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Andrei Serban

Estudiante de periodismo

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Jaque mate a una reina

De todas las monarquías europeas que han sobrevivido hasta el día de hoy, la jefa de estado del Reino Unido, Isabel II, mantiene una peculiar fama por su anti-intervencionismo extremo y su lejanía de la escena política. Durante las últimas semanas, la Reina y su entorno institucional han vuelto a pagar un precio muy caro por ello, tras haber aceptado sin pega alguna la petición del primer ministro Boris Johnson de suspender por la fuerza el parlamento y empujar todo un país al abismo de un Brexit caótico y sin acuerdo.  Todo ello a menos de dos meses para el 31 de octubre, cuando el candidato extremista de un partido irreconocible y transformado, un mero clon nacionalista de Farage y los suyos, debería entregar a sus votantes el trofeo que la tímida Theresa May no pudo.

El trabajo conjunto de la oposición, liderada por un Partido Laborista al alza y sin flaquear ante los ataques de los medios –en manos del nuevo “trumpismo” británico–, está controlando la situación. La valentía de cientos de miles de ciudadanos tomando las calles con el mensaje Stop the coup (“Parad el golpe de estado”) y la posición inamovible de la Unión Europea lo arrinconan también en su propio sillón, acercando por fin un desenlace esperado por una nación agotada y tensa. Su gobierno de aristócratas reaccionarios deberá cumplir la voluntad de la cámara o su propia formación explotará para siempre, algo que ya está sucediendo. Su vida se avecinó muy corta desde el primer minuto. Las consecuencias en cambio serán inexistentes para el elemento fundamental que, año tras año, habilita dichos abusos de poder y agrede a la democracia. Escondida detrás de su papel ceremonial, la corona británica lleva hoy al extremo su milenaria campaña en la que pretende convencer al ciudadano de que la política es algo “feo”.

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La Europa de Darius

Este año, el 9 de mayo (Día de Europa) se ha celebrado con la cumbre política de Sibiu, Rumanía, cuyo objetivo ha sido el futuro de la Unión. Cuando llegué a España allá por el 2006, a punto de cumplir los 11 años, me costó hacer mis primeros amigos y no sabía hablar español o hacer lo que hacía el resto. Con mis padres y tíos como única patria envuelta en dolor y sueños, mi primer día de clase fue memorable. Mis compañeros me dedicaron un inocente abucheo, fruto de aquello que oían en casa, cuando la profesora les explicó de dónde venía.

La tierra lejana de la que llegábamos, tras un viaje de cuatro días y tres noches en autobús, no estaba en la Unión Europea. Éramos repelentes y desconocidos. No éramos de nadie. ¿África, Asia o Rusia? No, los españoles no acertaban. Queríamos ser de nuevo europeos y celebramos con champán el día que lo logramos, como probablemente muchos españoles hicieron en los 80’. Fueron tiempos más difíciles, lo pasamos mal y muchos niños lo tuvieron más complicado para integrarse y ser españoles, quedándose por un camino lleno de un dolor difícil de externalizar. Estas dos eran nuestras únicas opciones. Las peleas “sin más” al salir del colegio y las peligrosas huellas que dejan, los que pudimos, los que no pudieron y se quedaron por el camino, o aquellos que volvieron a nuestro país para ser recibidos por un ambiente hostil que los consideraba diferentes. Lo viví todo y lo vivieron aquellos que me rodeaban.

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La política que nos quedó grande

Si nos paramos a pensar en la palabra “política”, la imagen que nuestro cerebro reproduce es en la mayoría de casos la de un parlamento repleto de diputados. En otros, vemos al líder de un partido dando un discurso ante una asamblea. Vemos el interior de una institución, vemos trajes con corbatas, gente responsable y realizada. Cuando era pequeño, mi abuela me recomendaba con absoluta seriedad entrar en la endiablada política cuando fuese mayor, sin importar el partido, cada vez que hacía uso de mi labia para conseguir algo de mi interés (engañando, por supuesto, al resto).

