Protagonistas de nuestro futuro
Hay películas que terminan cuando se encienden las luces del cine. Y hay otras que se quedan dentro, removiendo recuerdos que ni siquiera sabíamos que eran nuestros. 'La bola negra', de los Javis, pertenece a esas historias que nos obligan a mirar hacia atrás para entender lo que está en juego hoy. Porque hubo un tiempo en el que amar podía ser un delito, ser mujer significaba vivir bajo tutela y pensar diferente te costaba la libertad o la vida.
A veces parece que hablamos de un pasado remoto, pero apenas nos separan cincuenta años de aquella España en blanco y negro. Una España de silencios impuestos, armarios cerrados, mujeres sin autonomía y familias que aprendieron a no preguntar por sus muertos. Una España donde el miedo se heredaba como se heredan los apellidos.
Lo verdaderamente aterrador es que hay quienes quieren devolvernos allí.
Los derechos de las mujeres, de las personas LGTBIQ+ y de quienes nunca encajaron en el molde de la España nacionalcatólica vuelven a estar en el punto de mira. Nos dicen que exageramos, que nadie pretende arrebatarnos nada. Pero los derechos no desaparecen de golpe. Primero se ridiculizan, después se cuestionan y finalmente se recortan. Hasta que un día descubrimos que aquello que parecía irreversible ha dejado de serlo.
Por eso necesitamos memoria. No como un ejercicio de nostalgia, sino como una herramienta de defensa colectiva.
La llamada Ley de Nietos, que ha permitido a descendientes de quienes tuvieron que marcharse recuperar la nacionalidad española, encierra una lección profundamente humana: el exilio no termina cuando alguien cruza una frontera. Continúa en sus hijos, en sus nietas, en las fotografías que sobrevivieron al viaje y en las historias que se contaron en voz baja. Recuperar ese vínculo es también reconocer que hubo un país que expulsó a quienes defendían la libertad.
Pienso en Francia, en esa sociedad que tantas veces ha llenado sus calles de llamas y barricadas porque se sabe soberana. No porque su historia esté libre de contradicciones, sino porque conserva la conciencia de haber conquistado derechos mediante revoluciones. Sabe que la libertad no fue una concesión generosa del poder. Fue una conquista popular.
En España, sin embargo, demasiadas veces nos han contado la democracia como si hubiera llegado sola, como un regalo. Nos falta recordar que hubo mujeres y hombres que la defendieron cuando hacerlo significaba jugarse la vida. Que hubo sindicalistas, maestras, campesinos, republicanas y personas perseguidas por amar de otra manera que pagaron un precio insoportable para que hoy podamos vivir con derechos.
Y mientras se extienden los bulos, se blanquea la dictadura y se derogan leyes de memoria democrática, corremos el riesgo de perder algo más que el conocimiento de nuestra historia: la conciencia de que somos protagonistas de nuestro futuro.
La memoria no pertenece a los muertos. Nos pertenece a quienes seguimos aquí. A las mujeres que no aceptamos retroceder, a quienes reivindican amar sin miedo, a las familias que todavía buscan a sus desaparecidos y a las generaciones que merecen conocer la verdad.
Verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición no son palabras para colocar en una pancarta un día al año. Son compromisos democráticos que nos obligan a actuar. El blanco y negro puede resultar hermoso en una película, pero nunca impuesto sobre nuestras vidas.
Que nadie nos convenza de que el pasado fue mejor cuando tantas personas tuvieron que luchar para escapar de él. Que nadie nos robe los colores que otras conquistaron antes que nosotras. Recordar es una forma de resistir. Y resistir, hoy, es impedir que el miedo vuelva a gobernarnos.