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Esos maravillosos destellos

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Lo decía alguien que no había nacido aquí: no hay país mejor que España para vivir, ni peor para trabajar. Surgía en una conversación en torno a la gestión del talento, si se ensalza o se entierra en vida por parte de gente tan mediocre como poderosa. Huelga hacer el balance. Miren a su alrededor y juzguen ustedes mismos. 

Nos movemos en un mundo de loas vacías, de autobombos desorbitados e impúdicos… El elogio de la nada. Por fortuna el talento es como un torrente imparable. Por mucho que se le intente eclipsar u opacar, sus destellos encuentran la rendija por la que mostrarse y deslumbrar. 

No hay tarea menor para una persona con talento porque siempre aparece ese brillo que hace sonreír a quien la observa y todavía no tiene la corteza gustativa de hojalata. A diferencia de la vanidosa mediocridad, el talento es humilde. Quien lo ostenta busca la excelencia como una obligación moral para consigo mismo. El reconocimiento más valioso nunca viene de fuera sino de sí mismo. Lo mismo la crítica. 

Aunque no viva de alabanzas es de justicia valorar al talento cuando se detecta uno de sus destellos. Esa es la razón de ser de esta disertación, mostrar mi más sincero agradecimiento a un auténtico desconocido, a una persona con talento. El brillo de su labor me deslumbró, como a muchos, como una “cegadora” de las que se usan en los escenarios de música. 

A veces ocurre la magia y la música de un artista que estaba fuera de tu radar se convierte de facto en uno de tus imprescindibles. Pero si se convierte en costumbre acudir a conciertos de grupos o solistas que desconocías y siempre te sorprenden para bien, eso no es magia, es un buen trabajo. 

Ocurre por norma en los conciertos que organiza el Ayuntamiento de Zaragoza en el jardín de Invierno o la plaza de San Bruno en el Pilar o en el ciclo al Raso. Leo el cartel, conozco a uno, dos, tres. Da igual. Sé que al que vaya me gustará. Sé que será buena música. Sé que no es baladí que ese grupo esté hoy ahí. Sé que tiene una lectura en la cultura contemporánea. Sé que detrás tiene que haber un amante de la música. Alguien con conocimientos profundos en la materia, con curiosidad por lo emergente, con olfato para detectar el talento. Alguien que también tiene ese brillo. 

Los carteles –tristemente repetitivos en la mayoría de los festivales– toman cuando los ha ideado alguien así un cariz radicalmente distinto. Didáctica y descubrimiento. Buscar, indagar, escuchar cosas nuevas, iniciar idilios maravillosos. Escoger y acudir con amigos a una cita a ciegas con la garantía de que saldrá bien. Pasaba también en Pirineos Sur o Periferias. Pasa donde hay un programador con talento. En ambos casos se trata de trabajadores públicos. 

Tener a alguien así en una plantilla es un tesoro para la organización, en una administración pública es un triunfo para los ciudadanos. Esa persona a la que no conozco y sin embargo me hace muy feliz desde hace años se llama Víctor Domeque, técnico de Zaragoza Cultural. Él o Luis Lles, jubilado ya como técnico cultural en el Ayuntamiento de Huesca, no programan conciertos. Abren mentes, cambian ciudades.