“¿Quién es ese trozo de carne?”: una tesis doctoral une la defensa de los animales, los cuidados y las luchas contra la discriminación
En las acampadas que estos días se extienden por distintas ciudades de España para reclamar vivienda, personas de edades y situaciones muy distintas se cuidan entre sí. Para la filósofa Amanda Briones Marrero, esa red de apoyo ilustra una idea central de su investigación: “Se están cuidando mutuamente, pero no porque sean todas familia ni porque vivan situaciones idénticas, sino porque hace falta una comunidad grande para poder resistir”.
Ese cuidado, añade, va más allá de los nuestros: “No es solo cuidar de tu hija o de tu perro, sino también el hecho de que todos los seres humanos somos ontológicamente vulnerables. Interdependientes, y en esa interdependencia es como también se crece”.
La idea recorre su tesis doctoral, Ética animal interseccional y éticas centradas en el sufrimiento: un diálogo para la (re)valorización del cuidado y la conciliación con el ecologismo, defendida el pasado 26 de junio en la Universidad de Oviedo. El trabajo estudia la relación entre la ética animal y otras corrientes de pensamiento, especialmente el feminismo, el antirracismo, el anticapacitismo, las éticas del cuidado y el ecologismo.
¿Quién merece nuestra consideración moral?
¿Qué hace que alguien merezca consideración moral? O en otras palabras: ¿qué hace que pensemos que un ser importa y que debamos tener en cuenta cómo le afectan nuestras acciones? Esta pregunta atraviesa buena parte de la historia de la filosofía. Durante siglos, las respuestas más habituales han pasado por buscar alguna característica en concreto que, supuestamente, separe a los humanos de los demás animales. Hablamos, por ejemplo, de tener o no capacidad para razonar, para comunicarse, para tomar decisiones, o de cuestiones como la autonomía.
Esos criterios para separarnos plantean más interrogantes. Si somos realistas, tenemos que partir de la base de que no todas las humanas poseen esas capacidades, o al menos no en el mismo grado. Sin embargo, no por ello concluimos que debamos considerar que sus vidas tienen menos valor.
Briones Marrero propone otro punto de partida: la sintiencia, la capacidad de sentir placer y dolor, disfrute y sufrimiento. Y sostiene que no hace falta ser filósofa para entenderla: “Todas las personas hemos experimentado lo que es convivir con algún animal y entender que tienen sintiencia, que tienen intereses”. Lo que la filosofía añade es la consecuencia: “Precisamente porque tienen esa sintiencia, tienen derecho a ser considerados moralmente, y no simplemente a ser explotados, como tristemente lo siguen siendo hoy en día”.
Desde ahí, la filósofa critica el especismo, que es discriminar a los (otros) animales por no pertenecer a la especie humana. La autora va más allá de la defensa convencional de los animales para analizar cómo la propia idea de “animalidad” ha sido utilizada históricamente para establecer jerarquías entre humanos.
Cuando un animal deja de ser un individuo
Uno de los conceptos que atraviesa esta investigación es el de “referente ausente”, de la filósofa feminista Carol J. Adams. El fenómeno puede observarse en un lugar tan cotidiano como un supermercado: en las neveras encontramos paquetes de carne troceada, con su etiqueta, su precio y su envase, pero no vemos al animal que fue convertido en ese producto. El cuerpo que sufrió y murió para llegar hasta allí ha desaparecido.
Briones Marrero lo desarrolla con dos procesos: la “desontologización” y la “ontologización”. La primera consiste en retirar la consideración moral a un ser dotado de intereses y capacidad de sentir. La segunda le atribuye una nueva condición que lo define por su utilidad: la vaca deja de ser un animal concreto y pasa a ser “ganado”, “lechera”, “materia prima” o “carne”.
La autora lo explica así: “De repente hay un sujeto, ya sea una mujer, una persona racializada o un animal no humano, que dejamos de ver como sujeto para ver como un objeto”. Y el recorrido puede hacerse a la inversa: quien ha sido deshumanizado necesita que se le devuelva a lo que es, un ser sintiente.
