Carretera A-129: la frontera que mantiene a salvo de las llamas la Ruta Orwell y el corazón forestal de la Sierra de Alcubierre
Sobre los “campos yermos y amarillos”, entre colinas “grises y arrugadas como la piel de los elefantes”, George Orwell describió la sierra de Alcubierre en 'Homenaje a Cataluña', con esa “cadena de puestos fortificados” desde la que combatió a principios de 1937 en la Guerra Civil española. Su legado ha quedado inmortalizado en la denominada Ruta Orwell, situada entre Leciñena y Alcubierre –en la comarca de los Monegros, que se reparte entre las provincias de Zaragoza y Huesca–, desde donde se pueden recorrer en medio de un inabarcable pinar los vestigios del conflicto armado en el que participó el escrito. El mismo terreno que ha estado a punto de consumirse en un incendio aún descontrolado y del que le ha salvado un cortafuegos natural: la carretera A-129 que las dos localidades mencionadas. Al menos, en parte, porque todo lo situado al norte de esta vía ha podido resultar afectado, algo que solo se sabrá con exactitud cuando el fuego deje de arder.
“No, dicen que el Monumento a los Caídos no se ha salvado”, comenta Juan Carlos Borrell, agricultor de Robres, a pocos kilómetros del núcleo urbano. Lleva desde el martes ayudando en las labores de extinción: ahora mismo acaba de verter purines –trabajan con lo que tienen– alrededor de una ladera que ha ardido, para contener su avance; aún permanece un humo inquietante, que aumenta por momentos. Es probable que esto mismo suceda con las Tres Huegas y con toda la denominada Posición de San Simón, erigido en los años cuarenta al norte de la A-129 y donde combatió el frente popular franquista.
Sin embargo, la carretera ha logrado salvar la propia Loma Orwell, en el monte Irazo, un asentamiento con alambradas, trincheras, pozos de tirador y vivacs donde el mismo autor de '1984' combatió durante meses. Y también, por supuesto, el pinar: miles de hectáreas de carrasco que sirven de denso pulmón verde a la estepa y donde el fuego, en condiciones de calor y viento elevados y de humedad baja, puede causar estragos.
“Allí es bosque total. Hasta que el fuego no baja al monte bajo no puedes meter los tractores porque son todo árboles”, explica Borrell. Si las llamas llegan a saltar la carretera y a internarse en ese pinar, el trabajo se complica todavía más: “Parece que no es nada para lo que había ayer (por el miércoles), pero no para de arder. Va aumentando. El fuego es muy traicionero”. El joven agricultor observa con impotencia cómo el incendio cambia de comportamiento a lo largo del día. “Por la mañana vuelve a renacer y cada vez sale más humo. Luego, por la tarde, se pone peor. Está todo muy caliente, sopla el viento… Es aterrador”, resume.
Barreras agrícolas frente a las llamas
En el campo no solo se combate con agua. Muchas veces la mejor herramienta es la tierra, y también el purín. Los tractores remueven el suelo para levantar barreras que frenen el avance de las llamas, aunque en ocasiones recurren a lo que tienen más cerca. “Ahora mismo estamos tirando de purín porque es lo más cercano para cargar. Si hace falta, vuelves otra vez. Es que, si no, estamos vendidos”, lamenta Borrell.
La lucha contra el incendio se libra así, metro a metro, con tractores que deberían estar preparando la próxima cosecha y que estos días se han convertido en una herramienta más del operativo. Sin relevo, sin horarios y con la incertidumbre de no saber cómo acabará una emergencia que cambia con cada golpe de viento.
Armando Pérez, agricultor de Montesusín –perteneciente al municipio de Grañén–, lleva toda la vida trabajando estas tierras. Sus padres llegaron como colonos y él, con 56 años, conoce cada camino de este terreno. El incendio le ha golpeado de lleno. Su granja de cebo, con 3.700 animales, ha quedado rodeada por el fuego en dos ocasiones. “He tenido las llamas a cien metros por delante y por detrás. Si llega a entrar, hubiera sido la ruina”, explica mientras reposta. Es la tercera vez que carga combustible (a 1,12 euros el litro, 150 litros de capacidad), “pero eso ni lo miras”, asegura.
El teléfono no ha dejado de sonar entre agricultores y ganaderos de la zona: “Es una obligación venir y cubrir todo lo que se pueda. Se está quemando toda la tierra”, lamenta el de Robres. Por eso, cuando sonó el teléfono la primera vez esta semana “no hubo que pensarlo demasiado”, asegura Armando Pérez. Alrededor de sus naves llegaron a trabajar siete tractores al mismo tiempo, entre ellos el de Juan Carlos Borrell: no se ponen cara, pero sus vehículos han labrado mano a mano estos días. Y como ellos, otros sesenta vecinos y sus máquinas, están participando en todo el incendio. “Nos llamamos entre nosotros, agricultores y ganaderos, y vamos dos o tres juntos con los tractores porque con el humo te pierdes. La UME nos indica y también nos preguntan por los caminos. Trabajamos codo con codo. Les estamos muy agradecidos”.
Una pieza más del operativo
Esa colaboración entre quienes conocen el terreno y quienes dirigen la extinción se ha convertido en una pieza más del operativo. Los agricultores hacen lo que llevan haciendo toda la vida: mover tierra. El coste económico queda en un segundo plano mientras las llamas avanzan porque, además del combustible, se juegan su herramienta de trabajo. “Mi tractor me costó 100.000 euros. Me lo juego igual que me juego las naves” recuerda Armando Pérez.
La sensación de impotencia se mezcla con la de quien llevaba tiempo advirtiendo del problema. “Hace un par de años pedimos hacer cortafuegos y limpiar el monte con máquinas picadoras, pero no nos dejaron. Lo veíamos venir”. Ahora, precisamente donde el fuego más aprieta, ese cortafuegos lo han hecho las llamas. En pueblos pequeños, donde apenas viven doscientas personas, el monte no es solo un paisaje. Es parte de la historia de las familias, como la de Armando, que llegaron a Montesusín hace medio siglo y no quieren marcharse. “Cuando ayer vi todo arrasado, se me saltaron las lágrimas”. A este ganadero, como a otros vecinos, le cuesta hablar del monte sin emocionarse. Sabe lo que ha costado verlo crecer. “Han hecho falta cincuenta años para repoblarlo”.
Este fue el tiempo que costó recuperar el pinar, convertido en combustible durante la Guerra Civil para combatir el inteso frío de aquellos meses. “Cinco cosas son importantes en la guerra de trincheras: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo”, recordaba Orwell sobre su vida en el frente de Alcubierre, sin el que no serían posibles obras como 'Rebelión en la granja' o '1984'. La carretera y también la labor de los vecinos y agricultores de la zona han contribuido de forma decisiva a salvar la memoria histórica y medioambiental de la zona. Al menos, por ahora.