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El fuego arrasa la sede del Tenerife

Tres reproducciones de trofreos perdidos en el incendio de 1945.

ACAN

Santa Cruz de Tenerife —

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El mundo vivía tiempos convulsos en la primavera de 1945. Según los rotativos españoles de la época, el glorioso ejército alemán iniciaba “un repliegue táctico, antesala de la victoria definitiva sobre el comunismo”. Diez días después, los soviéticos llegaban a Berlín y Hitler se pegaba un tiro en su 'bunker', bajo los escombros de una ciudad en llamas. Sin llegar a esos niveles de dramatismo, el Tenerife tampoco pasaba por su mejor época esa primavera y, como veremos, la entidad blanquiazul también sería pasto de las llamas.

Tras lograr consecutivamente los tres primeros títulos de la llamada liga Inter-regional en 1941, 1942 y 1943, el Tenerife padecía el dominio de Victoria y Marino, que se disputaban la supremacía grancanaria liderados respectivamente por Alfonso Silva y Luis Molowny. Pese a todo, con un once-tipo sin figuras [Leoncio; Llanos, Basilio, Ramón; Mora, López; Torres, Alfonso, Alejandro, Rosendo y Peregrino], el conjunto blanquiazul competía dignamente en una nueva edición, la quinta, de este campeonato regional.

De hecho, el Tenerife aún tenía algunas (mínimas) opciones de ser campeón. Sin embargo, el 19 de abril de 1945 el Tenerife y su historia quedaron calcinados en un incendio que asoló la sede del club, en el número 16 de la calle del Castillo. La voz de alarma la dio un guardia de la Policía Armada que caminaba por la calle San José. Y a las cinco de la madrugada, el olor a quemado también despertó a algunos vecinos de la zona. El fuego se había iniciado en la Tapicería Valenciana, en la finca contigua. Y de ahí se propagó con rapidez.

El fuego no tardó en alcanzar el edificio donde estaba la sede del Tenerife, situada sobre la mercería de la viuda de Marcelino Izquierdo y la relojería de la familia Villavicencio. Por suerte, el vecindario próximo fue desalojado con rapidez y no hubo víctimas. Eso sí, los daños materiales fueron enormes, pese a que, tras cuatro horas de lucha contra el fuego, el servicio municipal de bomberos y el cuerpo contra incendios de la Refinería de Petróleos apagaron las llamas. El local del Tenerife quedó arrasado, con sus enseres, su archivo, su documentación y sus trofeos.

Así, se perdieron para siempre no sólo los trofeos del equipo de fútbol, sino también los de las secciones de natación o baloncesto. No quedó una foto o un banderín que recordara las históricas visitas de Everton, Madrid, Athletic o Wien de Austria. Y también desapareció el balón cedido por Ángel Arocha con el que se jugó la final de la Copa del Rey de 1928. Ni siquiera quedaron las copas ganadas con los apellidos de Sporting Club y que Juan Labory guardó en su casa para que nadie los embargara y que luego colocó en las estanterías de la nueva sociedad.

No quedó nada. Se quedó sin pasado y hasta sin fecha de fundación. El presidente, Heliodoro Rodríguez López, encargó a una joyería madrileña la réplica de tres de los trofeos más queridos. Y los pagó de su bolsillo: la Copa de Oro de 1929, el trofeo conmemorativo de su victoria ante el Madrid en 1932 y el trofeo de la liga Inter-regional, ganado en propiedad en 1943. Pero el club jamás se recuperó del golpe. Y el equipo tardó en hacerlo. Fue goleado por el Marino (6-1) y por el Iberia (4-2) y se despidió de la liga Inter-regional.

(*) Capítulo del libro ‘El CD Tenerife en 366 historias. Relatos de un siglo’, del que son autores los periodistas Juan Galarza y Luis Padilla, publicado por AyB Editorial.

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Publicado el
19 de abril de 2020 - 12:09 h

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