Confianza política y demócratas incondicionales

Hace apenas doce años sufrimos una de las crisis económicas más duras que se recuerdan, crisis que se llevó por delante nuestro sistema de partidos. La estabilidad del bipartidismo que habíamos observado en España durante más de tres décadas, desapareció de la noche a la mañana convirtiéndonos en un sistema multipartidista con dos irrupciones sorprendentes: Podemos y Ciudadanos.

A su vez, en muchos países vecinos el avance de los partidos de derecha radical se hizo notar, convirtiéndose en algunos casos en uno de los grandes partidos del país. Por ejemplo en Francia, donde a pesar de no pasar a la segunda vuelta, Marine Le Pen obtuvo más de 6 millones de votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2012. En otros países, partidos antaño conservadores fueron derivando y transformándose en partidos de ultraderecha que han ido minando (o intentándolo) poco a poco las garantías democráticas de su país, siendo el caso por excelencia el Fidesz en Hungría. Para hacernos una idea, el voto medio a partidos de derecha radical entre 2010 y 2018 en los 28 países de la Unión Europea (antes de la salida de Reino Unido) se sitúa en el 7,5%, frente al 4,4% que obtenían en la década 1990-99.

En un primer momento, en España parecíamos a salvo de los ultras. La crisis económica no solo se llevó por delante nuestro sistema de partidos, también pudimos observar cómo la confianza en nuestras instituciones democráticas, ya de por sí no especialmente elevada, se minaba aún más. Durante estos años la insatisfacción con la performance de la democracia y la desconfianza en sus actores representativos ha aumentado considerablemente, aunque se ha recuperado ligeramente en los últimos años. Los datos del Eurobarómetro nos muestran que, si dividimos los encuestados entre aquellos que tienden a no confiar y aquellos que sí, mientras en 2007 el 60% de los españoles tendía a no confiar en los partidos políticos, el 36% tendía a desconfiar del Parlamento y un 38% tampoco lo hacía en el sistema judicial; en 2015, estos valores habían subido al 91%, 80% y 62%, y a finales de 2019 se situaban en el 91%, 76% y 55% respectivamente. Por lo que respecta a la satisfacción con el funcionamiento de la democracia, en 2007 las respuestas ‘nada satisfecho’ y ‘poco satisfecho’ sumaban en torno a un 20%, en 2015 un 64% y a mediados de 2019 un 49%.

Sin embargo, este descontento político, y también la desafección política, aunque no deseables, no son per se una amenaza a nuestra democracia. Es decir, aunque no estemos satisfechos con el desempeño de nuestras instituciones, podemos seguir manteniendo un apoyo incondicional a la democracia ya que, dada las libertades y derechos fundamentales que nos proporciona, consideramos que es el mejor sistema posible -o, si lo prefieren, el sistema menos malo.

Además, esta insatisfacción política y desconfianza en las instituciones fueron canalizadas principalmente a través de en su momento un partido populista de izquierda y otro centrista y liberal. En este sentido, la nueva política de entonces no desplegaba ataques ni tenía propuestas políticas que fueran contra la democracia buscando socavar sus fundamentos democráticos. Ciudadanos reivindicaba la regeneración democrática mientras Podemos, con un discurso más agresivo bajo el concepto de ‘régimen’, exigía a su vez una mayor garantía de los derechos sociales. Nuestra democracia no estaba en riesgo.

A día de hoy nos encontramos sumergidos en una crisis sanitaria fruto de una pandemia global que vendrá acompañada, según los economistas, de una crisis que podría ser tan dura como la que acabamos de pasar o peor. Recientemente, el economista Paul Krugman afirmaba que él estimaba que la crisis que está por llegar sería entre 3 y 5 veces más fuerte que la anterior en Estados Unidos. Esto significa que en un plazo de 15 años habremos lidiado con dos crisis económicas severas. Ya hemos visto las consecuencias sociales, económicas y políticas de la primera, y nos mantenemos expectantes ante lo que nos deparará la segunda.

¿Qué contexto afronta la ultraderecha? Igual que la anterior crisis económica y la crisis de refugiados fueron ventanas de oportunidad que la derecha radical europea supo aprovechar en varios países para incrementar sus resultados electorales, el contexto futuro al que nos enfrentamos puede no ser menos. Es cierto que en la Ciencia Política aún no se ha llegado a un consenso sobre los factores que explican la cada vez mayor fuerza electoral de la ultraderecha. Todo parece indicar que varía entre países, siendo en algunos más relevantes los factores económicos, en otros los identitarios y relacionados con la inmigración, etc. En cualquier caso, no debemos perder la perspectiva holística sobre la situación que vivimos: pese a las diferencias de factores clave según los territorios, la ventana de oportunidad que se les presenta a estos partidos para continuar creciendo puede ser considerable.

¿Es esta ultraderecha demócrata? La derecha radical de hoy en día se diferencia de la extrema derecha post-II Guerra Mundial en que no se declara como fascista ni utiliza medios violentos para acabar con la democracia y para sus fines políticos. Pese a ello, sí presentan tintes iliberales contra el pluralismo político y la protección de las minorías. Dicho de otra forma, cuestionan duramente entre otros elementos la libertad de prensa o la independencia judicial. Elementos indispensables de toda democracia europea que deberían ser un sustrato común incuestionable.

En este sentido, hace unos días el líder de la formación ultraderechista en España alababa las medidas tomadas por su homólogo que gobierna en Hungría, medidas que preocupan en Europa porque siembran el terreno para convertir el país en una dictadura. VOX lleva tiempo atacando de forma sistemática a buena parte de los medios de comunicación, buscando crear una agresiva opinión contra los medios entre sus partidarios. Tampoco quedan exentos de estos ataques algunos partidos políticos. Aún estamos conociendo a la derecha radical española que poco a poco se va definiendo y posicionando en toda una serie de temáticas, si bien todo parece apuntar a una tendencia iliberal.

Por tanto, venimos de una crisis económica que ha minado no solo la satisfacción con la democracia sino también la ya denostada confianza en nuestras instituciones democráticas. Y, a su vez, nos asomamos a una nueva crisis económica que podría traer consigo otra oleada de desconfianza e insatisfacción política. Un terreno idóneo que el partido de derecha radical español podría aprovechar para canalizar esa posible futura frustración, insatisfacción y desconfianza, y volverla en contra de elementos fundamentales de nuestra democracia. Un riesgo que otros países vecinos están viviendo y han vivido estos años y que nosotros no habíamos experimentado dado que se canalizó a través de Podemos y de Ciudadanos en la anterior crisis.

Sin duda alguna, las medidas económicas, los discursos y las estrategias de los actores políticos a partir de ahora serán muy relevantes de cara a influenciar las actitudes y valores políticos futuros de los ciudadanos. Nos asomamos a una crisis que se presenta como una nueva gran oportunidad para la derecha radical europea, y esta vez parece que España no será una excepción.

El paso del tiempo lleva habitualmente aparejado cierta amnesia histórica, pero nuestro sistema político, nuestra democracia, es un privilegio en la Historia y no la norma. O la cuidamos, o estaremos en riesgo de perderla.

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13 de abril de 2020 - 20:19 h

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