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Instrucciones para pelar un durian

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En la penumbra del día a día suceden cosas que nadie ve. Pequeños gestos, miradas, comentarios entre dientes… Balas blandas que hieren igual que la artillería pesada. Disparos que solo reciben quienes son objeto de esa guerra blanda. Los tiradores, en ocasiones ajenos al poder de un efecto reflejo cargado de prejuicios, continúan con su vida como si nada, porque no es la suya la que se pone en cuestión. La que está bajo la lupa es otra. 

Esas vidas diana suelen arrastrar además cargas pesadas. Por multitud de circunstancias no van por el carril de las de quienes los castigan con un desprecio pasivo o explícito. También eso se lo echan a la mochila. Con ese peso avanzan por la vida que, le pese a quien le pese, les pertenece como la dignidad y los derechos que a veces se les niegan. 

¿De dónde eres cuando no eres de ningún sitio por haber sido de varios? ¿Soy de donde nací yo o de donde nacieron mis padres? Es lo que se preguntan Seiku, Erick, Keylim y Alejandro Darían. Jóvenes que llegaron a España desde Gambia, Nicaragua, Colombia o Cuba. Tienen la energía y la ilusión propias de la edad; el arrojo fruto del reto mayúsculo al que se enfrentan; y la inocencia algo mermada porque su realidad es más descarnada que la de la mayoría. Junto a otros migrantes, algunos ya de segunda generación, han transformado sus vivencias en una obra de teatro. 

Sobre el escenario: las preguntas incómodas; las señoras que se agarran el bolso a su paso; la policía que les pide la documentación una y otra vez; el personal de seguridad que no les quita ojo en la tienda; la persona que les toca el pelo sin su permiso… Se sienten señalados constantemente por los mismos que les exigen que se integren mientras les recuerdan que su casa está a miles de kilómetros. Lidian con los problemas propios y las contradicciones ajenas. 

Hacerse invisibles entre esa sociedad hostil es su mecanismo de defensa. Nuestras preguntas nunca son las vuestras, dicen, y tienen razón. El laberinto inexpugnable de la burocracia tampoco se lo pone fácil. Cuando crees que estás preparado para avanzar, apuntan, siempre estás a un documento de lograrlo. Tienen entre 17 y 22 años, la vida por delante y mucha experiencia a sus espaldas. Tienen mucho que aportar a nuestra cultura, la mayoría hablan varios idiomas, pero de qué sirve si unos los miran mal y muchos no los vemos. 

La obra que han armado gracias a la Fundación Federico Ozanam y el colectivo de teatro comunitario Zonas Comunes se llama Instrucciones para pelar un durian. Esa fruta exótica de olor nauseabundo que genera rechazo pero que al pelarla y probar su pulpa interior uno descubre un manjar dulce y muy codiciado. Lo del durian no es un secreto, lo de estos chicos tampoco. Viendo el ensayo reí, aplaudí y lloré de rabia. Se merecen vivir su juventud sin zancadillas. Sin las miserias morales de otro. Revisemos nuestra mirada, las balas blandas también dejan cicatrices.