Animalización, raza, género y discapacidad
Según la tesis, este mecanismo no se limita a los animales no humanos. La animalización se ha usado históricamente para presentar a determinados grupos humanos como menos “racionales”, menos “civilizados” o, directamente, “menos humanos”. De ahí la perspectiva interseccional, concepto acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw en 1989 para explicar cómo distintas formas de discriminación actúan de manera simultánea y entrelazada.
El concepto de interseccionalidad fue acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw en 1989 para explicar cómo distintas formas de discriminación actúan de manera simultánea y entrelazada.
Briones Marrero pone en conversación a autoras como Adams, Aph Ko y Syl Ko, y Sunaura Taylor. No dice que el racismo, el sexismo, el capacitismo y el especismo sean lo mismo, sino que pueden compartir una lógica: dividir a los seres entre quienes cuentan y quienes quedan excluidos. En las narrativas de mujeres esclavizadas que analiza, por ejemplo, género, raza y animalización se entrelazan: eran consideradas propiedad y comparadas directamente con animales.
La comparación puede incomodar, y la autora lo sabe: es, dice, el punto por el que más le preguntan, aunque siempre “de una manera abierta y amistosa”. Su respuesta se apoya en otras voces. Las hermanas Ko plantean que, si alguien tiene que luchar para ser considerado humano, quizá la humanidad no sea el refugio que parece. Marjorie Spiegel, autora de The Dreaded Comparison, sostiene que ofenderse por el paralelismo entre esclavitud y trato a los animales “te sitúa más cerca del opresor que del oprimido”, advierte Amanda Briones. Y Sunaura Taylor cuenta que, por su discapacidad física, la compararon siempre con animales y, aunque entendía que lo hacían para insultarla, le parecía absurdo, ya que ella adoraba los animales.
Para Briones, la conclusión es sencilla: “No debemos considerar que ser animales es un insulto, porque lo somos todos”. El trabajo de la ética animal, escribe en su tesis, es “desocultar los nexos entre las situaciones de los diversos sujetos animalizados y los animales no humanos”.
Hacer presente al animal
Si el problema es que el animal desaparece detrás del producto (“referente ausente”), una posible respuesta es volver a hacer visible a ese sujeto. La tesis de Amanda Briones denomina a esta estrategia “referente presente”. La expresión funciona como contraposición al “referente ausente”: el animal deja de aparecer únicamente como trozo, materia prima, alimento o recurso y vuelve a ser reconocido como un individuo. La autora reconoce la repetición en “referente presente”, pero incide en que es algo “muy necesario de visibilizar”: “Hace falta esa reiteración porque esos referentes ausentes están por todas partes: están en la comida, están en el lenguaje”.
El lenguaje es clave. Cuando alguien dice que se sintió “como un trozo de carne”, pregunta Briones, “¿y quién es ese trozo de carne?”. Y plantea una paradoja: “Si nos parece mal tratar a alguien como un animal, ¿por qué tratamos a los animales 'como animales'?”.
Si nos parece mal tratar a alguien como a un animal, ¿por qué tratamos a los animales "como a animales?"
La tesis distingue tres formas de referente presente: recordar que la carne del plato fue un cuerpo vivo, devolver al animal su condición de sujeto evitando los eufemismos y mostrar las conexiones entre la animalización de los animales y la de ciertos grupos humanos.
En la práctica, explica, esto ayuda a romper una disonancia muy extendida: “Muchísima gente quiere muchísimo a su perro y a su gato, pero sigue comiendo carne”. Algunas personas, al ver el referente ausente en su plato, hacen clic. Otras lo encuentran demasiado chocante y cierran la puerta. Su consejo es realista: “La perfección probablemente nunca la vamos a alcanzar, pero siempre podemos hacer un poquito más”.
El sufrimiento como criterio moral
Otro eje de la tesis son las éticas centradas en el sufrimiento, que dan especial importancia a prevenirlo y reducirlo. Briones explica que existe “una cierta asimetría” entre el sufrimiento extremo y las situaciones neutras o placenteras, por lo que quizá sea prioritario acabar con el sufrimiento antes que aumentar el bienestar positivo.
