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Minuto político Los temas de este miércoles

José Rama

Graduado en Ciencia Política y Administración Pública (Premio Extraordinario Fin de Carrera) por la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y Máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Nottingham y es Investigador Doctoral en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), donde trabaja en su tesis doctoral con un Contrato de Formación del Profesorado Universitario (FPU). 

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Las nuevas Españas electorales

A principio de los años noventa, Josep Maria Vallès, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona, acuñó el término las Españas electorales para denotar las pautas del comportamiento electoral agregado en las comunidades autónomas. La denominación subraya la multiplicidad de modelos existentes por sus diferencias con respecto al modelo nacional de las elecciones generales y por las divergencias entre las propias comunidades en las elecciones autonómicas. Durante las siguientes tres décadas, estas pautas gozaron de una notable continuidad. Las preferencias de voto han conocido mayores cambios en las elecciones autonómicas que en las generales, pero no demasiado. La fragmentación electoral se ha mantenido en niveles relativamente bajos. En la mayoría de las comunidades, el protagonismo electoral ha recaído en el PSOE y en el PP, a veces acompañados por una IU minoritaria y también por pequeños partidos de carácter nacionalista o más frecuentemente regionalista.

Es cierto que han existido diferencias entre el peso de los partidos nacionales y los autonómicos en las distintas comunidades, pero no eran excesivas ni conocieron cambios llamativos de una elección a otra. Los sistemas de partidos de las Españas electorales se dividían así en tres tipos de comunidades. En el primero, el mapa autonómico estaba dominado por los dos principales partidos nacionales y por IU, bien que alguno de ellos disfrutara de una mayor fuerza relativa que sus correligionarios en las elecciones generales; estos subsistemas de partidos se han dado principalmente en Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Murcia y Madrid. En el segundo tipo, los partidos nacionales han estado acompañados por otros relevantes en mayor o menor grado en el ámbito autonómico, y de naturaleza regionalista o nacionalista; serían los casos de Andalucía, Aragón, o Galicia. Y el tercer tipo estaría constituido por los modelos excéntricos con sistemas de partidos propios, tanto en términos de sus integrantes como de sus pautas de competición, que a su vez han interaccionado con el sistema de partidos nacional; sus casos característicos serían los de Cataluña, Canarias, País Vasco o Navarra.

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Las siete claves del superdomingo electoral

Lo de ayer va a tardar 20 años en repetirse: un superdomingo electoral con elecciones europeas, autonómicas y locales concurrentes. Es como una batalla simultánea por todos los tronos (menos King's Landing, que Sánchez conquistó el 28A) o todas las copas (menos la Champions). Ayer se repartió gran parte del poder político: un poder que definirá quién decide sobre las licencias de construcción, la gestión de los residuos, el tráfico o del comercio en más de ocho mil ayuntamientos; políticas de educación y sanidad, que concretarán el dibujo del Estado del bienestar en doce autonomías (y dos ciudades autónomas); y poder para trazar las directivas sobre telecomunicaciones, televisión, medio ambiente, tráfico o igualdad, desde las lejanas pero influyentes oficinas de la Unión Europea. Se define, también, el peso específico de las estructuras de los partidos, ya que se escoge a más de 8 mil alcaldes y más de 67 mil concejales.

Entre esta marea de poder y cargos repartidos, trataremos de esbozar cuáles han sido los resultados más trascendentes: ¿hay sorpaso de las confluencias a la marca de Pablo Iglesias? Y, en todo caso, ¿qué centros de poder han conseguido mantener las de Unidas Podemos? Pasando a la derecha, ¿ha conseguido Ciudadanos alguna Comunidad Autónoma o algún ayuntamiento importante, o se consumen sus ansias de liderar la derecha como si de los puros de Rajoy se tratara?, ¿se confirma el pinchazo de Vox en las generales? Lo analizaremos empezando por la izquierda y terminando con la derecha.

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Los diez resultados más importantes del 28A

La victoria de Sánchez. Sánchez es un hueso duro de roer, que tiene la mala costumbre de ganar sus batallas. Es como un David Cameron, pero con éxito en sus apuestas. Nos atreveríamos a decir que ha sacrificado a la Reina (Andalucía) para dar el jaque mate y, de paso, quitarles muchas fichas al PP, a Vox y a Podemos para la próxima partida. El adelanto electoral en Andalucía y la salida de Susana Díaz de la Junta a manos de la coalición de derechas pudo ser un blessing in disguise, en la medida en la que sirvieron para movilizar (y coordinar) a los votantes de izquierda para evitar un gobierno en el que participara Vox. Los microdatos nos dirán si esta interpretación es acertada. Lo que sí sabemos es que el PSOE ha subido de 90 a 123 escaños, sumando 33, o un 37%.

