Sánchez Mejías no lo habría permitido
La reciente colocación de una placa en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías en el llamado “Paseo de los Poetas” de Sevilla nos obliga a una serena pero firme reflexión sobre la verdad histórica. Porque, más allá de la indiscutible talla humana e intelectual del torero, dramaturgo y mecenas, se está consumando una injusticia con José María Romero Martínez, que clama al cielo de la cultura española y que el propio Sánchez Mejías, con su honda conciencia ética, jamás hubiera tolerado.
Conviene recordar, y así lo han acreditado, con todo rigor documental, investigadores como Rogelio Reyes, Eloy Navarro o José Vallecillo, que el verdadero artífice del encuentro poético de diciembre de 1927 en el Ateneo de Sevilla —aquel acto que serviría para bautizar a la generación más luminosa de nuestras letras, sufragado por la institución— no fue otro que José María Romero Martínez. Médico humanista, responsable de la sección de Literatura del Ateneo, hombre de ciencia y de espíritu, fue él quien concibió, impulsó y materializó aquella convocatoria que reunió, entre otros, a Lorca, Alberti, Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Chabás, Bergamín, Bacarisse y al propio Sánchez Mejías, que sin duda colaboró con su amigo Romero Martínez, como generoso anfitrión, para rendir homenaje a Góngora en su tricentenario y conocer las nuevas vías de la poesía del momento. Un encuentro que solo se explica sobre el trasfondo fecundo de la cultura sevillana de las primeras décadas del pasado siglo, en el que también hay que subrayar los nombres del Presidente del Ateneo, Manuel Blasco Garzón, y del vicepresidente de la sección de Literatura, Alejandro Collantes de Terán.
Sin embargo, el nombre de Romero Martínez ha sido silenciado, sepultado dos veces: la primera, de forma brutal, cuando el general Queipo de Llano, tras la entrada de las tropas sublevadas en Sevilla, lo hizo fusilar por su compromiso con la democracia y la República; la segunda, mediante el olvido institucional que aún mantiene sus restos en la fosa común del Monumento del Cementerio de Sevilla y borra o desdibuja su imprescindible papel en la gestación de aquel episodio estelar de nuestra historia cultural. Afortunadamente, parece que este olvido comienza a repararse y acaba de aprobarse en el pleno del Ayuntamiento de Sevilla, por unanimidad, la rotulación con su nombre de la placita que está entre las calles Fernán Caballero y Monsalves, solicitada hace un año. El Ateneo le dedicará una exposición, con presentación de un nuevo e importante libro, escrito por su nieto, en otoño.
Decir que Sánchez Mejías no habría permitido que la primera placa del Paseo de los Poetas tuviera su nombre no es una concesión retórica, sino la expresión exacta de su talante. Fue Ignacio un espíritu libre, generoso y profundamente leal con sus amigos. Su amistad con Romero Martínez era de aquellas que se forjan en la admiración mutua y en el amor compartido por el conocimiento. Habría considerado una afrenta a la verdad que su nombre figurara en placa alguna sin que, en primer término, apareciera el nombre del médico humanista que hizo posible aquel acontecimiento poético. Habría sentido, con su acostumbrada sensibilidad, que se le otorgaba un protagonismo usurpado, una centralidad que solo puede sostenerse sobre la losa del olvido ajeno.
La memoria de un hombre bueno y justo, fusilado por la barbarie, aguarda. Porque él es un símbolo de reconciliación. Y el testimonio moral de Ignacio Sánchez Mejías, tan vivo en su ausencia, nos recuerda que callar ante esta ignominia es traicionar su legado. Él, sencillamente, no lo habría permitido
A esta primera omisión se suma otra que merece igual rechazo: no haber iniciado este paseo con la placa del poeta Vicente Aleixandre, el único Premio Nobel de Literatura nacido en Sevilla, cuya vinculación con la ciudad y con aquella generación es indisociable de su grandeza. Tampoco están aún Luis Cernuda ni Joaquín Romero Murube (y no basta que se anuncien placas futuras), como si se fuera a trazar una cartografía caprichosa de la memoria, ajena al rigor y a la ecuanimidad, y dependiente de patrocinadores privados.
Cuando la cultura se convierte en escenografía, corre el riesgo de traicionar su función más elevada: la de ser conciencia crítica, faro de verdad y acta de justicia. Lo cómodo es rendir homenaje a quien ya goza de reconocimiento; lo necesario es rescatar a quienes fueron silenciados injustamente. Sánchez Mejías, que vivió en la frontera entre la vida y la muerte, que conocía bien el sabor de la herida, sabría —lo supo siempre— que no hay homenaje auténtico si no se levanta sobre el fundamento de la verdad. Y la verdad, documentada, testaruda, insobornable, nos dice hoy que José María Romero Martínez fue el arquitecto silencioso de aquella cita inmortal y que su nombre sigue esperando, desde la fosa común del olvido, la restitución que la historia le debe. Y Sánchez Mejías no merece que se le utilice como arma arrojadiza ni por tirios ni por troyanos.
La memoria de un hombre bueno y justo, fusilado por la barbarie, aguarda. Porque él es un símbolo de reconciliación. Y el testimonio moral de Ignacio Sánchez Mejías, tan vivo en su ausencia, nos recuerda que callar ante esta ignominia es traicionar su legado. Él, sencillamente, no lo habría permitido.