En sus conclusiones, la autora defiende que este criterio puede unir corrientes de origen distinto: “Lo que une a todas estas corrientes aparentemente diferentes en sus orígenes, denuncias y demandas es el sufrimiento y otros desvalores como la injusticia, la vulnerabilización y el desconocimiento global que promueve prejuicios y violencias. ”Desde esta perspectiva, la cuestión no es únicamente construir una teoría sobre qué derechos tienen los animales, sino identificar aquello que debe evitarse: el sufrimiento, la injusticia y la vulnerabilidad.
A ello suma el cuidado. Las éticas del cuidado, desarrolladas desde el feminismo, ponen el énfasis en las relaciones, la dependencia y la vulnerabilidad, frente a una moral basada en individuos autónomos y racionales. Han sido históricamente denostadas por parciales, recuerda Briones, pero ella las defiende: “Sostengo que las éticas del cuidado deben ser pensadas desde el sufrimiento, y que las éticas centradas en el sufrimiento deben incorporar el cuidado desde el inicio mismo de su configuración”. Aplicado a los animales no humanos, esto implica prestar atención a individuos concretos y a las relaciones que mantenemos con ellos. La propuesta de Briones Marrero pretende poner la justicia y el cuidado en diálogo.
El conflicto con el ecologismo
La defensa de los animales y el ecologismo parecen aliados naturales, pero sus objetivos no siempre coinciden. Un ejemplo es controlar una población animal para proteger a otra especie o conservar un ecosistema: desde el conservacionismo puede ser necesario, y desde una ética centrada en los individuos, matar a cada animal es un daño que cuenta.
Briones Marrero busca un punto de encuentro a través del ecofeminismo, incluidas sus corrientes postcoloniales, decoloniales y queer. Intenta, dice, abordar el choque entre una ética animal centrada en el individuo y una ética ecológica más holista, y pensar “la naturaleza como algo de lo que también formamos parte”, no como un conjunto de ecosistemas que conservar aunque se perjudique a especies consideradas invasoras. Surgen preguntas como: “¿Qué hacemos con aquello que consideramos plagas? ¿Intervenimos el ecosistema o no lo intervenimos?”.
En las conclusiones de su tesis, la autora considera poco útil mantener posiciones binaristas ante la crisis ecológica: “Considero poco constructivo centrarse en defender de manera hermética y dicotómica posiciones animalistas o ambientalistas, cuando lo que urge es volcar todos los conocimientos, herramientas y esfuerzos posibles para evitar tanto el deterioro del planeta como el sufrimiento de los animales”.
Su tesis conecta la ética animal con la crisis climática. Incendios, inundaciones u olas de calor afectan a todos los animales, humanos y no humanos, domesticados y silvestres. Para Briones, ante desastres provocados o agravados por la actividad humana, “debería considerarse igualmente necesario y legítimo responsabilizarse y planificar estrategias de rescate para animales y humanos”.
Una pregunta que sigue abierta
Su tesis deja una pregunta abierta: qué vidas tenemos en cuenta, cuáles dejamos fuera y qué consecuencias prácticas tiene esa diferencia. La autora es prudente sobre los posibles cambios en políticas públicas: la filosofía plantea los problemas, dice, pero no siempre tiene la competencia para decir cómo cambiarlos. Lo que sí propone es ir “a la raíz del asunto”: preguntarse a quiénes considera merecedores de humanidad y a quiénes no, y qué pensamiento -no solo especista, sino también colonial y racista- nos lleva a trazar una frontera tan clara entre lo humano y lo no humano.
Esa pregunta, afirma, está de actualidad. Cita la vivienda: “El tema de la vivienda no está desligado de los animales, porque hay mucha gente luchando para que los animales puedan vivir también de alquiler”. Y señala las comparaciones con animales que se hacen hoy, desde el racismo, sobre personas migrantes en situación de extrema vulnerabilidad.
Su propuesta, la “ética animal interseccional”, defiende un antiespecismo feminista, antirracista y anticapacitista que reconozca “el sufrimiento en los cuerpos de individuos concretos”, y plantea “situar la necesidad de reducir el sufrimiento como meta común de ambientalistas y antiespecistas”.
Para cerrar, la autora pide combinar estudio y experiencia: “Animo a la gente a que lea mucha ética animal, pero sobre todo les animo a que vivan a los animales con su propio cuerpo. Somos razón y somos también cuerpo; somos logos, pero también somos emoción, y creo que las dos cosas son indisociables”.