La igualdad es un orgullo
Hay palabras que cambian de significado con el tiempo. Orgullo es una de ellas.
Recuerdo cuando era adolescente y esa palabra todavía no ocupaba escaparates, edificios públicos ni conversaciones institucionales. Existía, por supuesto. Pero habitaba otros lugares. Los márgenes. Los silencios. Las conversaciones en voz baja. Las confidencias compartidas con quienes sabían escuchar sin juzgar.
Junio llega cada año vestido de colores, de reivindicación y de memoria. Y, sin embargo, cada vez siento más la necesidad de detenerme en esto último. En la memoria. Porque antes de las celebraciones, antes de las banderas y antes de los discursos, hubo personas que simplemente intentaban vivir.
Vivir sin esconderse. Vivir sin pedir permiso. Vivir sin miedo. Y eso, que escrito parece sencillo, nunca lo fue.
Crecí en una generación que tuvo el privilegio de asistir a una ampliación histórica de derechos. Lo he escrito alguna vez: quienes éramos adolescentes cuando España aprobó el matrimonio igualitario tuvimos la suerte de mirar al futuro con una convicción que quizá hoy no valoramos lo suficiente. No pensábamos que otro mundo fuera posible. Pensábamos que lo estábamos construyendo. Aquello dejó una huella profunda. También en Aragón.
Porque a veces olvidamos que detrás de cada avance legislativo hubo miles de vidas concretas. Personas de Zaragoza, Huesca y Teruel. De pueblos pequeños donde ser diferente no siempre era fácil. De barrios donde la libertad tenía que abrirse paso entre prejuicios heredados. De familias que aprendieron a amar por encima de los mandatos sociales. De amistades que se convirtieron en refugio.
Pienso muchas veces en los patios de recreo de nuestra infancia. En aquellos chicos a quienes llamaban “maricón” antes incluso de que ellos mismos supieran quiénes eran. O porque, sencillamente, se salieron de la norma de género impuesta. En quienes aprendieron demasiado pronto que la diferencia podía tener un coste.
Y pienso también en las amigas. En tantas niñas que, sin saber todavía qué era el feminismo, ya intuían qué era la injusticia. Que se sentaban junto al compañero señalado. Que discutían con quien insultaba. Que entendían, quizá de manera intuitiva, que la dignidad de los demás también tenía algo que ver con la propia.
Con los años comprendí que muchas de las alianzas más hermosas entre el feminismo y el movimiento LGTBI nacieron precisamente ahí. En la empatía. En el reconocimiento mutuo. En la certeza de que nadie debería ser castigado por ser quien es.
Quizá por eso siempre me emociona recordar que los hombres homosexuales han estado presentes en tantas luchas feministas. Acompañando, apoyando y construyendo espacios compartidos. Entendiendo que la igualdad nunca ha sido una suma de causas aisladas, sino una defensa colectiva de la libertad. Porque de eso habla el Orgullo.
Habla de libertad. De la posibilidad de vivir una vida propia. De no tener que interpretar un papel para ser aceptado. De mirar al mundo sin pedir disculpas por existir. Y cuando pienso en Aragón, pienso precisamente en eso.
Pienso en las personas que abrieron camino cuando hacerlo tenía un coste infinitamente mayor que ahora. En quienes soportaron el rechazo familiar, la burla social o el aislamiento. En quienes vivieron gran parte de su vida sin los derechos que hoy consideramos normales. Pienso en quienes no llegaron a ver algunos de esos avances.
Y pienso, también, en quienes sí los vieron. En quienes pudieron casarse. Formar una familia. Nombrar públicamente a la persona que amaban. Simplemente vivir.
A veces olvidamos lo extraordinario que resulta algo tan sencillo. Quizá porque los derechos, cuando se consolidan, dejan de parecer conquistas para convertirse en paisaje.
Pero conviene recordarlo. No para instalarnos en la nostalgia, ni para ignorar todo lo que queda por hacer. Sino para celebrar algo profundamente valioso: que hubo personas que lucharon y que ganaron. Que hubo generaciones que ampliaron los márgenes de la libertad. Que hubo una sociedad que decidió ser mejor de lo que había sido hasta entonces. Y eso también merece ser contado. Especialmente ahora. Especialmente en junio.
Porque el Orgullo no es sólo una reivindicación. Es también una historia de amor. De amor propio. De amor compartido. De amor a la libertad. Y quizá por eso me gusta pensar que la igualdad se parece mucho al Orgullo. No porque ambos hayan alcanzado ya todas sus metas. Sino porque ambos representan algo profundamente humano: la decisión colectiva de que nadie debe vivir en los márgenes por ser quien es.
En tiempos en los que a veces parece más fácil fijarse en lo pendiente que en lo conseguido, conviene recordar algo importante. Que hemos avanzado. Que mucho de lo que hoy consideramos normal fue extraordinario hace apenas unos años. Y que hay conquistas que merecen ser celebradas una y otra vez.
Porque la igualdad es justicia. La igualdad es libertad. La igualdad es dignidad. Y la igualdad, también, es un ORGULLO.