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Marta Romero Diego

Traductora y gestora cultural. Ha trabajado alrededor de una década en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo en España y en distintos países de América Latina y África. En la actualidad trabaja en la mediación y gestión cultural en Santander.

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Un piano en la calle

Tras su barba rubia hay una sonrisa siempre asomando. Una de esas sonrisas que parecen decir ‘ey, todo está bien’. Su cuerpo es grande y trasmite la serenidad de un mastín que se siente tranquilo. Sus ojos, de apariencia pequeños, parecen encerrar dentro un mar profundo y azulísimo y no dejan de observarlo todo. Ese es Pavel. El corazón lo trajo a Santander y en cuatro años ha hecho amigos de cuatro continentes distintos a los que ha descubierto nuevos hobbies, juegos, bebidas artesanas y, sobre todo, música. Música para las tardes de playa y para los martes lluviosos de invierno; música siempre, pues es algo sagrado para este checo.

“El tipo de música que escuchas refleja tu estado de ánimo o el anhelo de cómo te gustaría sentirte tras escucharla”. Pavel se convierte en DJ Soyuz cuando pincha sus Sunset Sessions en Liencres o en festivales como el Tojo Rock. “En la electrónica encuentro más libertad para la imaginación. Pincho este tipo de música porque te deja más espacio de creación, ya que la voz y la letra no son tan protagonistas”. Al preguntarle si echa de menos la actividad palpitante de Praga, con multitud de DJs y locales experimentales y underground, me responde: “En España, se producen ya auténticas joyas. Me fascina la creatividad de la gente de aquí. Quizás en Chequia se escuchen melodías más melancólicas que llaman a la introversión, es porque hace más frío”, bromea. Quizás es verdad.

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Flores amarillas

A veces la vida se vuelve obstinada e incluso cruel y nos pone obstáculos que parecen inabarcables, haciéndonos sufrir lo impensable y rompiéndonos en miles de trozos. Me emociono escuchando a Bea contarme cómo resurgió de las cenizas tras un traumático proceso de divorcio. Como inmigrante mexicana, sin la nacionalidad española, estaba totalmente desamparada ante la ley. Sin embargo, mientras habla, brotan junto a las lágrimas, grandes dosis de valentía, fuerza y optimismo. Es un contrasentido.

No puedo evitar preguntarle de dónde sacó la fuerza para salir adelante. “Pensaba: no me puede ir mal porque mis abuelos están conmigo”. Me dice que le ayudaba recordar a su gente, la comida, la música y los colores de su tierra. “¿Los colores?”, pregunto sorprendida. “México es color. El color nos da la vida”. Es cierto que el color ha estado presente en la región y sigue estándolo desde hace cientos de años. Ya en las culturas precolombinas se utilizaban llamativos colores para decorar desde el cuerpo hasta increíbles templos como el de Tehotihuacán. A principios del siglo XX muralistas como Diego Rivera también llenaron el país de colores en un intento por construir una nueva identidad nacional.

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La diosa Cibeles

Desde el primer momento hay algo en su voz que me cautiva. Habla despacio, como susurrando las palabras y pronunciando con delicadeza los sonidos. Su voz es suave pero no frágil. De pronto su bebé se pone a llorar. Lo coge y comienza a hablarle dulcemente en polaco. El bebé la mira fascinado y le devuelve una gran sonrisa. Está tan embelesado como yo observando la escena. Su voz y sus gestos son hipnóticos. Me recuerda a lo que escribía, ya hace más de tres décadas, Daniel Stern sobre la importancia de que la figura de apego supiera 'entonar' afectivamente con el bebé para construir así un puente entre ambos.

Seguro que observó a alguien parecido a Kasia para teorizar sobre el entonamiento afectivo. Ella sonríe de nuevo y se ruboriza al decirme que lo que más echa de menos de Polonia es el silencio: "Aquí la gente es más ruidosa y hablan todos a la vez, aunque siento que saben disfrutar más de la vida". Su voz delicada contrasta con la asertividad de su discurso cuando hablamos sobre el aprendizaje de idiomas. "Una lengua es mucho más que las palabras, es el tono y el ritmo de la voz, es la cultura que nos define y una poderosa herramienta para descubrir el mundo".

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Sobre relaciones íntimas y vías férreas

Recuerdo el día que conocí a Irina. Coincidí con ella en el ascensor y me sonrió nada más entrar. "¿Tú vives en el quinto?" me preguntó con un acento claramente extranjero. Le respondí que sí y sin esperar me lanzó rápidamente la siguiente pregunta: "¿cuánto pagas por el piso?". Me quedé muy sorprendida y le respondí de forma automática, sin estar muy segura de que debiera hacerlo. "Oh, muy caro, muy caro’ respondió y salió del ascensor a toda velocidad nada más abrirse las puertas. ‘Hasta otro día, tengo mucha prisa". Después de aquel día, nos hemos vuelto a encontrar muchas veces en el ascensor y en el portal y la escena se suele repetir, me hace unas cuantas preguntas y se excusa por salir corriendo y dejarme con la palabra en la boca. A través de esas conversaciones de escasos minutos he ido conociendo algo de su vida. Irina es moldava. Hace 20 años dejó a su familia y su trabajo de contable y emigró a España. Trabaja en dos casas cuidando a dos ancianos que viven solos. Limpia, hace la compra, cocina y, sobre todo, les hace compañía. Le pregunto si echa mucho de menos su país y si le gustaría trabajar en otro sitio. “Esta es la vida que tengo, ya soy mayor, no la puedo cambiar”. Su cara y sus palabras desprenden cierta resignación y nostalgia. “Me voy corriendo, la señora se enfada si tardo en volver del supermercado”.

Desde que Moldavia se independizara en 1991 de la antigua República Soviética, las historias de exilio han ido moldeando la sociedad. La emigración ha alcanzado cifras desorbitadas en este pequeño país entre Rumanía y Ucrania; entre 1999 y 2005 el volumen de emigrantes aumentó de menos de 100.000 personas a más de 400.000. Según los datos del censo de 2014, en tan solo una década, la población ha disminuido de 3,4 a 2,9 millones de habitantes y se estima que el número de moldavos trabajando en Rusia y otros países de la Unión Europea es alrededor de 600.000, con un mayor porcentaje de mujeres.

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El antídoto africano

El  director de cine keniata Lakarion Wainaina criticó recientemente en una entrevista la imagen que muestran de África los medios de comunicación occidentales: guerra, hambre y pobreza. "Un África que necesita que alguien la salve para poder ser ellos los salvadores, en vez de buscar la verdad", decía Wainiana. Es difícil que África se quite de encima ese estigma cuando todos alimentamos, de una forma u otra, esa imagen diariamente.

Precisamente por eso las personas que hemos tenido la suerte de vivir alguna vez en el continente tenemos la responsabilidad de mostrar la cara oculta de África, y esa cara oculta es precisamente la más luminosa. Es cierto que en África hay pobreza, conflictos y hambre, pero también en Europa y no por eso dejamos de contar y mostrar otras verdades, otras iniciativas inspiradoras y bellas que están teniendo lugar, que intentan cambiar las cosas y dotan a la sociedad de sentido.

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