No quiero dar nombres, no pretendo hablar de nadie porque me interesa hablar de todos. Los hemos oído bastante durante esta campaña electoral y nos vendría bien un descanso. Si hoy en día fuese aquel niño regañado por su abuela, debería comentar tranquilamente que la política no siempre es vertical, los de arriba no tienen porque confundirnos con total legitimidad, y a veces nuestras “políticas pequeñas” pueden influenciar su “política mayor”.  Bueno, en realidad no. Sería bastante preocupante que un niño diga algo así. Sin darnos cuenta, los propios representantes y candidatos políticos se han resignado en los últimos años a la nueva política dinámica, aquella en la que los discursos de pertenencia y los ideales son volátiles y el público examina al político. Somos nosotros, sin embargo, quienes seguimos creyendo que ellos tienen la situación bajo control y las decisiones que toman sobre nuestras vidas son “palabras mayores”, muy por encima de nosotros.

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El Brexit de los aristócratas, con ‘cuchara de plata’

Recuerdo muy bien aquel 24 de junio del 2016. Mi alarma sonó a las cuatro de la madrugada. La sorpresa al leer los titulares, ya seguros de que el Reino Unido había votado abandonar la Unión Europea, fue mayor de la que muchos pueden imaginar. Me hallaba en Newcastle, al norte del país, y más tarde me adentré en un par de tiendas para confirmar por primera vez aquello de que los británicos tienen el stiff upper lip (labio superior firme) o, en otras palabras, son capaces de seguir hacia adelante con un buen té y sin hacer mucho ruido. Si bien este atributo de la sociedad británica será el que reconcilie rápidamente un país hoy terriblemente humillado y dividido, la situación requiere primero el acuerdo político.

Es aquí donde sus gobernantes radicalizados han fracasado y Europa parece cada vez más convencida de que la imposibilidad de aprobarse el acuerdo de retirada, un segundo referéndum  o cualquier otra solución desde Londres no es coincidencia. A estas alturas, descubro con sorpresa que la prensa continental se encuentra mucho más desconectada del circo “Brexit” de lo que pensaba. Las sociedades europeas lo definimos como “aburrido” y poco entendemos de sus mecanismos, por lo que los recientes acontecimientos o el rechazo de un segundo referéndum nos son incomprensibles. Tras fracasar tres veces en su intento de aprobar el acuerdo de salida elaborado por la UE, como también de obtener una mayoría en los votos indicativos y una solución in extremis, al gobierno “se la ha acabado el terreno para maniobrar”, en palabras de la propia primera ministra. El Reino Unido no sabe lo que quiere ni cómo o cuándo lo quiere, señalan muchos tras otra petición para que Bruselas atrase su salida de la UE. Lo cierto es que la totalidad de la culpa la vuelve a tener un partido y gobierno conservador cuyo comportamiento desde 2016 ha ido encaminado hacia un anti europeísmo extremo y la puja por una ruptura sin acuerdo con la UE.

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La Europa que castiga

A menos de cuatro meses para las elecciones al Parlamento Europeo, posiblemente los comicios más reveladores acerca de la dirección que la política europea ha ido tomando, Londres ha llegado por primera vez en mucho tiempo (décadas, para ser precisos) a un callejón sin salida. Tras año y medio de negociaciones complejas en las que Europa ha dado pocas o ninguna concesión al gobierno conservador de May, la cámara de los comunes rechazó por una amplia mayoría este acuerdo forzado e inconveniente para su país. La agonía sin precedentes en la que los representantes políticos, empresas y sociedad civil se hallan en este momento tiene como causa fundamental la agonía crónica que, a su vez, la Unión Europea atraviesa y en cuya agenda no puede permitirse ni un ápice de debilidad. Lo hizo en el pasado, según insinúan diariamente, pero no habrá más.

