El flamenco llora a Ricardo Pachón, el productor que le abrió las puertas de la modernidad
Cuando todavía no se había repuesto de la pérdida del maestro de la guitarra Pepe Habichuela, el flamenco vuelve a vestirse de luto, esta vez por la pérdida de un productor. Pero no de un productor cualquiera: Ricardo Pachón, nacido en Sevilla en 1937, ha fallecido a la edad de 89 años tras hacer Historia en un género que revolucionó de la mano de artistas únicos como Camarón de la Isla, Lole y Manuel, Veneno o Pata Negra, abriendo las puertas de la modernidad en una España ansiosa por inaugurar una nueva etapa tras la larga noche del franquismo.
Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla, Pachón trabajó en el Área de Cultura en la Diputación de Sevilla y en la Junta de Andalucía y RTVE, donde realizó programas memorables como los de la serie El Ángel: Musical flamenco. Fue también guitarrista durante un tiempo, llegando a acompañar a ídolos como Pastora Pavón, la Niña de los Peines. Sus comienzos en la producción vinieron ligados a grupos del llamado rock andaluz como Imán o Smash, pero su primer hito flamenco lo marcó con uno de los miembros de este grupo, Manuel Molina. Este guitarrista formó con su compañera, Lole Montoya, el dúo Lole y Manuel, que vino a pintar de colores la grisura del ecuador de la década del 70 con discos como Nuevo día, Pasaje del agua o Romero verde, cuando el dictador agonizaba en la cama.
Era solo el comienzo de una revolución que continuaría con Veneno, la síntesis del feeling gitano de los hermanos Amador y el atrevimiento de un joven Kiko Veneno, que tendría su continuidad en los 80 en la aventura insólita de los Pata Negra. Pero si Pachón hubiera de ser recordado por un solo artista, éste sería sin duda Camarón de la Isla, para quien produjo La leyenda del tiempo, un disco tan trascendental como incomprendido en su momento, así como Como el agua, Calle Real, Viviré, Flamenco Vivo o Soy gitano, entre otros álbumes memorables.
Carrera llena de estrellas
En la carrera de Pachón figuran también artistas tan singulares como el rockero sevillano Silvio, para quien realizó Al este del Edén y Fantasía occidental, los malagueños Tabletom o Rocío Jurado, para quien compuso la banda sonora de La Lola se va a los Puertos, de Josefina Molina, un campo en el que repetiría para la película Belmonte, de Juan Sebastián Bollaín.
Sin embargo, su terreno natural fue siempre el flamenco, en el que siguió trabajando con grandes creadores como Rafael Riqueni, Tomatito o Diego Carrasco, así como jóvenes valores como Maíta vende Ca o La Macanita. Durante 50 años estuvo a la cabeza del sello Flamenco Vivo, con un impresionante archivo que nadie, excepto él mismo, ha logrado ver en su totalidad, pero que atesora joyas fonográficas y audiovisuales de incalculable valor, incluyendo incontables fiestas privadas.
Otros hitos suyos fueron el documental Triana pura y pura, que narra la expulsión de los gitanos del barrio de Triana de Sevilla. Entre los galardones que jalonan su carrera destacan el premio Imagenera 2013, Festival de Sevilla Panorama Andaluz, el Beefeater In-Edit Film Festival Mejor Película y el Premio Leyenda del Flamenco de San Fernando.
Fue tentado para dirigir la Bienal de Sevilla -“Nunca ocurrió porque las personas responsables consideraban que yo era muy gitanero”, decía encogiéndose de hombros- y llegó a estar al frente del Instituto Andaluz de Flamenco, apenas por un año entre 2019 y 2020, cuando ya era octogenario. En cierto modo, este cargo, aunque fugaz, coronaba una trayectoria que ahora, con la marcha del sevillano, deja un caudal de música sencillamente impresionante.