Andalucía Opinión y blogs

Sobre este blog

De la corresponsabilidad a la exigencia: por qué la pregunta correcta no es qué me toca a mí sino qué le toca al poder

Pedro Varo Chamizo

Asociación Alianza por la polio postpolio en Andalucía —

0

El debate sobre discapacidad está secuestrado por una falsa dicotomía. Por un lado, el discurso del “empoderamiento individual” (échale ganas, prepárate) que, en el fondo, es una forma cómoda de victimización secundaria: si fracasas, fue por tu falta de actitud. Por otro lado, el discurso del “sistema opresor” que, aunque necesario, a veces se convierte en un paraguas bajo el que esconder cualquier fracaso personal, anulando la agencia del individuo.

Realiza un ejercicio loable de síntesis apelando a la “corresponsabilidad”. Pero permítanme ser el abogado del diablo: ese “punto medio” sensato es, en muchas ocasiones, el mayor enemigo del cambio real. ¿Por qué? Porque al apelar a la responsabilidad compartida sin señalar con claridad quién tiene el poder real para cambiar las reglas del juego, estamos repartiendo culpas de forma equitativa cuando el poder no es equitativo.

El peligro del “esfuerzo personal” como coartada del poder

La preparación es clave. Pero hay que ser brutalmente honestos: en un mercado laboral competitivo, la “preparación” es el precio de entrada, no el factor diferenciador. Decirle a una persona con discapacidad que “se prepare” mientras existe una brecha salarial del 30% y una tasa de desempleo duplicada respecto a la norma, es casi un insulto maquillado de motivación.

La crítica aquí debe ser más afilada: el discurso del “mérito individual” es el caballo de Troya del neoliberalismo en el ámbito de la discapacidad. Nos venden que si triunfas es por tu esfuerzo (y por tanto, eres un “ejemplo”), y si fracasas es por tu falta de resiliencia. Esto exime a las empresas de revisar sus sesgos inconscientes en los procesos de selección, donde el “fit cultural” suele ser un eufemismo para “normalidad”. Prepararse está bien, pero exigir preparación como condición previa para ser tratado con dignidad es la antesala de la discriminación.

La autocrítica interna: ¿unidad o canibalismo? Con valentía las “rivalidades y egos” dentro del colectivo

Este es un punto incómodo pero vital. He sido testigo de cómo la lucha por la representación legítima (¿quién es más discapacitado?, ¿quién sufre más?) fragmenta movimientos que deberían ser monolíticos.

Sin embargo, hay que matizar: la diversidad de voces no es debilidad, es riqueza. El problema no es que haya diferencias de opinión, sino que a menudo se confunde “crítica interna” con “trabajo sucio del sistema”. Cuando una organización de discapacitados pasa más tiempo peleándose por quién ocupa un escaño en un consejo asesor que exigiendo plazas de empleo real, estamos ante un síndrome del palco: se prefiere el privilegio de ser “la voz oficial” antes que la eficacia de ser “la presión real”. Pero ojo, que esta autocrítica no sirva para desviar el foco: por muy divididos que estemos, el poder responsable de nuestra exclusión sigue siendo el mismo.

La responsabilidad colectiva y el síndrome del “tick legal”

Las organizaciones de las diferentes discapacidades dicen, y con razón, que las leyes deben cumplirse. Pero la crítica debe ir más allá: las leyes de accesibilidad en gran parte del mundo están diseñadas para ser incumplidas. Son lo que llamo “leyes de mínimo impacto”: exigen rampas, pero no exigen que el software de RRHH sea accesible; exigen plazas reservadas, pero no exigen que los equipos de trabajo sean inclusivos.

La administración pública no es solo “responsable”, es cómplice por omisión cuando permite que el 80% de los edificios sigan siendo inaccesibles porque la multa es más barata que la obra. Por eso, se debe dice “la inclusión necesita corresponsabilidad”, me temo que está poniendo al mismo nivel al ciudadano que no exige y al estado que no invierte. No es lo mismo el que se ahoga que el que mira desde la orilla. La responsabilidad del Estado es indelegable e innegociable, y no puede supeditarse a lo bien o mal que se organice la sociedad civil.

La propuesta radical

Llegados a este punto, concluyo apelando a “menos discursos enfrentados y más objetivos compartidos”. Suena bonito, pero es ingenuo. El progreso social siempre nació del conflicto y de preguntas incómodas. Los derechos laborales, el sufragio femenino, los derechos civiles... ninguno llegó por un “reparto equilibrado de responsabilidades”; llegaron porque un grupo oprimido dejó de preguntarse “¿Qué más puedo hacer yo para encajar?” y empezó a preguntar “¿Qué le toca hacer a quien tiene el poder para cambiar esto?”.

Por eso, la propuesta que lanzo aquí, y que debe ser el nuevo motor del activismo, es un cambio de eje radical. Dejemos de hacernos la pregunta cómoda y victimista: “¿Qué parte de responsabilidad me toca a mí?” Empecemos a hacer la pregunta incómoda y transformadora: “¿Qué parte le toca al que tiene el dinero, el poder y la capacidad de cambiar mi vida sin que yo tenga que demostrar nada?” Esta pregunta duele, porque incomoda a los que mandan. Pero es la única que mueve montañas. ¿Qué implica esto en la práctica?

  • Exigir el “diseño universal por defecto”. No se trata de que nos den un hueco si demostramos que valemos; se trata de que el hueco esté hecho para nosotros desde el minuto cero. Que el esfuerzo de adaptación recaiga sobre la empresa o la institución, no sobre el ciudadano. Si una web no es accesible, la multa debe ser tan alta como la de no pagar impuestos. Sin excusas.
  • Exigir cuotas con control real. Las cuotas de empleo no sirven si no se auditan con lupa. Exijamos que los comités de selección sean formados en sesgo inconsciente y que se publique el desglose de contrataciones por tipo de discapacidad. Si no hay datos, no hay compromiso.
  • Exigir que el “esfuerzo” sea cosa del sistema. ¿Que una persona con discapacidad necesita un lector de pantalla para trabajar? Que no lo pague ella ni lo pida por favor. Que la empresa esté obligada a proveerlo en un plazo de 48 horas so pena de sanción. El “esfuerzo personal” es para crecer, no para sobrevivir a la burocracia.

Conclusiones: fuera el término medio, dentro la exigencia

No busquemos “un único culpable” porque es obvio que el sistema y el individuo interactúan. Pero no confundamos el análisis de sistemas con la exculpación de los actores. La balanza debe inclinarse hacia la exigencia estructural, no por victimismo, sino por pragmatismo: las barreras no las pone el individuo, las pone el entorno. Y el entorno lo diseñan quienes tienen el poder.

El verdadero debate no es “esfuerzo vs. sistema”. El verdadero debate es “¿Quién tiene el poder de cambiar el sistema?”. Si la respuesta es “todos”, esa es una falacia. La respuesta real es “los que diseñan, legislan y contratan”.

El esfuerzo personal es para sobrevivir; la responsabilidad colectiva es para garantizar la justicia. Pero la exigencia al poder es la única herramienta que garantiza que esa justicia llegue. Dejemos de buscar un punto de equilibrio cómodo para los que están arriba. Empecemos a desequilibrar la balanza hacia abajo, hacia donde realmente se sufre la exclusión.

La próxima vez que alguien te diga “échale ganas”, respóndele: “Mejor exígele a quien puede cambiar mis condiciones sin que yo tenga que esforzarme para que me miren como humano”. Esa es la crítica que duele, pero que, históricamente, es la única que ha derribado muros.