Reino Unido debe ahora pagar los platos rotos, al parecer, y existen otros motivos que acompañan al deseo de Bruselas de “educar” al resto de estados miembros sobre las consecuencias de querer abandonar el barco. El tradicional (y muchas veces ambiguo) sistema político británico, junto a los alegres y distendidos diálogos entre speaker (presidente de la cámara) y diputados, mantiene un esquema en el que cada escaño pertenece a una circunscripción que en ocasiones equivale a un pequeño barrio, distrito urbano o área rural.  Los partidos no siempre tienen la capacidad de obtener una posición común a la hora de votar y multitud de diputados de todos los grupos se convierten en “rebeldes”, o bien votando en contra de su partido, o bien renunciando a su asiento.

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Gran Bretaña también se contamina de la enfermedad de Europa

Frente a las nuevas fuerzas políticas que surgen en gran parte del continente europeo, Reino Unido y su particular sistema parlamentario se contaminan de estas nuevas tendencias a su manera. Acelerado por unas negociaciones fracasadas en el tema Brexit, el país radicaliza las facciones tradicionales de su parlamento, fortalece el bipartidismo contrariamente al resto de estados europeos, acaba con fuerzas pequeñas como UKIP o los liberal-demócratas y radicaliza una política hasta ahora irrompible.

A falta de cinco meses para que el Reino Unido abandone oficialmente la Unión Europea y de comienzo al periodo de transición, la falta de un acuerdo sólido o “deal” post-UE con el continente ha logrado vulnerar el inquebrantable panorama británico como ni siquiera las guerras o recesiones económicas más duras lo hicieron previamente. Desde que la derecha británica logró vender una campaña electoral llena de esperanzas falsas, donaciones milagrosas al sistema sanitario nacional (NHS) en lugar de pagar a Bruselas, un mayor control sobre sus fronteras y el melancólico sueño de la vuelta a los gloriosos 70’, la unión de los grupos políticos ha desaparecido.

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La(s) crisis sin fin de Turquía

Mientras todo el planeta contempla dramáticamente el desplome de la libra turca durante los últimos meses y especialmente tras las últimas semanas, a Ankara le cuesta cada vez más disfrazar los motivos que han llevado a la república a padecer una degeneración nacional crónica. Tras el fracaso del intento de golpe militar que tuvo lugar en julio de 2016, el presidente Erdogan está jugando sus últimas (y más peligrosas) cartas para lograr mantener el poder renovado con el que ejerce su liderazgo a base de decreto y mano dura, especialmente hasta alcanzar su deseado sistema presidencial puro.

La dictadura es para el ideario nacional turco un concepto complejo de descifrar, tal vez por su doble papel histórico: un demonio derrotado que al mismo tiempo se renueva constantemente en la vida política y lucha para ayudar a enfrentarse a otros. El partido mastodóntico AKP, como también Recep Tayip Erdogan, no son la clase de rostros nuevos que aparecen hoy en día en los hemiciclos europeos con propuestas radicales y desesperadas. Tras la formación del estado moderno kemalista, basado en las premisas laicas y nacionalistas de Ataturk, el grupo se ha destacado en el nuevo siglo como la única fuerza capaz de unir a una nación que vive a varias velocidades. Dicha unión, basada en el Islam político y el conservadurismo de una nación etnocentrista, un plato clásico en la región, jamás tuvo otro fin que mantener en pie un gigante que de otro modo se derrumbaría por mil y una razones. Para ello no existe otro método que, paradójicamente, tumbar los pilares de la Turquía moderna y democrática en la que han nacido y que defienden.

