el continuo entrenamiento en la debilidad lo que nos hace débiles? Que el miedo de una mujer (al igual que el cuerpo) es opinable por todos, lo aprendiste bien pronto

Con doce años, viste a un tipo normal que le gritaba a su novia normal. Y no hiciste nada, el miedo enmarañando tus meninges. Años más tarde, conociste a un tipo normal que te gritaba a ti. Que exigía poner tu cuerpo a su nombre. Y ahí estaba: el mismo miedo.

También tuviste amigos que te acompañaban a casa para que no volvieras sola. A otros que te descorcharon una botella de vino de tintilla que deshiciera tus penas. A otros con voz cálida y abrazos que contenían un mundo. A alguno que te retiró la silla para cederte el sitio. A un hombre bueno del que te enamoraste. Conociste a un tipo que no conociste. Y a otro que deseaste conocer. Y todas esas mujeres eres tú, pero no eres ninguna de ellas.

¿Será el continuo entrenamiento en la debilidad lo que nos hace débiles? Que el miedo de una mujer (al igual que el cuerpo) es opinable por todos, lo aprendiste bien pronto.

El tipo pasa a tu lado y sin ningún motivo aparente te da un empujón que te lanza contra la barandilla del puente. Te falta el aliento. Te falta que tu cuerpo desacredite la parálisis cerebral que sientes. Él arremete contra Ofelia, pero en una sombra de enajenación —sin saber por qué, justo en este instante— tú invocas a Medea. Y ahora eres Medea.

Quiero correr pero me quedo. Me apalanco agarrada a la barandilla. Respiro muy deprisa. Esta vez no es el miedo. Es una avidez, una bestia de impostora. Nunca antes, jamás, has hecho algo así.

Cuando llegas a casa, tu pareja está amasando pan con ímpetu, con bravura. Te acercas por la espalda. Le cuentas el incidente de la mañana y tu miedo. El empujón y tu miedo. Él continúa con la masa, golpeando, con la sombra de que, pese a todo nuestro empeño, -a la temperatura justa, a la masa madre, al punto exacto de sal- a veces no sale bien

No sabes nombrar esto que te pasa ahora, pero te recompones, das un paso al frente y lo empujas. Lo empujas como el animal salvaje al que han querido domesticar a base de palos. Su rostro se desfigura: es el miedo del hombre ante la mujer sin miedo.

Corres hacia la oficina. Pasas todo el día con un grosor creciente en la piel, con los codos como estropajos y las rodillas amenazando desempolvar las costras de la infancia, como si hubieras vuelto al patio del recreo, como si hubieras recuperado la torpeza y valentía de una niña. No es mi cuerpo, pero es un cuerpo mío. Escribes algo, cualquier cosa. Te convocan a una reunión donde todos son tipos con corbata. Lees algunos titulares (pocos) sobre el mundial: los casos de violencia de género aumentan un 26% cuando el equipo del agresor gana o empata, y hasta un 38% cuando pierde. No es por el fútbol. También es con el fútbol.

De regreso, caminas bajo los más de cuarenta grados escuchando a Fernando Delgadillo: Hoy ten miedo de mí. Interrumpe la canción un aviso: En lo que va de año, 33 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en nuestro país; 10 en Andalucia. En Málaga, Antequera, Madrid, Toledo. No se trata del calor y también es por el calor. Cuando llegas a casa, tu pareja está amasando pan con ímpetu, con bravura. Te acercas por la espalda. Le cuentas el incidente de la mañana y tu miedo. El empujón y tu miedo. Él continúa con la masa, golpeando, con la sombra de que, pese a todo nuestro empeño, -a la temperatura justa, a la masa madre, al punto exacto de sal- a veces no sale bien.

En su libro Anatomía del miedo, te cuenta tu pareja, José Antonio Marina narra la anécdota del mariscal de Turenne, conocido por su valor, quien «antes de entrar en combate, sintiendo que temblaba de miedo, se dijo: ¿Tiemblas, cuerpo mío? Pues más temblarías si supieras dónde te voy a meter».

Esa es nuestra condena y, a veces, nuestra fortaleza. Pero nunca basta.