La debacle del PP. El PP ha perdido el 52% de sus escaños, pasando de 137 a 66 y dejándose 71 en el camino. Se queda sólo con un 16,7% de los sufragios. No hay recurso posible al dicho según el cual “mal de muchos, consuelo de tontos”: la comparación con su tradicional competidor, el PSOE, es igualmente dramática: los 66 escaños del PP representan algo menos del 54% de los 123 que ha conseguido el PSOE. De la competición con Ciudadanos (Cs) y Vox hablamos más adelante, pero cabe anticipar que ni siquiera en las circunscripciones pequeñas (por el sesgo conservador del sistema electoral, sus tradicionales bastiones) ha obtenido un resultado remarcable: si nos centramos en el bloque de la derecha (en el que también incluimos a Cs, Navarra Suma y Vox), el PP cae del 94 al 64 por ciento. Y como guinda del pastel, el PP ha sido barrido del País Vasco y, casi, de Cataluña.

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Enemigo a las puertas: la nueva izquierda de Carmena y Errejón

La carta abierta de Manuela Carmena e Íñigo Errejón plantea una situación extremadamente interesante y también una serie de interrogantes relativos a la competición política en la izquierda sobre los que merece la pena reflexionar.

En los últimos cinco años, el sistema de partidos español ha experimentado un grado de volatilidad parecido solamente al que tuvo lugar entre las elecciones generales de 1979 y las de 1982, que constituyeron un verdadero terremoto electoral y supusieron la liquidación de la entonces gobernante UCD. Esta volatilidad ha venido de la mano de un fraccionamiento progresivo del sistema de partidos, con la aparición sucesiva de nuevos contendientes en la izquierda (Podemos desde las elecciones europeas de 2014), la derecha (Ciudadanos desde las generales de 2015) y de nuevo en la derecha (Vox en las andaluzas de diciembre de 2018, con una clara proyección nacional). Ahora, una nueva brecha se abre en la izquierda con el reto que, indudablemente, le está presentando Ahora Madrid a Podemos.

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Jóvenes, identificación nacional y apoyo a la independencia en Catalunya

Entre los debates que ha suscitado el proceso secesionista catalán en el último año, cabe mencionar el presunto apoyo que éste consigue entre los jóvenes. Algunas de las contribuciones más recientes se han hecho sobre el supuesto uso de las aulas catalanas como espacio de adoctrinamiento en favor del independentismo. El tema ha sido abordado ampliamente ya que se trata de una cuestión que puede condicionar el futuro de la relación de Catalunya con el resto de España. Aunque el sondeo más reciente del CEO señala un importante descenso del independentismo, en los dos últimos años el apoyo y el rechazo a la independencia en Catalunya se ha dividido en dos mitades casi iguales. Así, si los más independentistas son efectivamente los jóvenes, el reemplazo generacional podría inclinar la balanza a favor del secesionismo en pocas décadas. No se trata, por tanto, de una cuestión menor.

Si el papel adoctrinador de la escuela catalana es un factor relevante, el apoyo a la independencia debería ser mayor entre los grupos de edad educados en una escuela catalana descentralizada que entre los grupos de edad que fueron educados en sistemas educativos anteriores, tal y como ha argumentado Lluís Orriols en contribuciones anteriores a este blog. Lo interesante, según los datos que mostramos en la Tabla 1, es que el argumento puede sostenerse moderadamente para el período anterior al auge abrupto más reciente del independentismo. En 2005 el apoyo a la independencia era algo mayor entre los dos grupos más jóvenes – educados en la escuela catalana descentralizada – que entre los educados en sistemas anteriores. Sin embargo, el argumento pierde fuerza una vez que la legitimidad del modelo autonómico entra en crisis en Catalunya en 2010 y el conflicto se agudiza en 2012: en esos años el apoyo al independentismo crece proporcionalmente más entre los grupos de más edad (con la salvedad de los mayores de 64 años que permanecen más impermeables). Así, la relación entre edad e independentismo se debilita. En definitiva, el estallido soberanista en Catalunya desde 2012 no se explica por el cambio entre los más jóvenes supuestamente “adoctrinados” en el secesionismo (ver Tabla 1).

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