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Arte parece, gallina es

21 de octubre de 2026 08:30 h

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Les presento a Koen Vanmechelen, creador multidisciplinar que probablemente les resulte desconocido hasta hoy. En el circuito-mercado del arte ha logrado exhibir, coproducir y vender sus obras en algunos de los espacios más reputados de la escena mundial (como ARCO, en 2010 y este año, 2026). Su rango de ventas abarca desde obra gráfica y fotografías asequibles, hasta grandes instalaciones multimediales de seis cifras. Sin embargo, su carrera dio un giro radical cuando, literalmente, encontró su propia gallina de los huevos de oro: ese concepto marca que te coloca en el mercado. En realidad, pasó de hacer jaulas para gallinas a crear gallinas para jaulas. Lo llaman bioarte, live art o arte vivo. Se trata de usar como materia artística desde células o tejidos hasta animales. Para ubicarnos, uno de sus más renombrados exponentes es el brasileño Eduardo Kac, autor de GFP Bunny (la creación a través de modificación genética de una conejita albina que brillaba bajo luz azul gracias al gen de una medusa). En el caso de Vanmechelen, la idea es, sencillamente, cruzar razas de gallinas para crear sujetos nuevos (híbridos) a los que dota de un nuevo nombre científico (Mechelse) y un número de serie (por ejemplo, CCP31 es la que se ha presentado en Madrid). 

Alrededor de esa idea sencilla –cruzar sujetos de una raza con otros para obtener un resultado estético determinado–, Vanmechelen ha elaborado un catálogo de todo tipo de esculturas, instalaciones, videoproyecciones, fotografías y, sobre todo, cientos de gallinas que, al fallecer, diseca y vende como objetos de arte. Su pasión por la taxidermia es tal que ha creado su propio gabinete de fantasías monstruosas, a la altura del Dr. Moreau, que exhibe en una finca-museo donde conviven animales de granja en libertad con especies salvajes –a modo de zoo privado–. Dicho todo esto, con un mercado del arte ávido de sensaciones fuertes, lanzando artistas-marca para atraer clientes, una galería de Madrid se lanza a exhibir, apoyar y sacar tajada con el Cosmopolitan Chicken Project (CCP), tras su paso en 2025 por el Chillida Leku y, ahora, con la complicidad del espacio de “arte ambiental” La Nave Va.

El autor, en obra y palabras

Aprovechando una soleada mañana otoñal en la capital, me acerco a la Galería Plaza del Gato, donde se acoge la exposición. Hay que recordar que estos lugares son tiendas, no organizaciones sin ánimo de lucro ni museos. El hecho de que los objetos expuestos no lleven precio no es un disimulo: es mercadotecnia. En el espacio reducido de dos plantas hay unas setenta piezas, que incluyen fotografías, proyecciones de vídeo y artefactos que podríamos llamar esculturas. El tono va desde lo decorativo, con retratos de gran formato sobre fondo blanco (por ejemplo, de la última gallina creada genéticamente, la Mechelsen Cara Blanca), a las instalaciones (una cortina de pasaportes de cada uno de los animales creados en el proyecto, numerados como “CCP” y el año de serie en creación). La última gallina, fabricada en España, es “CCP31” (no confundir con el famoso robot estelar, C3PO). Junto a esta cortina encontramos una escultura mixta que combina la cabeza de un ave con un cuerpo artificial dorado, sobre una pila de libros encuadernados en cuero, con letras de oro, que amontona la edición completa de Encylopedia of Human Rights, de David P. Forsythe, y, sobre esos volúmenes, el libro del propio artista The Accident, que se ocupa de “derribar las barreras entre la ciencia y el arte, entre personas y animales”. Curiosamente, las dos proyecciones de vídeo incluidas no derriban nada: son grabaciones de baja calidad, incluso con cámaras de circuito cerrado, con sonidos que generan un ambiente infernal, oscuro, angustiante, propio de una película de terror.

Son muchas las cuestiones que genera la obra de este reputado creador. Así que, de manera ordenada, intento plantear algunas de las más urgentes al artista, en una tranquila llamada telefónica.

“La gallina es un animal que está tan profundamente arraigado en la sociedad que puede relacionarse con las ciencias sociales, la ciencia, la biología”, me explica Vanmechelen al inicio de la conversación, “pero para mí, por supuesto, es arte. Pero yo nunca mato animales por el arte. Se trata de respeto. Se trata del respeto a la vida y de cómo nos plantamos ante ella”.

