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El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

La vivienda, en su sentido primitivo y sagrado de refugio

La campaña de FAADA y Fundación Affinity ha llevado al Congreso de los Diputados las prohibiciones generalizadas de animales en viviendas de alquiler.
25 de septiembre de 2026 22:36 h

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Hay una violencia implacable que -aunque suele tener vínculos familiares con genocidios y guerras- no lanza misiles ni empuña armas: le basta con blandir contratos, cláusulas abusivas y burocracias sin conciencia ni corazón. La hemos visto hace un par de días en Madrid, encarnada en Maricarmen, una mujer de 87 años cuyo desalojo forzoso terminó produciéndose en una camilla de ambulancia, mientras la propiedad, un fondo agresor, se negaba en redondo a cualquier alternativa de tregua o mediación. El cuerpo frágil de Maricarmen frente a la maquinaria cruel de la especulación inmobiliaria fue el espejo mismo de un sistema económico y de unas políticas que han decidido priorizar el rendimiento del metro cuadrado sobre las vidas de las personas.

En Madrid, como en tantas otras ciudades convertidas en cotos privados de fondos y rentistas, la vivienda ha dejado de entenderse como el cobijo indispensable para sostener la vida y ha mutado en trinchera, por culpa -con culpables- de una crisis de dimensiones salvajes que expulsa a las personas mayores y precariza a las personas jóvenes. Y en esta bolsa sin fondo, en ese pozo de miseria moral, la crisis - el atentado- acerca también los filos de sus navajas a los vínculos más inocentes y desprotegidos: los que nos unen a los demás animales.

Porque, en este mercado caníbal del alquiler, la exclusión tiene mil caras, y una de las más crueles, normalizada bajo el disfraz de la costumbre, es la prohibición de convivir con otros animales. Como si un perro o un gato fueran una molestia prescindible, un capricho accesorio o un desperfecto potencial, y no miembros de pleno derecho de una familia multiespecie. Obligar a alguien a elegir entre conservar un techo o repudiar a quien comparte su vida -sus días, sus duelos, sus alegrías, la ternura- es una forma sutil, pero devastadora, de tortura psicológica. Es desgarrar un hogar, desmembrarlo.

Prohibir la convivencia en el hogar con otros animales mutila los afectos y empuja al abismo a quienes se niegan a romper su familia multiespecie: cuatro paredes solo son refugio cuando cobijan la compasión y los vínculos que nos salvan de la intemperie moral.

De esa herida abierta se habló hace unos días en el Congreso de los Diputados, durante la jornada parlamentaria “Alquiler con animales de compañía: Abre la puerta”, que presentaba la campaña 'Mi Casa es Tu Casa', impulsada por FAADA (Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales)con el apoyo de Fundación Affinity. Allí, frente a representantes institucionales y representantes del sector inmobiliario, se verbalizó una verdad que la codicia se empeña en ocultar: un piso, una casa, no son solo cuatro paredes de ladrillo, sino el tejido de afectos lo que lo transforman en un hogar.

En dichas Jornadas, se visibilizó la dimensión de un problema que afecta a miles de familias multiespecie, al exponer cómo la crisis generalizada del alquiler en España se agrava de forma desproporcionada para las familias con animales, debido a la proliferación de cláusulas de exclusión automática en la gran mayoría de los contratos de arrendamiento. Y se abordó el impacto social y emocional que conlleva esta exclusión. Las personas que intervinieron en nombre de entidades sociales destacaron que estas restricciones colocan a muchas personas en situaciones de extrema vulnerabilidad, forzándolas a elegir entre la pérdida de su vivienda o la renuncia a sus animales, lo que incide directamente en repuntes de abandono forzoso y de angustia habitacional.

La vivienda pública, señalaron, debe ser el primer territorio donde el derecho a la no separación sea innegociable, marcando el camino para que el sector privado —donde entidades como ASVAL mostraron, al menos, cierta disposición al diálogo— entienda que la ética habitacional no puede seguir siendo una anomalía. En las Jornadas se planteó que dicho parque público debe actuar como referente inicial, eliminando cualquier cláusula de prohibición general y sirviendo de banco de pruebas para modelos de convivencia multiespecie.

También se abordó el temor de la propiedad respecto a posibles desperfectos o problemas de convivencia (problemas debidos, en gran su mayoría, a una discriminación especista de los otros animales en la convivencia social humana). Y, frente a la prohibición preventiva como respuesta automática, se acordó trabajar en un código de buenas prácticas que regule la intermediación y contratación.

La campaña no pide privilegios, sino derechos, cordura y empatía jurídica. Exige terminar con las injustas y dolorosas cláusulas de prohibición automática y preventiva de tenencia de animales en pisos de alquiler, sustituyéndolas por análisis justificados, garantías proporcionadas y un marco de mediación que no trate a las familias con otros animales como si fueran un peligro, diseñando mecanismos específicos para esas garantías -como seguros de caución o coberturas específicas para animales-, además de protocolos de mediación vecinal ante incidentes puntuales.

Las entidades impulsoras recalcaron también la urgencia de contar con estadísticas oficiales y representativas para legislar en base a la evidencia y no a los prejuicios, e instaron a los grupos parlamentarios a estudiar vías de reforma normativa (en particular, en el marco de la Ley de Arrendamientos Urbanos y demás legislación relativa a la vivienda) para blindar el derecho a la no discriminación habitacional por convivencia responsable con animales.

Porque cada vez que una inmobiliaria descarta a una persona por ir de la mano de su animal, o cada vez que un fondo de violencia expulsa a una mujer octogenaria de su memoria y de su cama, el engranaje es el mismo: la deshumanización y la cosificación absolutas del vulnerable en favor del mero beneficio económico. La crisis -el atentado- de la vivienda no se resolverá arrebatando hogares y amontonando ladrillos vacíos para turistas o para inversores, sino, entre otras medidas de carácter urgente, recuperando el sentido primitivo y sagrado del refugio.

No podemos resignarnos a habitar ciudades que desahucian a Maricarmen y condenan al abandono o al desamparo a miles de animales porque los contratos prohíben la vida. No podemos resignarnos a esa vergüenza. La compasión no cotiza en bolsa, pero es lo único que nos salva de la intemperie moral. Defender el derecho a un alquiler digno e inclusivo es, en última instancia, defender la posibilidad misma de poder seguir defendiendo nuestra humanidad.

FAADA está recogiendo testimonios de casos de discriminación habitacional por especie, construyendo datos propios y presionando para cambiar las reglas del alquiler en España. Puedes contar aquí tu caso (que no es un caso aislado, sino un fallo del sistema) y leer las historias reales de familias interespecie discriminadas.

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