Zaragoza como producto en venta
La fotografía captada en el Portillo refleja el contraste de la Zaragoza de los grandes desarrollos urbanísticos/inmobiliarios con la Zaragoza de los sin techo y de los sin hogar cuyas cifras se han disparado en los últimos tiempos. Una foto con la misma lectura podía haberse tomado debajo de los puentes del Ebro, alrededor del Centro de Historias o de la plaza de San Bruno, y en otros rincones y calles de la ciudad.
El usuario del asentamiento del Portillo se ha localizado detrás de una valla, que le sirve de tendedero, como si quisiera protegerse de un desalojo. Con dos banderas españolas, una más grande y otra más pequeña, está reivindicando su arraigo. Un porcentaje significativo de los sin techo o sin hogar han venido de otros países, mayoritariamente de África. Son tiempos en los que la cristiana dignidad de estas personas no encaja en la prioridad nacional.
Los datos de la Cruz Roja de 15 de septiembre de este año cuantificaban en 620 las personas que vivían en la calle o en chabolas en Zaragoza. Eran 204 más en relación a los datos del 28 de noviembre de 2025, algunos de ellos con serios problemas de salud mental que están reclamando con urgencia una actuación institucional coordinada e integral, en la que el protagonismo debería ser para las entidades y los trabajadores sociales.
La foto es una imagen seleccionada de una ciudad cuyos proyectos estrella avanzan entre sobresaltos presupuestarios, de plazos y de utilización de los fondos europeos, críticas por la falta de transparencia y de participación ciudadana y, por ejemplo, la remolonería para reclamar 12 millones de euros a una sociedad deportiva, Tiro de Pichón, antes de que prescriba el pago por la expropiación de unos terrenos.
Entre los proyectos estrella están la recuperación del Huerva, la Nueva Romareda o la “Ciudad del Cine”. Por cierto, la Gala de los Premios Goya ha vuelto a pasar de largo este año para quedarse en Pamplona. Y, 18 años después, la segunda línea Este-Oeste del tranvía continúa en estudio.
Otros proyectos más pequeños, como las reformas del Coso y de la plaza de San Miguel, están arrastrando una creciente irritación vecinal. Una pérgola, o para ser más precisos pergolita difusora de agua, es la avanzadilla de lo que en el medio plazo tiene que ser un refugio climático junto al Huerva en los límites de lo que fue la ciudad musulmana y romana. Ahora mismo, solo es un espacio tan renovado como duro e inhóspito. ¿Se escuchó previa y suficientemente a los vecinos y a los expertos?
Bajo el ruido y las prisas de las obras preelectorales, algo habitual en todas las Corporaciones, Zaragoza continúa aferrada a las señas de identidad de la basílica del Pilar, del Ebro y del Real Zaragoza, esta última en horas muy bajas. Después de muchos intentos frustrados, con el respaldo de Ibercaja se está intentando dar con la tecla universal de Goya, inseparablemente conectada con el Museo del Prado de Madrid.
Muy atrás quedan –se acaba de conmemorar el 30 aniversario- actuaciones como la de Michael Jackson, todas las de la movida de la década de los 80, una década prodigiosa de grandes conciertos y de creatividad musical, cultural y artística, o la propia Expo 2008. Algo que difícilmente se volverá a repetir.
Desde mi punto de vista, el equipo de gobierno –es una definición que le copio al profesor Manuel Delgado, autor del ensayo “Todas las ciudades están poseídas” – ha optado por concebir Zaragoza como un producto en venta que se coloca en una estantería de mercado. El modelo de futuro ni está ni se le espera, se improvisa sobre la marcha, eso sí reforzado con un equipo de influyentes.
El valor de cambio, acompañado del usufructo para unas minorías, se está imponiendo al valor de uso. Las administraciones prefieren a los clientes antes que a los ciudadanos a los que nos ven como consumidores. Algo que se comprueba, por ejemplo, con la ocupación desmesurada del espacio público por las terrazas. O cuando se peatonaliza una calle, que ya se está pensando en convertirla en un centro comercial al aire libre.
¿Qué está ocurriendo? Que los cascos históricos de todas las ciudades son una copia con las mismas tiendas, los mismos clientes en la calle y la misma proliferación de viviendas turísticas. Y en los parques, al quiosco familiar de toda la vida lo ha desplazado La Tagliatella, la gran franquicia italiana de pasta. Uniformidad.
Hablando de señas de identidad, permítanme una digresión ahora que se acercan las fiestas del Pilar. Las Medallas de Oro de Zaragoza nos dan pistas sobre las preferencias de los equipos de gobierno. Salvo una excepción, la de los profesionales sanitarios en 2020, durante los últimos ocho años el resto se han concedido a instituciones o representantes del mundo económico, financiero o mediático: Ramón Alejandro (Saica), Ricardo Mur (CEOE), Javier Moll (Prensa Ibérica), Miguel Carreras (Carreras Grupo Logístico), Juan Manuel Cendoya (Banco de Santander), Paloma de Yarza (Grupo Henneo) y Amado Franco (Ibercaja). Algunas de las distinciones han coincidido con meritorios aniversarios y resultados pero la mirada vertical ha prevalecido abrumadoramente sobre la horizontal.
Pedro Santisteve, de Zaragoza en Común (ZEC), entregó su primera Medalla de Oro como alcalde a una religiosa de las Hermanas de la Caridad, Milagros Hernández Obón, por el trabajo de la congregación con personas vulnerables y desfavorecidas, y otra a las alcaldesas de Barcelona y Cambrils tras los atentados yihadistas de 2017. También las hubo para la institución ferial y para la compañía “La Zaragozana”. Dos a dos.
Si miramos más atrás, durante sus últimos años de alcalde Juan Alberto Belloch tuvo especial debilidad por el mundo de la educación y de la cultura: Manuel López, rector de la Universidad de Zaragoza, la académica de la RAE Aurora Egido, la escritora Soledad Puértolas y el director de la RAE José Manuel Blecua Perdices.
Son decisiones de Alcaldía que proyectan la sensibilidad de unos y otros por uno u otro modelo de ciudad. En mi opinión, una Zaragoza más horizontal, más limpia y empática con la calle, con los servicios públicos, con la cultura, con el tejido social y con la diversidad, necesariamente debería ser una Zaragoza más humana y equitativa.