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La Putería de Zaragoza

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Hay lugares donde la huella del pasado resulta difícil de borrar. A tal conclusión llego al leer que un promotor zaragozano, tras adquirir un edificio en la calle Agustina de Aragón, se había topado en su interior con un prostíbulo intacto, como si chicas y cabritos acabaran de apagar la luz y marcharse.

Sí, hay pasajes de la historia que no terminan de cerrarse. Y no lo digo porque, según la noticia, el garito en cuestión conservara aún sus enseres —barra americana, bola de discoteca y mueble bar— sino porque el entorno de la calle Agustina de Aragón, antigua del Barrio Curto, albergó entre 1415 y 1629 la llamada “Putería de Zaragoza”, conocida también como “Burdel Nuevo”.

Un mal menor y lucrativo

Antes, claro, hubo un “Burdel Viejo”, fuera de la muralla romana, aunque dentro del muro de rejola, junto al antiguo postigo del Mercado, luego Puerta de la Tripería, en la barriada conocida como de Tejares. El lugar de aquella mancebía lo forman hoy las calles de Predicadores en su tramo inicial, Escobar y Aben Aire; de hecho, esta última fue llamada del Burdel Viejo.

Quizá sorprenda que una lacra considerada pecaminosa por la Iglesia tuviera un espacio tan reconocible y popular, cercano al mercado y a la puerta de Toledo. Lo cierto es que durante la Edad Media la prostitución se consideró un vicio necesario para evitar, decían, males mayores, como violaciones, raptos y adulterios. Así que nada más ocurrente que organizar guetos.

Pero, sobre todo, las puterías se consideraban un sustancioso negocio. En su libro “Burdeles, picaderos y lupanares”, Javier Rioyo nos cuenta cómo en pago a sus servicios, Alonso Yañez Faxardo, trinchante de los reyes Católicos, recibió el privilegio de explotar prostíbulos en diversas ciudades de Andalucía.

El apartheid sexual zaragozano

A inicios del siglo XV, los Jurados de Zaragoza deciden trasladar el viejo lupanar a las cercanías de los llamados Campos del Hospital y del Toro, una sucesión de solares, fincas y alguna torre de labranza; lugar apartado, pero accesible, donde tiempo atrás se celebraban torneos. El “Burdel Nuevo” estaría enclavado entre las actuales calles de Zamoray, no en vano llamada del Público; Pignatelli, antes de la Victoria, por la cercanía del convento de tal nombre; Cerezo y la ya mencionada de Agustina de Aragón.

La putería de Zaragoza no tuvo la fama de la valenciana, la mayor de aquella época. Según testimonios de viajeros del siglo XVI, el burdel levantino “era grande como un pueblo y está cercado de paredes y cerrado por una sola puerta (…) hay tres o cuatro calles llenas de casitas, cada una de las cuales sirve de albergue a varias muchachas (…) unas trescientas” (Antonio de Lalaing, citado por José García Mercadal en “España vista por los extranjeros”).

La labor de historiadoras como María Isabel Falcón Pérez y Raquel Cuartero Arina ha permitido recuperar el funcionamiento de aquel nuevo burdel. Así sabemos que el de Zaragoza no debió ser muy diferente del valenciano. Un recinto tapiado al que se accedía por un portalón situado en el despartidero que en la actualidad forman las calles de Pignatelli y Zamoray. Al ponerse el sol el recinto se cerraba, pero no era raro hallar boquetes en la tapia por los que se colaban puteros y rufianes. En su interior, una sucesión de hostales arrendados al explotador del negocio, donde las cantoneras se apostaban ofreciéndose a los transeúntes. Algunos de estos inmuebles pertenecían a la Orden religiosa del Hospital.

Putas influencers

El caserío del putiferio fue creciendo con los años, al igual que las normas que lo regían. El Concejo de Zaragoza regulaba su actividad a través de Estatutos, como el promulgado el 13 de agosto de 1474 que establecía que “las hembras públicas deben vivir dentro de los límites del Burdel”. La gestión directa correspondía a “la madre o el padre del burdel”, es decir, al concesionario de su explotación.

