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Pablo Iglesias

Secretario General de Podemos y diputado en el Congreso. Profesor honorífico de la Universidad Complutense de Madrid.

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¿Trama? ¿Qué trama?

¿Quiere usted saber qué es la trama? Lea el libro de Rubén Juste “Ibex 35. Una historia herética del poder en España”. Pero si 300 páginas le parecen mucho, le propongo que lea estas breves 700 palabras.

Para acercarse a la trama abra el grifo de su casa. Es probable que el agua que salga sea distribuida por Aqualia; Aqualia pertenece a la constructora FCC; FCC ya no es de las Koplowitz, ahora es de Carlos Slim, magnate mexicano que ha sabido hacer negocios en España gracias a su amigo Felipe González. ¿Quiere que el agua salga caliente? Entonces dependerá usted de las empresas de energía, responsables de que en España la factura de la luz y del gas sean de las más caras de Europa. Todas ellas tienen políticos en sus consejos de administración. Unos ejemplos rápidos: Miquel Roca, de Convergencia y abogado de la infanta Cristina, está en Endesa; Cristina Garmendia, ministra de Zapatero, en Gas Natural; Ángel Acebes, ministro de interior de Aznar durante el 11M, en Iberdrola.

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Control público de las eléctricas

Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general. No lo decimos nosotros, lo dice la Constitución española. ¿Por qué deberíamos temer este debate cuando hablamos de las eléctricas? ¡Vete a Cuba! ¡Vete a Venezuela! gritarán nuestros adversarios ¿Y qué? Es incuestionable que el modelo eléctrico español no funciona. Está en manos de grandes empresas privadas que actúan como un oligopolio que impide la competencia real. Hablamos de un modelo en el que los beneficios de estas grandes corporaciones no dejan de crecer al tiempo que el precio final de la electricidad que paga la gente no deja de aumentar. Decir esto es decir la verdad, nos llamen lo que nos llamen.

Es así mismo incuestionable que las remunicipalizaciones (nacionalizaciones a escala municipal en palabras del abogado experto en energía Daniel Pérez)  llevadas a cabo en varios municipios alemanes ha mejorado la calidad y el precio del servicio y es también cierto que en muchos de los países europeos en los que hay una o varias compañías eléctricas de titularidad estatal, se funciona mejor que en España. ¿Debemos temer que nos llamen radicales y extremistas por señalar lo evidente? Cosas peores nos han llamado y cosas peores nos llamarán y seguramente eso será señal de que estamos hablando de lo importante.

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Mis padres de la Constitución

La primera vez que me fijé en la palabra Constitución fue escuchando cantar a mi padre. Haciendo sonar una vieja guitarra que le regaló Paco Luque, un compañero de la tercera galería de Carabanchel donde estaban los presos políticos de base (los jefes estaban en la sexta) entonaba mi padre una poco conocida estrofa del himno de Riego que dice: "Si Riego murió en el cadalso no murió como infame traidor, que murió con la espada en la mano, defendiendo la Constitución". No sabía nada yo entonces del heroísmo de nuestros militares liberales del XIX ni de la agitada historia de nuestro constitucionalismo.

Años después, estudiando segundo de BUP, empuñé por primera vez la Constitución del 78 como arma política. Acababa de ser elegido representante estudiantil en el Instituto Juana de Castilla de Moratalaz, y la dirección del centro nos impedía colocar carteles políticos aduciendo nuestra minoría de edad. Reuní a mis compañeros en casa y con mi madre, abogada en ejercicio, asesorándonos, estudiamos los artículos de la Constitución relativos a la libertad de expresión, reunión y asociación. Y allá que nos fuimos a la reunión del consejo escolar a decir que la Constitución estaba por encima de cualquier decisión de la dirección de nuestro instituto. Ganamos el derecho a pegar carteles pero no tanto por la Constitución y por nuestra oratoria persuasiva de entonces, sino por unos profesores y padres que valoraron nuestro esfuerzo y tenacidad contra una directora, a la sazón profesora de alemán, doña Rosa Recuenco, que defendió hasta el final que se restringieran nuestros derechos al tiempo que favorecía actos extra escolares del profesor de religión católica.Poco después, ya siendo un adolescente enormemente politizado, conocí a Rafa Mayoral, quizá el mayor responsable de que me decidiera a estudiar la carrera de Derecho. El que fuera abogado de la PAH y hoy nuestro diputado, tenía a los 19 años aún más vehemencia que ahora y le recuerdo, con las pupilas encendidas, repitiéndome la clase de Derecho Constitucional que le habían dado, explicándome que el Derecho es fundamental para entender cómo funciona el sistema y que la Constitución es la expresión jurídica de la correlación de fuerzas.Mi primer profesor en la facultad de Derecho de la Complutense fue el gran Pablo Santolaya Machetti. Recuerdo los maravillosos debates que favorecía en clase. Santolaya me dio mi primera matrícula de honor; decía que por mi madurez aunque hoy pienso que respondía más a mi pesadez. Me fascinaba el Derecho Constitucional entre otras cosas porque ofrecía enormes ventajas para entender muchas claves de la política que después explicábamos a los compañeros militantes que estudiaban otras carreras. De la profesora García Escudero, letrada de la Cortes, adquirí mis primeras nociones de Derecho parlamentario (esto no me entusiasmó ya tanto).

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Por una nueva socialdemocracia

Es un honor tomar la palabra en estas jornadas del Cercle d'Economia. Para alguien que aspira a ser presidente del gobierno, exponer su visión de la situación económica aquí y dialogar con ustedes no sólo es un placer, además es una obligación.

Quiero agradecer especialmente a su presidente, Antón Costas la invitación a participar y la llamada que me hizo en la que me orientó sobre qué elementos podrían tener más interés para mantener hoy un debate aquí.

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