Indudablemente, el concepto que las personas tenemos acerca de respeto es, por desgracia, subjetivo. Hablar de respeto a la vida cuando se modifican seres genéticamente con un propósito estético y mercantil es, de entrada, difícil de digerir. Le pregunto por ese lado comercial: quién financia esta iniciativa y qué compran los coleccionistas de su obra.

“Mi trabajo es altamente coleccionable, y los coleccionistas son quienes lo financian”, responde el creador. “Hay gente que adquiere fotografías, dibujos, vídeos, y cualquier coleccionista es un financiador potencial. También se han comprado ejemplares disecados de cada generación, que son únicos porque vienen con el anillo que les identifica. Cada coleccionista tiene un ejemplar único”.

Expliquemos un poco este Proyecto de la Gallina Cosmopolita. El trabajo principal es una línea experimental de intervenciones genéticas con gallinas, en las que se ha ido cruzando razas (consideradas en ocasiones emblemas nacionales, como la English Redcap o la Bresse Gauloise) con una cadena de híbridos resultantes de cada cruce. Esto genera, en cada edición, lo que podríamos llamar un catálogo de merchandise que produce fotografías, esculturas y demás piezas (junto al correspondiente golpe mediático, al que, por desgracia, este texto también contribuye). Le pido más detalles al creador:

“Cada vez que hacemos un nuevo cruce, llegamos a un país nuevo”, apunta Vanmechelen, “pero luego vamos con el criador local, a las academias locales o universidades, con chefs… El año pasado fui invitado por el Museo San Telmo en San Sebastián, y allí hicimos el primer cruce en España. Luego estuvimos buscando, a través de ese museo, otro espacio de arte para culminar el cruce español, y ahí es donde estamos ahora: en La Nave Va”.

Según me explica, en un apunte aparte, se utilizan entre 100 y 200 gallinas cada vez.

Una mirada ética y estética

Es hora de abrir estas líneas a otras opiniones. Más abajo añado alguna respuesta suya más. Pero no hace falta ser un académico para percibir la suma de errores y destrozos que este longevo proyecto lleva dentro. Más allá de la explotación genética de una especie y de cientos de sujetos individuales, está la repugnante cosificación de las gallinas (y de otros seres, como demuestra la trayectoria de Vanmechelen). Pero, ¿qué más puede ver una mirada atenta del CCP y toda la trayectoria del artista?

Acudo a Isabel Carrasco Castro, doctora en Estética e Historia del Arte, y enfocada actualmente hacia los Critical Animal Studies. Este caso que estamos observando aúna cuestiones muy delicadas, porque se aprovecha del marco legal que sigue permitiendo abusos en las granjas, arrastrando algo tan sutil como la libertad de expresión y la creación artística. ¿Es posible identificar los valores de respeto, sostenibilidad y diversidad de los que habla el artista?

“Un proyecto que se llama Cosmopolitan Chicken: ¿qué tiene de cosmopolita un pollo?”, se pregunta Carrasco. “Todo apesta a antropocentrismo. Al final, es un proyecto que solo tiene beneficios para el artista. Porque utiliza a los animales como material, que prácticamente es lo mismo que si los estrujara y con esa pasta de pollo se dedicase a pintar. Está usando como concepto y material a los animales, como un plan estético de divertimento para los humanos, porque al final todo gira en torno a los humanos. Me planteo qué pensaríamos -o qué pensaría la gente en general- si estos experimentos hiciesen con la especie humana”.

Precisamente esa misma pregunta le lancé a Vanmechelen. “Sí lo hacemos con los humanos”, me responde, “los humanos lo hacen por sí mismos. Cada vez el mundo es más cosmopolita. Si camino por la calle en Madrid, está llena de gente de todas partes; incluso yo estoy casado con una zimbabuense. Hay una deriva genética en la que intentamos encontrarnos y multiplicarnos”. Obviamente, le señalo que nosotros elegimos; los animales, no, siendo obligados en este y otros experimentos. Me replica: “Ahí debemos distinguir entre la vida silvestre y la doméstica. A la vida silvestre nunca la toco, porque ni siquiera conocemos bien su biomasa total. Lo que yo hago es entrar en la cadena alimentaria y ver que no está bien que el pollo esté en este tipo de cadena industrial, donde lidiamos cada día con 65 mil millones de pollos sin ningún confort ni calidad de vida. Y hay 16 millones de toneladas de huevos cada día en la sociedad, no solo para consumo, sino para razones médicas, vacunas, bacterias, etc. Creo que es más correcto cruzarlos para liberar al pollo de la monocultura, priorizando su bienestar. Así que mi enfoque busca mejorar las cosas para proteger nuestro futuro.”