Las prostitutas tenían prohibido ejercer fuera del recinto de la Putería, pero como afirma Cervantes en “El Quijote”, las cantoneras de Zaragoza resultaban “difíciles de atar”. Pese a los castigos impuestos, hay algunas que desafiaron la ley y optaron por ejercer por su cuenta. Tal fue el caso de Floriana Deaux, una prostituta sevillana afincada en la parroquia de San Miguel que llevaba de cráneo al vecindario. Por su portal entraban y salían “frailes de distintas religiones y hombres de todos los estados” (Juan Póstigo Vidal, “El Paisaje y las hormigas. Sexualidad, violencia y desorden social en Zaragoza (1600-1800)”

En su afán hipócrita por vigilar, castigar y lucrarse, el gobierno municipal llegó a regular hasta la forma de vestir. Las putas, además de serlo debían parecerlo. La profesora María del Carmen García Herrero nos cuenta que las correcalles zaragozanas tenían vetado el uso de determinadas prendas, telas, colores y adornos; debían ir descubiertas, mostrando sus facciones para ser reconocidas y distinguirse de las “mujeres honestas”. Se dio la paradoja de que muchas de tales “mujeres honestas” acabaron por adoptar el outfit propio de las cantoneras, lo que obligó a imponer nuevas prohibiciones.

La Mala Vida

Con todo, la mayor preocupación de los regidores medievales fue la vinculación de la prostitución con la delincuencia. Las tabernas de la ciudad, y en particular la de la Putería, eran un foco de marginalidad. Allí acudían pícaros y trapisondistas para jugar, beber, retarse y tramar artimañas en las que a veces se involucraba alguna prostituta.

Tal fue el caso de un comerciante musulmán a quien pillaron enredado con una mondaria. Ni musulmanes ni judíos tenían acceso al burdel y tampoco podían mantener relaciones con mujeres públicas cristianas. El caso es que, por miedo a ser delatado, ofreció dinero por su silencio a los rufianes que casualmente le habían descubierto. Los Jurados de Zaragoza acabaron demostrando que la prostituta había consentido para servir de cebo y chantajear al morisco putero.

En el fondo, estas mujeres no eran malhechoras, sino desgraciadas a las que los avatares de la vida y su condición social y sexual habían arrojado a una triste existencia. Muchachas que acudían a servir a la ciudad y que algún desaprensivo pervertía. La mayoría acababan endeudadas, enfermas o encerradas en cárceles y casas de recogida.

Polémicas sobre la Casa Pública

Puede sonar a disparate, pero el final de las mancebías llegó con una decisión del rijoso Felipe IV, cuyas aventuras sexuales se hicieron legendarias. Desde que en 1623 una Pragmática Real ilegalizara las casas públicas, éstas fueron poco a poco cerrando. La de Zaragoza puso el candado el 9 de abril de 1629. La decisión venía envuelta en un debate público promovido por el Concejo de Zaragoza que se prolongaría durante años.

En su “Discurso sobre la casa pública de mujeres impúdicas en Zaragoza en orden a su permisión, o denegación” (1632) el abogado Miguel Martel advertía de las amenazas que la clandestinidad acarrearía a la seguridad pública, como de hecho así sucedió. Años después, una publicación de apenas 60 páginas firmada “en nombre de la Academia de los Anhelantes” reconocía “el estado calamitoso en que se halla ahora Zaragoza tan perseguida y acosada de mujercillas (“Discurso sobre si conviene o no se restituya en Zaragoza la casa de mujeres impúdicas”, 1637). Con todo, el autor se posiciona en contra de reabrir la Casa pública ya que “no se impiden, ni escusan mayores males, antes crecen y se aumentan”.

El cerrojazo provocó, en efecto, que prostitutas y explotadores se dispersaran por la ciudad, ofreciendo sus servicios en huertas, callizos, fosales y, sobre todo, en las numerosas tabernas en el entorno de la mancebía, donde broncas y reyertas nunca faltaban. Un ambiente marginal que se fue asentando en la zona con los siglos y que, como decíamos, ha llegado intacto hasta nuestros días.