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Cesáreo Rodríguez-Aguilera

Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona. Doctor en Derecho y Licenciado en Historia Contemporánea.

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La socialdemocracia europea no aprende

No deja de resultar un tanto chocante la reacción de dos importantes dirigentes socialdemócratas alemanes, Sigman Gabriel y Martin Schultz, ante los resultados (incómodos para ambos) del reciente referéndum griego ya que prácticamente dan por rotos todos los puentes de la (inevitable) negociación en el futuro más inmediato. Con ello, han demostrado ser incluso más “ortodoxos” que Angela Merkel y Wolfgang Schauble, una sobreactuación que- en el fondo- no les va a hacer más creíbles ante el electorado alemán: entre el original y la fotocopia los votantes “comprarán” siempre lo primero. Por lo demás, en el caso de Schultz su intervención ha resultado doblemente extemporánea: como Presidente del Parlamento Europeo debería haber guardado mucha mayor contención institucional, a la vez que ha desautorizado su propia campaña electoral de 2014 cuando anunció que defendería el fin de las inflexibles políticas de austeridad..

Esta línea de rechazo frontal y sin matices de la política del Gobierno griego (que, por supuesto, también es criticable) ha sido compartida por dirigentes socialdemócratas de otros países (el fundamentalista de mercado y líder del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem). En suma, el grueso de la socialdemocracia “nórdica”, con raras excepciones (Peer Steinbrück), se ha alineado de modo prácticamente indistinguible con el centro-derecha y ello implica una doble regresión: de un lado, significa claudicar ante los imperativos de los famosos “mercados” financieros, y de otro, supone objetivamente un repliegue nacionalista, impropio de una familia ideológica que- al menos en teoría- asume el europeísmo supranacional.

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El PP como partido reaccionario

A punto de concluir la legislatura es oportuno hacer un primer balance de los cuatro años de gestión política del Gobierno de Rajoy cuyo legado, a mi juicio, ha sido claramente involucionista. Gracias a su mayoría absoluta, el PP ha podido aplicar el grueso de su verdadero programa de fondo (no el que presentó a las elecciones de 2011) que ha reducido a una mera carcasa formal la Constitución en multitud de capítulos, dejando una pesada y difícil herencia para las fuerzas progresistas que aspiren a deshacer los numerosos elementos tan regresivos que se han introducido en esta legislatura en los más diversos ámbitos.

   Antes de hacer un somero repaso crítico de los mismos, es preciso señalar que el PP es el partido más piramidal, jerárquico y centralizado del panorama político español. Es prácticamente el único partido que no organiza ningún tipo de elección primaria para la  designación interna de cargos y candidatos ya que todo lo decide “desde arriba” una reducida cúpula y, en última instancia, el líder supremo monocráticamente. Añádase a ello una concepción absolutamente delegativa y acrítica de la militancia que está del todo subordinada al aparato.

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¿Es de izquierdas reivindicar un Estado independiente?

Doctrinalmente no deja de sorprender que una buena parte de la izquierda política catalana haya optado por el independentismo ya que la tradición ideológica de los partidos vinculados al movimiento obrero fue siempre la de primar la solidaridad de clase entre los trabajadores por encima de las lealtades patrióticas. No obstante, es bien sabido que tal principio genérico se rompió a nivel internacional en fecha tan temprana como 1914.

En realidad, tal como Lluís Orriols ha recordado recientemente, los catalanes independentistas que se consideran de izquierdas no lo son tanto en esta segunda dimensión como creen serlo. El eje etno-territorial (Cataluña versus España) es transversal y no está objetivamente conectado con el eje derecha/izquierda, aunque sí lo está en la percepción subjetiva de los sectores mencionados, pese a tratarse de una asociación metodológicamente errónea. El razonamiento determinista de fondo sería el siguiente: si se es independentista, aunque de Convergència, se es “progresista”, pero si alguien se identifica con Ciutadans se es prácticamente un “fascista” (de acuerdo con la tópica banalización actual de este término). Podemos puede plantear ahora un interesante dilema: si bien asume la autodeterminación, no es un partido independentista, y además, se considera de izquierdas, al menos mientras siga vinculado al grupo Izquierda Unitaria Europea en el Parlamento Europeo.

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¿Hablamos en serio de Estado federal?

Con motivo de la importante crisis política en Cataluña (que afecta al conjunto de España) parece constatarse que ni los independentistas tienen fuerza suficiente para romper, ni el gobierno central podrá escudarse indefinidamente en el inmovilismo legalista. El próximo año será crucial por las varias consultas electorales pendientes que podrían desbloquear un panorama político estancado ya que es prácticamente segura la pérdida de la mayoría absoluta del PP. En estas circunstancias, la denostada “tercera vía” (en realidad, varias, pues no hay una sola posible) podría acabar abriéndose camino. Una vía que, por cierto, parece ser la preferida por la mayoría de los catalanes en caso de concretarse a tenor de los sondeos.

La plasmación más plausible debería ser la del Estado federal, aunque esta propuesta hoy presenta (todavía) algunas debilidades: 1) sus defensores (fundamentalmente el PSOE y el PSC, aunque también IU) no la concretan (es más una consigna propagandística que un proyecto articulado) y 2) el grueso de la opinión pública no sabe muy bien qué implicaría transformar el Estado autonómico en otro federal.

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El papel de los europartidos

 

La Unión Europea (UE) no es un espacio demasiado idóneo para los partidos políticos ya que no se rige por la lógica mayoría de gobierno/minoría de oposición, a la vez que ni existen un electorado europeo ni una verdadera opinión pública supranacional. La UE funciona de acuerdo con el método comunitario que busca como regla el máximo consenso posible  y procura rehuir votaciones divisivas, aunque cada vez hay más votaciones por mayoría cualificada en las materias comunes.

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