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Belén Gopegui

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The Killer

Todo empezó con aquella miniserie ligeramente excepcional. Big Little Lies. Allí varias mujeres mataban, de forma improvisada, a un hombre y se ponían de acuerdo para guardar silencio. Era un comienzo tímido pues las mujeres conocían al hombre, les había hecho daño y seguía agrediéndolas cuando le mataron. Sin embargo, muchos coincidieron en señalar que abrió la veda. Después de algunos merodeos más llegó The Killer: detectives, investigación y crímenes que no cesan. La sinopsis no llamaba la atención. Hasta que encontraron el primer cuerpo, el segundo, el tercero, y resultó que todos pertenecían a muchachos jóvenes, no muy corpulentos, bellos, delicadamente torturados por el asesino. En efecto, parecía claro que se trataba de un asesino que amaba a los muchachos. Tras el séptimo crimen, sin embargo, las pistas apuntaban a una mujer. Llamaba la atención que la sospechosa no conociera a los muchachos, que no le hubiesen hecho nada, que tampoco se estuviera vengando en nombre de alguna otra persona. Ella se limitaba a seguirlos, los atacaba con el clásico pañuelo de cloroformo. Los encerraba, torturaba, mataba y dejaba señales en sus bellos cuerpos mutilados, posteriormente fotografiados por la policía. En la segunda temporada quedaba demostrada su culpabilidad. La asesina, brillante, enigmática, seductora a pesar de, o tal vez gracias a, su crueldad, era encerrada en prisión. Todo el mundo suponía que volvería a escapar para que diera comienzo la tercera temporada.

Aquello sí que fue el pistoletazo de salida: en cada plataforma aparecieron dos o tres series de lo que se designó como “psicópatas asesinas”. La verosimilitud estaba garantizada, ni siquiera eran siempre necesarias armas y gimnasios, cualquier mujer podía atacar a un muchacho joven, sobre todo si lo hacía sin motivo, por el mero hecho de que fuese hombre, mejor joven y bello según ciertos cánones. O chicos adolescentes y preadolescentes. Las series no se molestaban demasiado en argumentar por qué mataban. Es decir, hablaban de la infancia de cada asesina, de sus traumas, de su extraordinaria inteligencia. Pero en cuanto a establecer la relación entre eso y el hecho de asesinar jóvenes de sexo masculino, se atenían a la convención. Al cabo, nunca han sido necesarias las justificaciones: ver a un chico solo por la calle, desear tocarle, que el chico se revuelva un poco entre ofendido y extrañado es algo que puede conducir fácilmente al estrangulamiento. Y cuando ya se ha hecho una vez, por qué no repetir.

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"Que no te enteras, que la vida no es una carrera”*

Hay un portón de hierro abierto. Cruza el umbral. Dos personas menores de treinta años franquean la entrada, saludan y vuelven a su charla. La persona que sueña se aleja hacia el interior. Escaleras de mármol y paredes desconchadas, escombros apilados con orden, aulas llenas de luz, otras con las ventanas clausuradas todavía. ¿Por qué está ahí? Entra a una sala grande, hay unas ochenta personas, la mayoría muy jóvenes. Hablan de tareas pendientes, organizan la forma de llevarlas a cabo. A su lado una mujer a quien cree reconocer, una traductora, le dice:

- Lo han comprendido, lo ponen en práctica.

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El valor del Patio

Lo que un espacio autogestionado quiere no es el valor de cambio del lugar que solicita, es el valor de uso. Cuando unas personas se unen para trabajar en común en un barrio y piden que se les deje usar, exactamente usar, y no comprar ni vender, un sitio, lo que están diciendo es que se comprometen a ser capaces de cuidarlo en común. Y cuando quieren que sea autogestionado y disponer de la llave en vez de pedir que otros lo cuiden, lo barran, lo mantengan y lo abran y lo cierren, lo que dicen es que quieren ser responsables de ese espacio. Dicen que no se irán sin un motivo justo, no lo dejarán abandonado, se ocuparán de que su uso sirva a la comunidad.

La autogestión exige debatir y nunca rehuir dar respuesta a las cuestiones planteadas. La autogestión es lo contrario de hacer de su capa un sayo olvidando al resto del mundo. Un espacio autogestionado se integrará el barrio, pondrá sus huecos a disposición de quienes los necesiten. Como nada es infinito, habrá coordinadoras y asambleas donde se debata sobre esas necesidades y se argumente el por qué de cada prioridad, pues la discusión forma parte del aprendizaje.

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