El Imperio romano cambió la genética de Hispania: así afectaron las migraciones a la población de la Península Ibérica
La integración de Hispania en el Imperio romano no solo transformó sus ciudades, sus leyes o su cultura. También cambió profundamente la composición genética de sus habitantes. Así lo explica un estudio internacional que ha reconstruido, mediante el análisis de ADN antiguo, cómo las migraciones procedentes del Mediterráneo oriental y del norte de África contribuyeron a configurar la población de la Península Ibérica durante la época romana y la Antigüedad tardía.
La investigación, publicada en la revista científica Cell, ha analizado 243 genomas antiguos procedentes de 31 yacimientos arqueológicos. En el trabajo han participado investigadores de la Universidad de Málaga (UMA), junto con profesionales de instituciones como la Universidad de Harvard, el Instituto Max Planck y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Los resultados muestran que la integración de Hispania en las redes del Imperio estuvo acompañada de importantes desplazamientos de personas. Las conexiones comerciales y políticas entre territorios mediterráneos no se limitaron al intercambio de mercancías o costumbres sino que también favorecieron la llegada y el establecimiento de poblaciones con distintos orígenes genéticos.
Una de las conclusiones más destacadas es la presencia de ascendencia norteafricana en comunidades de época romana y tardoantigua, especialmente en el sur peninsular. Los investigadores han identificado estas señales genéticas en restos humanos que permiten estudiar las relaciones entre ambas orillas del Mediterráneo occidental, mucho antes de la conquista islámica de la Península Ibérica.
Una mujer enterrada en la antigua Malaca
Entre los casos analizados sobresale el de una mujer de edad avanzada enterrada en la antigua Malaca, la actual Málaga, entre los años 126 y 232 después de Cristo. Su ADN revela una ascendencia relacionada con el Mediterráneo central, datos que hablan sobre la diversidad de orígenes que había en las ciudades de la Hispania romana.
El enterramiento también contenía un ajuar singular con piezas vinculadas a tradiciones materiales del Mediterráneo oriental y del norte de África, concretamente de áreas relacionadas con Beirut y Túnez. La combinación de datos genéticos y objetos funerarios permite ampliar el conocimiento sobre los contactos entre comunidades, aunque no determina por sí sola dónde nació aquella mujer ni cuál fue su trayectoria personal.
De hecho, la provincia de Málaga ocupa un lugar destacado en la investigación. Los científicos examinaron restos procedentes de Rosarito, en Málaga; la necrópolis de Arroyo Vaquero, en Estepona; Acinipo, en Ronda; y Castillejos de Quintana, en Pizarra. Estos enclaves aportan testimonios de distintas comunidades y momentos históricos.
En particular, Arroyo Vaquero constituye uno de los ejemplos que documentan la presencia de ascendencia norteafricana en poblaciones costeras del sur peninsular durante la Antigüedad tardía. Su análisis refuerza la imagen de un Mediterráneo conectado, donde los movimientos humanos acompañaban a las relaciones económicas y culturales. La investigación aporta así evidencias biológicas a procesos históricos conocidos principalmente por las fuentes escritas y los hallazgos arqueológicos.
Las migraciones posteriores a Roma
El estudio también aborda las transformaciones demográficas asociadas a las migraciones de suevos, vándalos, alanos y visigodos. El análisis de restos de distintos periodos permite observar cómo cambió la composición de las poblaciones ibéricas durante la transición desde el mundo romano hacia la Antigüedad tardía.
Por parte de la Universidad de Málaga han participado José Suárez, profesor del Departamento de Ciencias Históricas; Enrique Viguera, profesor de Genética; y Sonia López, investigadora posdoctoral especializada en arqueología funeraria y bioarqueología. Su colaboración refleja el carácter multidisciplinar de un trabajo que combina genética, historia y arqueología.
Los investigadores destacan especialmente la utilidad de estudiar restos humanos junto con sus contextos funerarios. Sobre todo porque los perfiles de ADN permiten identificar relaciones de ascendencia, mientras que los objetos y las características de los enterramientos aportan información complementaria sobre las comunidades en las que vivieron aquellas personas.
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