Quem vini anhelitum? Quas contumelias fore censetis minasque verborum!

En los sistemas políticos surgidos en la Antigüedad Clásica, cuyos casos más emblemáticos fueron la Democracia ateniense y la República romana, quienes se dedicaban a la cosa pública tenían muy claro que salir elegido para cualquier cargo o poder sacar adelante sus propuestas en las asambleas se sustentaba sobre un elemento fundamental: la capacidad de poder convencer a sus conciudadanos por medio de la palabra, expresada en medio de la asamblea. Eran los argumentos y la manera de expresarlos el instrumento principal para terminar de decidir las voluntades que luego se depositaban en forma de voto en el recipiente para su posterior recuento. Parece lógico concebir que este contexto fuera el lugar de nacimiento de la disciplina de la Oratoria, a la que tantos filósofos, pensadores, políticos y sabios clásicos le dedicaron su tiempo y sus escritos. Era tal el poder y el valor que se le daba a la palabra, que hubo que estar alerta de todos aquellos que en medio del ágora o del foro trataran de utilizar los trucos y engaños que la propia disciplina pronto fomentó. En la antigua Grecia fueron mirados con malos ojos los demagogos, quienes no dudaban en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular. Más odiados fueron aún los sofistas, que habían llevado al descrédito su significado original de “sabios”, para convertirse en profesionales que enseñaban en la llamada “areté”, el arte de la política y la ciudadanía, que incluía todas las técnicas persuasivas para hacerse un lugar en la administración de la polis, fomentando de manera principal los trucos de la dialéctica y la capacidad para convertir en sólido el argumento más débil.

Pero si existía un aspecto que era ampliamente rechazado en la vida política griega y romana era la inclusión del insulto personal como argumento político. Existe una norma aceptada en la oratoria clásica, el recurso al insulto contra el adversario resultaba una manifestación clara de una estrategia débil y errónea, porque lo que venía a reconocer era la carencia de argumentos convincentes, que venían a ser sustituidos por ruido y que a la postre produce un deterioro de la imagen personal y ética del orador en la consideración del auditorio. La descalificación personal o la atribución de comportamientos indecentes como medio para anular al adversario político parecían el último recurso de quien había perdido el debate público. Eso no excluyó que esto se produjera más frecuentemente de lo que podamos pensar. Tanto en Grecia en el contexto de la pugna por controlar la ciudad de Atenas durante la guerra contra Esparta; como en la Roma de finales de la República, cuando los populares y optimates se enfrentaban en el Senado, en el Foro y en los campos de batalla, vamos a encontrar ejemplos de los más variados y graves insultos políticos. Es el propio Cicerón, a quien muchos describen como el ejemplo más representativo de lo que fue el ejercicio del arte de la Oratoria en la Antigua Roma quien, en sus Filípicas dirigidas al lugarteniente de César, Marco Antonio, puso de manifiesto el grado de deterioro al que había llegado el debate político en la agonizante república romana. En uno de sus discursos en el Senado, señaló: “Quem vini anhelitum? Quas contumelias fore censetis minasque verborum!”. Denunciaba así “el aliento de vino que sale las bocas de esos hombres” que estaban al frente de la política romana, de quienes decía “que solo proferían palabras de insulto y amenaza”. En aquel momento la palabra había dejado de ser el argumento que convenciera en el debate y el descrédito, el insulto y la falsedad se convertían en principal argumentario con el que resolver las disputas políticas (cuando no, finalmente, la fuerza de las armas).

De aquí surgirá con el tiempo la conformación del llamado “argumentum ad hominem” que, si bien los clásicos lo describían como “argumentum ex concessis”, define muy claramente lo que estamos describiendo: intentar descalificar personalmente a un adversario, en lugar de refutar sus afirmaciones. La Antigüedad vuelve a no quedar tan lejos y en estas últimas semanas estamos presenciando un agrio debate político, mediático y de redes sociales en torno a una propuesta planteada en el contexto de la aprobación de los presupuestos de la Comunidad Autónoma de Murcia. La mal llamada cuestión del “Pin Parental” ha desatado un conjunto de cruces de acusaciones en los que los argumentos sólidos y veraces que habrían servido para desactivar o desautorizar tal medida han quedado perdidos en medio del empleo indiscriminado de insultos, falacias, mentiras y argumentos contra la persona o los grupos. No se puede reducir la polémica a términos simplificadores como se ha querido en torno a los apelativos de “pogres” contra “fachas”. Resulta evidente que la cantidad de argumentos sólidos y contrastados que justifican la continuidad del sistema actual de elección de contenidos formativos y educativos en los centros docentes y avalan de forma más sólida las posturas contrarias a la aprobación de esta propuesta. De ahí que no haya extrañado que por parte de quienes son partidarios de su conformidad se haya querido entrar en el terreno de la demagogia, el enfrentamiento y el insulto. Como ejemplo último, está el caso de que una conocida red social haya optado por cerrar la cuenta oficial de un partido político por las falsedades vertidas. Cicerón ya denunciaba esta estrategia política y reconocía el aliento a vino que producían las palabras de insulto y amenaza que proferían estos hombres. Pero también aprendimos de Cicerón que la razón se debe imponer sobre la sinrazón, y la verdad sobre la mentira. Con argumentos sólidos y denunciando las falacias y las manipulaciones cuando se producen. Porque de lo contrario, lo acaban contaminando todo con su aliento.

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23 de enero de 2020 - 13:42 h

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