Adiós a Eduardo Cruz Acillona, el andaluz de Miranda de Ebro que abrazó el humor y la literatura breve

Eduardo Cruz Acillona nació en Miranda de Ebro (Burgos), pero su desaparición tiñe hoy de luto Sevilla, la ciudad en la que vivió los últimos años, y donde desarrolló la mayor parte de su carrera literaria tras pasar por Bilbao y Madrid. Una andadura que amaba los márgenes, los géneros menos comerciales –la poesía, la narrativa breve o hiperbreve, el aforismo–, pero con la vocación de llegar a todos los públicos con un arma infalible: el humor.

Pocos casos de amor por la literatura como el de este andaluz de adopción que leía vorazmente desde niño y se lanzó a escribir convencido de que no hay literatura menor, incluyendo la crítica literaria que desarrolló durante años en el portal Estado Crítico, haciendo de sus reseñas pequeñas obras de arte. De hecho, los propios títulos eran el primer acierto de sus libros, como el de su novela Cuñados anónimos, o los microrrelatos El final está cerca, Felicidades por tanto, Versiones ejemplares o Beernes, un guiño a la cerveza que tomaba cada viernes, en alguno de los bares de la Gran Plaza hispalense, para celebrar el comienzo del fin de semana, o el del poemario Me temí lo mejor.

Este último libro reveló una faceta desconocida hasta entonces en la producción del mirandés, aunque llevaba tres décadas cultivándola. “Nunca antes había publicado poesía salvo en muy contadas excepciones en revistas literarias”, rezaba un texto de contracubierta. “El hecho de hacerlo ahora, treinta años después, supone una especie de ajuste de cuentas con una parte de su producción literaria que permanecía oculta”, añadía.

Humor para todo

Incluso en el terreno específicamente humorístico, destacan monólogos tan desenfadados como Más claro, agua o Mejorando lo presente, que completan su obra junto a diversos textos traducidos al francés por las universidades de Poitiers y Lyon, un singular libro de guiones de cortometrajes, Exterior. Día.

Por si fuera poco, Cruz Acillona se atrevió con un género tan difícil como el romancero del Carnaval de Cádiz, para el que puntualmente escribía el guion de las propuestas de Kiko Quiñones, como Fenómenos & extraños, Más palos te da la vida, No eres tú, soy yo o como el más reciente Un madurito interesante. Asimismo, probó fortuna como asesor literario con la agencia Tres Pies al Gato, que llegó a contar con una importante cartera de clientes.

En sus microrrelatos, minuciosos trabajos de orfebrería literaria, siempre había desenfado con carga de profundidad: “Con el tiempo, los árboles talados le impidieron ver el bosque”, o “Cuando terminaron de recoger las cajas y los papeles de regalo, y de depositarlos en el contenedor, descubrieron que les faltaba un hijo”.

“No sé hacer cosas serias”, confesaba en una entrevista. “Todo es humor. Desde la primera línea. Pretendo que el lector mantenga, como mínimo, la sonrisa mientras lee. Sin descanso. Y, a ser posible, que suelte un par de carcajadas por página y le dé un ataque de tos por capítulo. Los médicos dicen que es muy sano. Deberían recomendar esta novela en los centros de salud”, comentaba antes de agregar a renglón seguido: “No fui yo quien dijo que los mejores chistes se contaban en los velatorios, pero es cierto. Supongo que el humor actúa como mecanismo de defensa. Si no puedes con tu enemigo, la Parca en este caso, únete a él y echaos unas risas. Si esto no lo dijo Confucio, me apropio de la autoría”.

Dos alegrías

Un mecanismo de defensa que Eduardo Cruz Acillona sacó a relucir cuando los médicos le pusieron por delante un diagnóstico muy grave, y que ha tratado de mantener durante el tiempo de su lucha contra la enfermedad, haciéndole un pulso a esa Parca hasta el final. Sus dos últimas alegrías literarias vinieron de la mano de la Feria del Libro de Cádiz, que rotuló este año un espacio con su nombre, y la publicación del poemario La salud de los seres inmortales, que acaba de ver la luz con un prólogo de su amigo, el poeta Álvaro Salvador, con quien solía encontrarse en otro de sus refugios predilectos, La Herradura, en la costa granadina.

“Lee varios periódicos al día”, rezaba en una de sus biografías de solapa. “Y no por estar bien informado, sino porque no se fía ni de las soluciones del sudoku”. Hoy la voz de este brillante contador de historias se ha apagado, pero sus lectores querrían creer, como rezaba el título de una de sus novelas, escrita a cuatro manos con Miguel Baquero, que Morir es relativo. No lo hará, desde luego, la grata memoria que dejó en sus lectores y compañeros.