Requiem por una civilización

El director del Festival de Música de Canarias, Jorge Perdigón (d), acompañado del tenor Celso Arbelo (2º d), presentó la versión del "Réquiem" de Verdi. EFE/Ángel Medina G.

El fin de semana pasado fue un ‘finde’ especial para las capitales canarias, pero la inmensa mayoría de los poquísimos habitantes de las islas no tuvo la suerte (unos porque lo ignoraban y otros porque lo ignoraron) de descubrirlo. El ‘finde’ pasado, estuvo por aquí de visita un importante testigo de nuestra civilización contemporánea, y cuando digo Civilización me refiero exactamente a eso, al hecho de ser (aún) civilizados.

Estuvo por Canarias, la sombra Verdi. Sí, exacto. Verdi, el de la Traviata. El del Brindis tan famoso imposible de no tararear (cosa que seguramente esté haciendo usted ahora mismo). Pues Verdi, aparte de esa maravillosa ópera, también escribió un Requiem, que como todos sabemos es una misa de difuntos. Y lo hizo, además, siendo él medio ateo, fíjense! Pues si usted escucha algo de ese Requiem, cosa que le aconsejo encarecidamente, se va a dar cuenta enseguida así a pelo y sin entrar en rítmicas, en líneas melódicas, ni orquestaciones ni nada, de que esa obra nada tiene que ver, sigamos el ejemplo mencionado, con la famosa Traviata.

Es una obra sublime, de luces y sombras, con momentos espectaculares en los que Verdi nos muestra por ejemplo la Ira del Señor –DiesIrae- (parece mentira, ¡un hombre tan bueno!) haciendo participe a todos los actores y a golpe de un timbal que nos hace contener la respiración y que de verdad asusta. Y en nuestro caso particular, ahí estuvo nuestro querido Paquito, en conjunción con la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, dándolo todo para dejar claro lo que significa un señor “airado”. Pero aparte de esto Verdi nos ofrece, en la misma obra, pasajes y paisajes sublimes y delicados provenientes de lo más profundo de su conciencia.

Difícil poner en escena toda esta variedad de matices cuando tienes, además, que manejar un coro, espectacular por cierto el que nos acompañó en esta ocasión, una orquesta y unos solistas que lo tienen difícil en medio de tal cantidad de instrumentos.

Pero yo no voy a contarle ahora a usted todo el elenco, porque si estuvo ese día en el Auditorio ya sabe de que le hablo y si no, y además no está puesto en el mundo de la Música y el Arte de toda la vida, el decirle los nombres le puede resultar tan poco interesante como me pueda resultar a mi que me reciten la alineación del equipo de fútbol visitante; ni el local.

Pero sí le puedo decir es que la herencia de Verdi se encuentra impresa en su ADN. Igual que el último rasgo de su físico, ese el cual su madre atribuye a su tatarabuelo. Y es que hay algo fundamental que se nos está escapando a golpe de confundir cultura con cualquier cosa: de confundir cultura con “masas”. ¡Cultura con esa falsa creencia de que en un par de semanas eres cantante! Cultura con un “bestseller”. Pero eso no es cultura. Cultura es cultivar y cultivar es profundizar; trabajar, labrar. Y eso es lo que hicieron nuestros antepasados, y a ellos les debemos lo que hoy somos.

Europa ha sido forjada en un porcentaje muy elevado por esos hombres y mujeres (ellas pasando de por si desapercibidas ex-profeso). Esos nombres que hoy le son desconocidos, (Como para usted su tatarabuelo, al que nunca ha visto) pero que han dejado una profunda huella en nuestro presente (como Verdi y un sinfín de ellos más). Es por eso, por lo que usted, sus hijos y todos deberíamos de ir al Auditorio (espacio público que, por cierto, también le pertenece porque sepa que usted, como contribuyente, contribuye a que este espacio esté en pié). Y debería saber que la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (de la cuál es usted también tan partícipe de su existencia como lo es de la del Auditorio) está aquí y no es por lujo. Es por necesidad. Es para recordarle/nos que esta sociedad aún razonable, cómoda, democrática, limpia, tranquila, justa, capaz (aún) de pensar, (por mucho que nos quejemos de ella) ES y ESTÁ (grande la Lengua española) gracias a todas esas grandes mujeres y a todos esos grandes hombres. Grandes artistas que se empeñaron en trabajar para dejar la estela de un mundo mejor. Y lo consiguieron. Y esa herencia nos pertenece (como los genes heredados del ya entrañable tatarabuelo). Y no debemos olvidarlos. No debemos obviarlos, por mucho que algunos/as (lenguaje inclusivo para lo bueno y lo malo) se empeñen.

No pueden arrebatarnos nuestra herencia, sobre todo, porque demostrado está que las sociedades sin Cultura, sin Educación, sin formación y, en fin, sin memoria son sociedades inhóspitas, de reacciones incalculables, en donde el diálogo ya no es una herramienta. ¡Y ojo! Querer llevar a nuestras civilizaciones a ese punto porque una masa inculta es más fácil de manejar ya que no piensa. Describe la famosa frase bíblica que seguro reflejó Verdi en su Requiem que “en el pecado llevas la penitencia”. El pecado de conducir a las sociedades a la ignorancia. Y eso ya sabemos que penitencia conlleva. Así que le pido que contribuyamos todos a seguir por el camino de la Cultura, que éste al menos ha dado buenos resultados. Mire el programa del Festival www.festivaldecanarias.com y no deje de asistir a ese su Auditorio; a los conciertos de este SU festival, -del que usted también es partícipe-; a conocer de cerca a ese su tatarabuelo que tan buena herencia le ha dejado y que si tiene la oportunidad de conocer.

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25 de enero de 2019 - 20:29 h

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