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El Aragón que veraneaba en el pueblo

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Hubo un tiempo en el que el verano empezaba con una maleta pequeña y terminaba con la sensación de haber vivido algo inmenso. El Aragón que veraneaba en el pueblo tenía una geografía muy concreta: la piscina municipal con el suelo ardiendo a mediodía, el pantano al que se llegaba en bicicleta —con las piernas llenas de polvo y la sensación de estar yendo lejos, aunque no lo estuviera—, y el chiringuito donde los helados no tenían nombre, sino una X dibujada en el cartel, como si eso bastara para saber exactamente cuál querías.

Y las noches a la fresca, claro. Las sillas en la puerta, las pipas, el granizado de limón, las conversaciones de las personas adultas que sonaban como un murmullo constante del que no necesitábamos entender nada. Había una forma de felicidad en esa escena que no dependía de grandes cosas. Era, más bien, una manera de estar en el mundo: sin prisa, sin conciencia del tiempo, sin necesidad de mirar más allá de los límites de la piscina, de la plaza, de ese pequeño universo que lo contenía todo.

No sabíamos lo que ocurría fuera. Ni falta que hacía.

Crecimos ahí, en ese verano que parecía no tener consecuencias. Aprendiendo a estar solas sin estarlo, a movernos con una libertad que hoy nos resulta difícil de reproducir. Había una confianza que lo sostenía todo. Una red invisible que cuidaba sin imponerse, que vigilaba sin asfixiar, que permitía que la infancia se desplegara sin demasiadas interferencias.

Y, sin embargo, nos hicimos mayores.

Dejamos de ser quienes corrían descalzas por el bordillo de la piscina para convertirnos en quienes organizan, anticipan, recuerdan. Un día te descubres preparando mochilas, calculando horarios, pensando en todo lo que puede hacer falta. Y en ese desplazamiento aparece otra evidencia: nuestras hijas e hijos ya no veranean en el pueblo como lo hicimos nosotras.

Van a campamentos urbanos. A espacios organizados, pensados para conciliar, para acompañar, para no separarnos demasiado. Porque no queremos separarnos. Porque hemos aprendido —o eso creemos— que la presencia es una forma de cuidado.

La maternidad ha cambiado. O, al menos, nuestra forma de mirarla.

Nos repetimos que no queremos hacerlo como antes. Que buscamos una crianza más consciente, más compartida, más justa. Hemos incorporado palabras que nuestras madres no usaban: corresponsabilidad, carga mental, tiempo propio. Hemos puesto nombre a lo que antes se intuía. Y eso, sin duda, es un avance. Pero hay algo que, a veces, se resiste.

Las conversaciones que tenemos hoy con nuestras amigas que son madres —en los parques, en los grupos de WhatsApp, en los cafés robados entre horarios imposibles— no se parecen en casi nada las de nuestras madres. Cambian los términos, cambian los marcos y cambia la conciencia. Pero la pregunta de fondo sigue siendo, muchas veces, la misma: cómo sostenerlo todo sin romperse. Quién llega. Quién se queda. Quién organiza. Quién piensa.

Porque la carga mental no desaparece por el hecho de nombrarla. Se desplaza, se disfraza y se (re)negocia. Pero sigue encontrando, con demasiada frecuencia, el mismo lugar donde instalarse. Y ahí aparece la incomodidad. La sensación de no estar exactamente donde querríamos. De habitar una contradicción constante entre lo que defendemos y lo que, en la práctica, hacemos.

Queremos estar más, pero también ser más. Queremos cuidar sin desaparecer. Queremos tiempo propio sin sentir que estamos fallando en algún lugar. Queremos que nuestras hijas e hijos crezcan con la libertad que tuvimos, pero nos cuesta reproducir las condiciones que la hicieron posible. Porque también hemos cambiado la forma de entender el riesgo. La confianza. La comunidad.

Ya no hay —o no de la misma manera— esa red difusa que permitía que la infancia se expandiera sin supervisión constante. Y nosotras, que crecimos en ese margen, no terminamos de saber cómo recrearlo sin sentir que estamos renunciando a algo importante.

A veces pienso en nuestras madres, sentadas a la fresca, hablando mientras caía la noche. No sé si eran conscientes de todo lo que sostenían. Probablemente no lo nombraban así. Pero lo hacían. Como nosotras ahora. Con otras herramientas, con otra mirada, con otra conciencia. Pero sosteniendo, al fin y al cabo.

Quizá la diferencia esté en que nosotras sí tenemos la posibilidad —y la responsabilidad— de preguntarnos cómo queremos hacerlo. De decidir qué heredamos y qué transformamos. De aceptar que no todo cambio es inmediato, ni perfecto, ni limpio.

El Aragón que veraneaba en el pueblo sigue existiendo, de alguna manera. En la memoria, en esos detalles que todavía sabemos nombrar —la bicicleta, el pantano, la verbena—, en la forma en que entendimos, sin saberlo, lo que significaba estar cuidadas.

A veces me pregunto qué recordarán nuestras hijas e hijos de sus veranos. Y me gusta pensar —quizá con un punto de deseo— que, más allá de los formatos, habrá algo que permanezca. Una sensación. La de haber tenido un lugar. La de haber sido cuidadas/os. La de haber crecido en un tiempo en el que, aun con todas nuestras dudas y contradicciones, seguimos intentando hacer lo mejor.

Porque tal vez de eso se trate. No de volver exactamente a lo que fuimos, sino de atrevernos, por fin, a transformarlo.