No a la guerra

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Después de dos meses de guerra, con algún alto el fuego parcial, la estrategia del tándem Netanyahu-Trump para Oriente Medio sigue adelante. Para Netanyahu los objetivos son dos: someter a Irán, el principal enemigo del Estado judío, y avanzar en las aspiraciones anexionistas del sionismo -el Gran Israel- como ha hecho con el genocidio de Gaza y están haciendo en Cisjordania, ocupando territorio libanés, destruyendo casas, infraestructuras, utilizando pesticidas que imposibilitan la producción agrícola… impidiendo que quienes han tenido que huir de su tierra puedan volver.

En el caso de Trump, la finalidad también es evidente, fortalecer a su mejor aliado y guardián de sus intereses en esa zona del planeta tan importante estratégicamente. Los dos dirigentes políticos tienen la misma visión del mundo, los mismos intereses: incrementar su poder -económico, político, tecnológico, cultural…-, sin atender a derechos o normas internacionales y usando la fuerza -incluidas amenazas, sanciones o asesinatos, dentro y fuera de sus fronteras- cuando así lo consideran. Como los recientes actos de piratería y secuestro perpetrados por Israel contra la Flotilla a Gaza, ante la pasividad de la comunidad internacional.

Lo que está ocurriendo en Oriente Medio no es una excepción, es un paso en una estrategia cuyo objetivo es la destrucción del orden internacional y el debilitamiento de la democracia por la fuerza. Estamos ante una nueva forma de imperialismo del que nadie nos podemos considerar a salvo, el presidente de los EE UU ya ha anunciado que su próxima intervención será en Cuba, ya amenazó con anexionarse Canadá y Groenlandia, interviene en las elecciones europeas y de América Latina apoyando a la extrema derecha… Y coincide con Putin -otro expansionista, nostálgico de la Rusia imperial- en la conveniencia de un reparto del mundo en espacios de influencia de los distintos bloques de poder.

Aunque no nos veamos directamente afectados, no somos inmunes a las consecuencias de esta guerra. Ya estamos sufriendo las repercusiones del incremento del precio del petróleo y otros productos, como consecuencia del bloqueo de la navegación en el estrecho de Ormuz, pero no van a ser las únicas. Aunque la guerra terminase mañana sus consecuencias se prolongarían en el tiempo: la estabilidad del tránsito de mercancías tardaría meses en alcanzarse y el drama humanitario continuaría, la destrucción de infraestructuras y la política de tierra quemada del primer ministro israelí obligarían a decenas de miles de personas a refugiarse en otros lugares.

Además, las ansias imperiales de los Trump, Putin o Netanyahu favorecen la deriva armamentística y militarista de los estados, en detrimento de las mejoras de los servicios públicos y las libertades, e incrementan el riesgo de una confrontación bélica a escala mundial. Su mensaje es claro: o aceptáis nuestras exigencias o ya sabéis lo que os va a pasar.

Algunos gobiernos, también europeos, guardan silencio o incluso apoyan a los agresores, pero el silencio es cómplice y la ciudadanía no tenemos por qué serlo, no queremos ser cómplices de la barbarie; no queremos serlo por las victimas en Irán y Líbano, por las de Gaza y Cisjordania. Tampoco estamos dispuestos a ser vasallos de ningún imperio ni a aceptar las amenazas de ningún matón.

No podemos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo se desmontan las débiles estructuras de convivencia internacional para instaurar la ley del más fuerte. Somos débiles tomados de uno en uno (en palabras de José Agustín Goytisolo), pero muy fuertes si nos unimos. Podemos parar la barbarie con la movilización social -hacer frente a Trump es la mejor manera de que cese en sus intentos chantajistas- presionando a nuestros gobiernos e instituciones, desde Bruselas a los ayuntamientos, para que rompan relaciones comerciales, culturales, deportivas… con el gobierno de Netanyahu; para que apuesten por la autonomía económica, industrial o de defensa de la UE. También, a la hora de comprar, podemos boicotear los productos que procedan de Israel y de EE UU.

La paz es una aspiración de la mayoría de los seres humanos, pero la paz no es únicamente ausencia de conflicto armado, no hay paz sin democracia, sin derechos o sin justicia social y los tres objetivos están en peligro si no detenemos la dinámica endiablada desencadenada por Trump y Netanyahu.

El próximo jueves día 7 a las 19.00 horas, numerosas organizaciones políticas, sindicales y sociales han convocado una manifestación contra la guerra, pero esto es solo un primer paso, nuestro horizonte no puede limitarse a parar la guerra en Oriente Medio. Hay que continuar hasta conseguir un nuevo orden mundial basado en la multilateralidad, que respete los derechos humanos, la democracia, la justicia social, que incentive la cooperación entre los estados, que defienda el derecho de los pueblos a vivir en paz.

Por un nuevo orden mundial: NO A LA GUERRA.