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María Miyar Busto

Licenciada en Economía y Doctora en Sociología. Trabaja como profesora de estructura social en la Uned. Sus líneas de investigación se centran en el análisis de la integración laboral de los inmigrantes, la evolución de los flujos migratorios y la calidad de las fuentes estadísticas sobre inmigración.

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La excepción ya estuvo en riesgo...

Durante las últimas semanas se ha debatido extensamente sobre las causas políticas y sociales del ascenso de Vox. Hace algo más de una semana e n este mismo blog Virginia Ros explicaba que es difícil argumentar que las actitudes hacia la inmigración pudieran explicar este cambio en el comportamiento electoral, dada la escasa presencia de la inmigración entre las principales preocupaciones de los españoles que muestran los datos del CIS. En efecto, la marginal presencia de discursos anti-inmigración y la ausencia de representación política sustentaban la idea de una “excepcionalidad española” en el contexto europeo.

¿Qué explicaba esta excepcionalidad? Algunos de los argumentos desarrollados desde las ciencias sociales subrayan como muy determinante, más allá del número, que los ciudadanos perciban o no competencia con los inmigrantes, bien en el mercado laboral, bien en el acceso a los servicios públicos (como explicaban A. González-Ferrer y H. Cebolla en este blog). Además, algunos trabajos empíricos constatan que en ciertos contextos las actitudes hacia la inmigración responden a sentimientos de amenaza a la identidad cultural, que dependerá en gran medida de la distancia cultural y étnica entre la población nativa y la inmigrante (lo que explica la preferencia por los latinoamericanos sobre otras procedencias, ver, por ejemplo, esta otra entrada en Piedras de Papel). Por otra parte, muchas investigaciones han puesto de relieve que la convivencia y el contacto con la población inmigrante contribuyen a que disminuyan los prejuicios y favorecen actitudes más positivas hacia la inmigración. También se han encontrado firmes evidencias de que los individuos tienden sistemáticamente a sobreestimar el volumen de población inmigrante que vive en sus países. Por ejemplo, en España, a finales de 2017 los españoles creían que el porcentaje de población inmigrante ascendía al 23,2%, cuando los residentes nacidos en el extranjero representaban en realidad el 13,6% de la población total. Se sabe, por otra parte, que las actitudes sobre la inmigración están determinadas en mayor medida por la percepción que la población tiene sobre su tamaño, que por su dimensión real.

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España sigue siendo un destino deseable

Durante la recesión española, el tema de debate más frecuente en cuanto a los flujos migratorios ha sido el aumento de la emigración desde España, tanto de inmigrantes que habían llegado a España durante los años anteriores como de jóvenes españoles que migraban a otros países. Sin embargo, poca atención se ha prestado a los flujos de entrada en España durante los peores años de la crisis económica.

Al foco mediático puesto en la emigración se sumaba la evidencia empírica de cómo el rápido crecimiento de población inmigrante que comenzó en el año 2000 se había interrumpido en 2008. Desde 2009 el crecimiento de la población nacida en el extranjero ha estado próximo a cero, o incluso ha sido negativo (Gráfico 1).

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