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Andrei Serban

Estudiante de periodismo

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“Hacer lo mismo de siempre ahora les sale más caro”

Es curioso observar los últimos acontecimientos en torno a Siria, pero mucho más si uno es consciente del contexto comunicativo en el que se percibe por parte del ciudadano occidental. Durante los siete años en los que el conflicto sirio se ha convertido en un tablero de disputas internacionales (políticas y económicas), la capacidad pública de discernir los mensajes importantes y anticipar catástrofes ha ido en declive. En un momento en el que prácticamente todas las asociaciones internacionales advierten del riesgo de las fake news (noticias falsas) en redes sociales, algunos nos preguntamos si no es quizás demasiado tarde. En pleno 2018, un momento de incertidumbre y caos geopolítico, también redistribución de poder internacional entre nuevos (y reforzados) gigantes, la vieja alianza occidental no es capaz esta vez de salirse con la suya tan honradamente, como nos tiene acostumbrados.

La primera ministra británica Theresa May es a día de hoy un simple espejismo que acaba de volver a comprometer a su país con este “episodio de venganza norteamericana”, en palabras del líder político francés J.L. Mélénchon, esquivando no solamente la oposición titánica de sus ciudadanos y el apoyo creciente a la oposición laborista, sino también el voto sagrado que debería emitir su parlamento. Todo ocurre tan de prisa que no somos capaces de observar que esto no se trata de ataques químicos ni protección espontánea de derechos fundamentales, los cuales ignoran con vehemencia cuando en estos momentos bombardean Damasco sin importar a quien se lleven por delante. Tanto Estados Unidos como sus cómplices están llevando a cabo aquello a lo que se comprometieron mucho tiempo atrás: no perder ni un metro más de terreno en la disputa por recursos naturales y dominio regional.

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Los “ganadores” no vemos que somos pobres

Un nuevo y estremecedor informe de Eurostat nos vuelve a recordar en qué se están convirtiendo España y Europa. Uno más. Según el documento, en 2016 España fue el quinto país de la Unión Europea con mayor pobreza infantil y riesgo de exclusión social entre los menores, con un 32,9% de ellos en esta situación. Los únicos países que se sitúan por encima son Rumanía (49%), Bulgaria (45%), Grecia (38%) y Hungría (33%). Al observar los datos para el año 2010, en plena recesión europea e internacional, la cifra española fue superior en tan solo cuatro décimas. De acuerdo, la recuperación esculpida por el Partido Popular es la ya conocida mentira del nuevo empleo, escaso y precario, y de los millones de ciudadanos dejados atrás. Pero hay otra realidad aterradora detrás.

La pobreza de los menores en Grecia ha aumentado hasta ocho puntos desde 2010, mientras que las dos naciones que encabezan la tabla presentan números muy similares a los convulsos años en los que ingresaron en la Unión. ¿Qué es aquello que no está haciendo bien Europa? Una pregunta compleja. El país con mayor pobreza infantil tiene la economía con mayor crecimiento de los 28 durante los últimos años. ¿Cómo es posible? Las lecciones de moralidad y los castigos contra la rebeldía no faltan en Bruselas. Las lecciones para combatir la discriminación contra las minorías étnicas tampoco, pero ningún aumento de políticas sociales para acercar las numerosas distancias europeas. Las hay en exceso. En cambio, la propuesta de una especie de federación con distintas velocidades, una Europa esperpéntica e irreconocible con la desigualdad y la falta de una postura unida como banderas, está sobre la mesa.

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Berlín, ¡No puedes fallar!

Como en tantos otros rincones de un continente recién reconciliado con su pasado, las diferencias entre la antigua Alemania oriental y el resto del país continúan siendo relevantes al analizar sus sociedades, economías e incluso tradiciones culturales. La política nunca ha sido una excepción. Quizás nadie estaba preparado para tomar las riendas de esta máquina defectuosa en caso de una derrota de la canciller Merkel. Pero los casi seis millones de votos obtenidos dos semanas atrás por Afd (Alternativa para Alemania), fuerza ultra-nacionalista situada en tercer lugar en el Bundestag, revelan una realidad escalofriante de la sociedad europea que ya ni siquiera el resto de actores intentan (ni pueden) maquillar.

Los detalles nos son ya familiares. Las regiones en las que Afd ha obtenido mayorías aplastantes o un número preocupante de asientos se concentran en el este profundo del país. Es allí donde el tradicionalismo social heredado  del régimen socialista que capituló en 1989 se entremezcla con las zonas industriales más deterioradas, la menor productividad económica y el mayor desempleo de Alemania. En tal escenario los triunfadores han vuelto a ser las alternativas a los dos grandes partidos históricos, tanto desde la derecha política como en el caso de Grune (Los Verdes) o Die Linke (La Izquierda), que se hizo con feudos como el este de Berlín. Escuchando las sesiones de debate del parlamento europeo, en las que parece que cada uno busca imponer su modelo de reforma de la UE y pocos plantean soluciones inmediatas, resulta complicado hallar referencias a las múltiples velocidades culturales que vivimos.

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Corbyn y el renacimiento de la izquierda en Europa occidental: tan sorprendente como real

La historia de un divorcio entre partidos de los trabajadores y personas

Aún hay gente que recuerda cómo solían ser los partidos socialistas occidentales hasta los años 70’. En efecto, contenían un claro elemento de oposición al liberalismo, incluso al anti-marxismo. Para muchos de ellos, como el caso francés, por ejemplo, los partidos comunistas instalados en el poder en el este de Europa eran vistos con envidia (también con aspiración) como peculiares “hermanos mayores”. La década siguiente se lo llevó todo por delante. Antes del desplome económico y los cambios dramáticos ocurridos a economías, poderes públicos y ciudadanos en los últimos años, el modelo bipartidista marcó la norma en numerosos estados de Europa. El hecho de que estos dolorosos años acabaran con el triunfo abrumador de grupos conservadores y pro-austeridad (desde parlamentos nacionales a instituciones europeas) significó que la izquierda europea se hallaba en su mayor apuro histórico.

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