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José Carlos Bermejo

Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado el libro 'Rectores y privilegiados. Crónica de una universidad' (Ed. Akal)

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Las universidades sin cabeza

Todas las instituciones se rigen con sistemas de normas. Si las normas son correctas, las instituciones funcionarán normalmente bien, pero si son malas acabarán por destruir a la institución y perjudicar seriamente los intereses de sus propios miembros. En todas las instituciones hay personas más o menos inteligentes, más o menos decentes y más o menos hábiles, y cada una de esas personas es plenamente responsable de sus acciones, pero si la institución a la que pertenecen está incorrectamente regulada puede resultar casi imposible seguir en ella una conducta adecuada y correcta. Los sociólogos del siglo XIX creían firmemente que el progreso de la humanidad había sido básicamente el progreso de sus instituciones, o lo que es lo mismo, de sus leyes. Y ello habría sido así porque a lo largo de la historia la humanidad siempre ha tenido la misma propensión a hacer el mal y a anteponer los deseos e intereses de cada cual a los intereses de la colectividad. Por eso dijo en su momento I. Kant que las mejores leyes son aquellas que consiguen hacer buena a una sociedad de demonios.

Nadie puede vivir al margen de su época y de su medio social, y por eso a nadie se le puede exigir lo imposible. Pero también es cierto que si podemos exigir a los demás que no se recreen en el fango. Y veremos a continuación un caso práctico en el campo del gobierno de las universidades españolas de las que se puede decir, según aforismo de un célebre torero, que en ellas "lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible", pero también que quienes dictan lo que es posible y lo que es imposible son ellas mismas.

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