El razonamiento humano, lo sabemos, puede justificar en frío y en caliente los mayores crímenes, abusos, violencias, opresiones, incluso desde la Ley o el Estado. Vanmechelen se mueve entre la ecología, el progreso y el bienestar social para defender su trabajo, y a sí mismo. Gracias a ello, ha construido un complejo cultural de 24 hectáreas, a medio camino entre un zoo, una granja, un laboratorio y un museo, llamado Labiomista. “Un punto de encuentro para todas las especies”, dice su web oficial, “creando nueva vida. Al hacerlo, inspira y fertiliza su entorno con energía e iniciativas en diversos ámbitos culturales, sociales y económicos”. Lo único que no tiene es una catedral en honor al Dios Koen.

Todo es tan grandioso y megalómano en esta obra-artista, tan elaborado y estudiado, que bien podría ser la trama de alguno de los crime-story exitosos que pueblan las plataformas de cine, aquellas en las que el psicópata solo es desenmascarado cuando aparecen los cadáveres. Conviene ir muy al detalle, y eso me lleva a otra voz experta. Se trata de Claudia Alonso Recarte, investigadora y profesora titular en el Departamento de Filología Inglesa Alemana de la Universitat de Valencia. Es la fundadora y directora de CULIVIAN (Animals in Literay and Visual Cultures). Consigo arrancarle unos minutos justo después de las IV Jornadas CULIVIAN, que se han dedicado a 'Ética animal y la imagen en movimiento'. Me pregunto, y le pregunto, si estamos ante un benefactor o un destructor de animales.

“Sí que hay una crítica”, explica Alonso sobre Vanmechelen, “a la ingeniería genética que se emplea en granjas de ganadería intensiva, ese tipo de manufacturación genética de cuerpos animales para garantizar el mayor beneficio. Pero a la vez hay un discurso, como siempre, muy autocomplaciente y muy oportunista, para utilizar cuerpos animales, la vulnerabilidad del cuerpo animal, y ese potencial simbólico que tiene para hablar de lo humano”. En esos detalles, sutiles a pie de calle, está una de las claves a la hora de analizar y señalar al artista belga. “Este es el abuso: que no se le permite al animal ser, solo se le permite representar un interés o alegorizar, mediante su cuerpo, un interés antropocéntrico. Nunca se tiene en cuenta o se piensa sobre la gallina y lo que es la subjetividad de la gallina”, añade la investigadora.

Un asunto de confianza 

Al hilo de estas cuestiones, al final de mi conversación con el autor del CCP, comparto textualmente las tres preguntas con las que abre Steve Baker su libro Artist / Animal (University Of Minnesota Press, 2013): “¿Se puede confiar en que los artistas contemporáneos traten adecuadamente a los animales, ya estén vivos o muertos? ¿Se puede confiar en que actúen de manera responsable y ética cuando su obra aborda cuestiones relacionadas con la vida animal? ¿Priorizarán la ética, o antepondrán los intereses de su arte a la ética?”

Vanmechelen respondió, un tanto nervioso: “Yo pongo la ética en primer lugar. Porque provengo de una generación en la que los artistas, en mi opinión, abusaban de los pollos. Llevo trabajando treinta y un años, y al principio la gente siempre se confundía porque hacían referencias a aquellos artistas que mataban animales o los dejaban pasar hambre en las galerías. Los pollos que crío viven en grandes terrenos, van a comunidades, quiero tener a emprendedores sociales, biólogos y científicos alrededor de una mesa para no cometer errores. El arte aborda el momento en que vive el artista, tomando los ingredientes de ayer y de hoy para empujar los límites hacia el mañana. Y eso no tiene por qué ser cruel, puede ser desde el amor”.

Dice el refrán español: “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. Cuando éramos pequeños llamábamos gallina al que no se atrevía a hacer algo, generalmente una estupidez propia de chavales en eclosión de hormonas, como saltar desde el trampolín de una piscina. La vida, y antes de eso la conciencia, me ha permitido conocer, comprender y vivir cerca de estos animales asustadizos, que sólo necesitan respeto y seguridad. Algunos de mis amigos de infancia se hacían los valientes descuartizando lagartijas vivas o quemándolas con una lupa. Supongo que alguno de ellos, con el paso de los años y esa quiebra interior, acabó ejerciendo violencia contra otras personas, pateando vaquillas en fiestas patronales o, tal vez, haciendo arte conceptual con gallinas a las que nadie preguntó si querían ser cosmopolitas o diversas. La cobardía tiene muchas formas, y he descubierto una nueva variedad, que espero no se conserve en ningún genoma.