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Marx en su 200 aniversario: el elegido rescatado por la posmodernidad

Hace pocos días se cumplieron dos siglos desde el nacimiento de Karl Marx, una de las figuras más influyentes en nuestra historia moderna por sus aportaciones filosóficas y críticas a las corrientes de pensamiento decimonónicas, pero no exclusivamente. Las figuras de Marx y su obra teórica, vagamente interesadas en cómo funcionaria o podría alcanzarse en realidad una sociedad comunista, tuvieron la capacidad de permanecer como bandera de los movimientos revolucionarios del siglo pasado. Karl Marx es uno de los pocos rostros que han sido reescritos y se han reinterpretado durante etapas históricas distintas, mundos completamente asimétricos y situaciones improvisadas. Por ello, su reflejo en la realidad fugaz y digitalizada de la posmodernidad es objeto de estudio y curiosidad para todos nosotros.

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“Hacer lo mismo de siempre ahora les sale más caro”

Es curioso observar los últimos acontecimientos en torno a Siria, pero mucho más si uno es consciente del contexto comunicativo en el que se percibe por parte del ciudadano occidental. Durante los siete años en los que el conflicto sirio se ha convertido en un tablero de disputas internacionales (políticas y económicas), la capacidad pública de discernir los mensajes importantes y anticipar catástrofes ha ido en declive. En un momento en el que prácticamente todas las asociaciones internacionales advierten del riesgo de las fake news (noticias falsas) en redes sociales, algunos nos preguntamos si no es quizás demasiado tarde. En pleno 2018, un momento de incertidumbre y caos geopolítico, también redistribución de poder internacional entre nuevos (y reforzados) gigantes, la vieja alianza occidental no es capaz esta vez de salirse con la suya tan honradamente, como nos tiene acostumbrados.

La primera ministra británica Theresa May es a día de hoy un simple espejismo que acaba de volver a comprometer a su país con este “episodio de venganza norteamericana”, en palabras del líder político francés J.L. Mélénchon, esquivando no solamente la oposición titánica de sus ciudadanos y el apoyo creciente a la oposición laborista, sino también el voto sagrado que debería emitir su parlamento. Todo ocurre tan de prisa que no somos capaces de observar que esto no se trata de ataques químicos ni protección espontánea de derechos fundamentales, los cuales ignoran con vehemencia cuando en estos momentos bombardean Damasco sin importar a quien se lleven por delante. Tanto Estados Unidos como sus cómplices están llevando a cabo aquello a lo que se comprometieron mucho tiempo atrás: no perder ni un metro más de terreno en la disputa por recursos naturales y dominio regional.

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Los “ganadores” no vemos que somos pobres

Un nuevo y estremecedor informe de Eurostat nos vuelve a recordar en qué se están convirtiendo España y Europa. Uno más. Según el documento, en 2016 España fue el quinto país de la Unión Europea con mayor pobreza infantil y riesgo de exclusión social entre los menores, con un 32,9% de ellos en esta situación. Los únicos países que se sitúan por encima son Rumanía (49%), Bulgaria (45%), Grecia (38%) y Hungría (33%). Al observar los datos para el año 2010, en plena recesión europea e internacional, la cifra española fue superior en tan solo cuatro décimas. De acuerdo, la recuperación esculpida por el Partido Popular es la ya conocida mentira del nuevo empleo, escaso y precario, y de los millones de ciudadanos dejados atrás. Pero hay otra realidad aterradora detrás.

La pobreza de los menores en Grecia ha aumentado hasta ocho puntos desde 2010, mientras que las dos naciones que encabezan la tabla presentan números muy similares a los convulsos años en los que ingresaron en la Unión. ¿Qué es aquello que no está haciendo bien Europa? Una pregunta compleja. El país con mayor pobreza infantil tiene la economía con mayor crecimiento de los 28 durante los últimos años. ¿Cómo es posible? Las lecciones de moralidad y los castigos contra la rebeldía no faltan en Bruselas. Las lecciones para combatir la discriminación contra las minorías étnicas tampoco, pero ningún aumento de políticas sociales para acercar las numerosas distancias europeas. Las hay en exceso. En cambio, la propuesta de una especie de federación con distintas velocidades, una Europa esperpéntica e irreconocible con la desigualdad y la falta de una postura unida como banderas, está sobre la mesa.

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