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Esta semana saltaba la noticia: El Puertito de Armeñime, esa pequeña playa de arena rubia con unas pocas casas a su alrededor, sin hoteles ni masificación cerca y famosa por su población de tortugas, va a ser urbanizada, y no con un plan urbanístico de mejora del entorno o para ampliar el núcleo vecinal existente, sino con un mega proyecto turístico que pretende ocupar más de 430.000 metros cuadrados del barranco y su costa con más de 400 villas (algunas enormes, de más de 600 metros cuadrados, con piscinas privadas), hoteles, restaurantes, piscinas, huerto, beach clubs y hasta un embarcadero.

Se llama Cuna del Alma y sus inversores son dos familias belgas que invertirán más de 300 millones de euros en hacer suyo El Puertito.

La sensación es de pérdida. Porque, por muy hermosas que sean las imágenes con las que han presentado la idea, que ya ha comenzado a construirse, lo que hay detrás es una clara intención: sacar provecho de ese paisaje idílico, de clima privilegiado (muchas horas de sol, atardeceres largos con vistas a La Gomera y poco viento, algo muy valorado en esa parte del sur de la isla), pero sin canarios, sin población local cerca. Es lo que se llama exclusividad, súper lujo y extranjero. De hecho, la web del proyecto urbanístico está solo en inglés, como si no interesara el mercado español. Aquí exclusivo es sinónimo de excluyente.

Los vecinos de las 20 casitas acogen el proyecto porque les han dicho que se va a respetar el núcleo poblacional y que se arreglará el entorno. Pero entonces, ¿por qué se aprobó un plan parcial que ha cambiado el uso del suelo de esas viviendas a comercial? ¿De verdad alguien cree que unos inversores van a gastar 300 millones en cambiar toda la playa y hacerla lujosa y exclusiva y permitirles vivir allí, en mitad del complejo hotelero? La realidad es, seguramente, mucho más siniestra.

Cualquiera que haya visitado la playa y su caserío se habrá dado cuenta de lo deteriorado que está. Basuras, chabolas, ausencia de servicios públicos... Dejadez y abandono. Una se preguntaba cómo era posible que no estuviera más cuidado, para disfrute de todos, un entorno tan idílico como ese. Ahora ya sabemos por qué.

Alguien va a enriquecerse, y mucho, alguien está sacando provecho y alguien va a salir perdiendo... y no son solo esos 20 vecinos. Basta con hacer imposible, por ejemplo, aparcar allí. Si tienes que dejar el coche a un kilómetro o más de la playa, cuesta arriba y tras una larga carretera, bajo el sol abrasador del verano, conseguirán que mucha gente desista de ir a esa playa porque simplemente será casi imposible llegar hasta ella. ¿O habrá una guagua pública que te acerque? Si además ponen precios desorbitados en los bares y que los servicios de la playa sean solo para clientes, ya casi lograrán que nadie vaya. Ya lo han hecho con la del Abama.

Vamos a salir mejor...

Durante la pandemia, especialmente en los meses de confinamiento duro, se dijo que Canarias tenía la oportunidad de repensar su modelo turístico y de desarrollo, de diversificar su economía y recuperar su medio ambiente con un turismo más sostenible, responsable. Fue como si las islas respirasen en esos tres meses. Se vieron delfines cerca de las playas, cabras por la arena en Fuerteventura, bandadas de pájaros tomaron las ciudades. Sí, íbamos a salir mejores... ¡Y un cuerno!

Mientras otros archipiélagos, como Hawái, se dieron cuenta durante la pandemia de la enorme presión que estaba ejerciendo el turismo masivo sobre el territorio y tomaron medidas drásticas para protegerlo y preservar y defender su riqueza natural, en Canarias hemos puesto el turbo para, no ya llegar a las cotas de millones de turistas de antes de la COVID, sino incluso superarlas. Y ahí vamos, sumando visitantes, vuelos, aumentando la flota de coches de alquiler y proyectando nuevos hoteles y apartamentos, ahora también en las ciudades. No se habla de establecer un cupo al número de visitantes o de camas turísticas, o controlar y cobrar por el acceso a entornos frágiles y masificados, como el Teide, no, no hay límites en Canarias.

Hay dos cuestiones indiscutibles. En primer lugar, el turismo es el motor de la economía canaria, pero no evita las enormes desigualdades que hay en las islas. Lo demuestra el hecho de que mientras se daban cifras récords de visitantes (antes de la pandemia) también se registraban las cotas más altas de paro, pobreza y exclusión del país. Millones de visitantes y los hoteles llenos deberían traducirse en islas ricas y prósperas, pero no es así. Algo falla en el modelo.

Y en segundo lugar: quienes se benefician de él lo defenderán con uñas y dientes, y querrán más.

Un hotelazo en La Tejita, un macropuerto en Fonsalía, otra pista en el Aeropuerto de Tenerife Sur, un tren... Todas son obras “imprescindibles” para algunos. Lo de arreglar los vertidos de aguas por toda la isla no lo es. Lo de respetar las normas urbanísticas, los espacios protegidos o los santuarios de ballenas, tampoco.

Es la ciudadanía de la isla la que ha de estar vigilante y combativa para que los proyectos que no cumplan las normativas vigentes o pretendan privatizar lugares que nos pertenecen a todos, como una playa, no salgan adelante, o que, si lo hacen, sea con todas las de la ley, sin mordidas, sin pelotazos, sin disparates. Se logró en Vilaflor, en Fonsalía y en La Tejita. Ahora, es el turno de Armeñime.

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