En el sur de Gran Canaria, residentes y turistas no son iguales ante el cambio climático

Fernando Zerpa y Aarón Ramírez, vecinos de El Tablero, en una plaza del barrio

Toni Ferrera

Gran Canaria —
11 de enero de 2026 06:01 h

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Cada vez que Fernando Zerpa, de 56 años, vuelve a casa tras finalizar su jornada de trabajo como recepcionista de un hotel en Maspalomas, puede sentir cómo la temperatura aumenta unos pocos grados hasta alcanzar El Tablero, el barrio donde reside, situado a solo dos kilómetros de las zonas más turísticas de San Bartolomé de Tirajana, en el sur de Gran Canaria.

“Cuando me subo a la moto, noto en qué zonas hace más frío o más calor. Y cuando llego a El Tablero, siento que aumenta la temperatura”, asegura Zerpa. “Probablemente porque está arriba, en una meseta. Pero al intentar buscar algo húmedo, fresco, es imposible. No hay nada. Nunca hicieron jardines ni zonas verdes. Todo es picón”.

Zerpa no se lo está imaginando. Las zonas turísticas de San Bartolomé de Tirajana, que incluyen Playa del Inglés, Meloneras y Campo Internacional, son más frescas, cuentan con más zonas verdes y también presentan más recursos para combatir el calor que los barrios donde vive la población local, en concreto El Tablero y San Fernando, según un Trabajo Final de Máster (TFM) de Jody Holland, del Máster Erasmus+ Mundus en Islas y Sostenibilidad coordinado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) con las universidades de Groningen (Países Bajos), del Egeo (Grecia) y la de Islandia.

A partir del estudio de datos satelitales, la investigación demostró que la temperatura superficial de las zonas turísticas es de media 1,75 grados menor que la de los barrios residenciales, donde se superan habitualmente los 40 grados; que el índice de vegetación (NDVI, en sus siglas en inglés), en el que un valor cercano a 1 indica una vegetación densa y sana, es significativamente superior en las primeras (0,129) que en las segundas (0,085); y que el índice de agua superficial (NDWI, en sus siglas en inglés), aunque en parámetros negativos en ambos casos (lo que manifiesta su aridez), muestra que las zonas turísticas no están tan mal (-0,025) como las residenciales (-0,054).

Urbanización reciente en El Tablero, sin árboles ni sombra para resguardarse de el calor
Una de las plazas centrales de El Tablero, con pocos árboles para dar sombra. El resto, puro cemento

Pero ahí no acaba todo. Holland estudió el número de piscinas en la localidad para escalar en una misma variable su concentración en el mapa, partiendo del valor -1 como base. En Playa del Inglés, Meloneras y Campo Internacional, la densidad es de 1,274, es decir, una auténtica saturación de piscinas. Mientras que en El Tablero y San Fernando es de apenas -0,201, todo lo contrario.

Los resultados del estudio también apuntan que, por cada kilómetro de distancia de la costa en Maspalomas, la temperatura crece 0,57 grados. Y que cuando una zona presenta múltiples construcciones turísticas, se produce un efecto oasis: ya que su desarrollo implica sí o sí espacios verdes y piscinas, es más fácil lograr un “bonus de enfriamiento”.

Ante un planeta cada vez más cálido a causa de la crisis climática, la resortificación del paisaje de Canarias está generando injusticias microclimáticas, entendidas por Holland como “las desigualdades que surgen dentro de una misma región a partir de diferencias en la exposición y la resiliencia frente a condiciones climáticas adversas, con impactos en la salud, el nivel y la calidad de vida”.

Verónica Franquis, de 52 años, vecina de El Tablero desde hace dos décadas, coincide. Sentada en un bar, señala a una explanada de cemento frente al colegio del barrio donde la vegetación brilla por su ausencia. Dice que es un ejemplo de las muchas “islas de tierra” del pueblo, inundado de hormigón.

“Cada vez hay gente más adulta. ¿Dónde se van a sentar en la calle? ¿Por qué tenemos que estar encerrados en nuestras casas? Ha subido la temperatura. El sol no es el mismo. Pero si quieres salir a leer un libro, solo puedes ir al Parque del Sur [a las afueras de El Tablero]”, lamenta Franquis. “Mientras mantenemos campos de golf, aquí, que somos la gente del pueblo, estamos olvidados. Todo está pensado para el turismo”. San Bartolomé de Tirajana es la meca del turismo canario. El municipio que más visitantes recibe. Solo en 2024 fueron 1,76 millones.

Verónica, en la explanada frente al Colegio de El Tablero
Los pocos árboles que tiene El Tablero están descuidados, denuncian los vecinos

Holland cree que el afán de atraer a cada vez más visitantes ha priorizado la inversión de las administraciones canarias en convertir regiones secas y áridas en verdes y refrescantes, haciéndolas más agradables para los turistas. “Sin embargo”, agrega, “hay pocos incentivos económicos para realizar las mismas inversiones en las urbanizaciones destinadas a la mano de obra del turismo, que a menudo se ve relegada a la periferia. Como resultado, sus viviendas suelen ser más calurosas y vulnerables al cambio climático y las olas de calor”.

En su opinión, barrios como El Tablero o San Fernando no están preparados para combatir el incremento de las temperaturas que se avecina. Sostiene que ante fenómenos extremos podría ser “muy peligroso” para personas mayores completar tareas rutinarias, como ir al supermercado, o arriesgado que los niños jueguen al aire libre en campos de césped artificial. Destaca que esto ocurriría al mismo que “los turistas más adinerados siguen pudiendo disfrutar de un baño o una partida de golf a pocos metros de distancia”.

Aarón Ramírez, de 39 años, también vecino de El Tablero, reconoce que los lugares de recreo en el pueblo están “desolados” y carecen de árboles que den sombra, obligando a los padres a desplazarse a las zonas más turísticas para que sus hijos puedan divertirse. El hombre relata que los episodios de calima cada vez más intensos le están provocando dificultades para dormir por culpa del calor e irritación de garganta. Zerpa añade que los mayores están sufriendo “sofocos” constantes en los últimos años por esto mismo.

Ambos confiesan sentir cierto grado de resignación al observar cómo los recursos económicos son destinados primero al turismo, “la gallina de los huevos de oro, la que nos sustenta a todos, que hay que tenerla siempre de punta en blanco”, dicen. Pero para los residentes, el cuidado llega “en otras vertientes, no en esta que estamos comentando”.

Tanto Zerpa como Ramírez piden instaurar una “filosofía verde” en la planificación local que transforme las “islas de tierra” en verdaderas zonas verdes e introduzca vegetación en colegios e institutos, incluso dentro de las aulas, para mejorar el bienestar del alumnado.

Vegetación en un parque urbano tras el Hotel Folias, en Maspalomas
Piscina y arboleda en Hotel Lopesan Costa Meloneras, en el sur de Gran Canaria
Árboles flamboyán en plazoleta de Maspalomas

El Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana no ha respondido a las preguntas enviadas por Canarias Ahora. El Consistorio anunció en verano del año pasado que destinaría casi tres millones de euros a crear ‘islas de frescor’ en colegios y entornos urbanos, de los cuales el 85% sería financiado con fondos europeos.

Según datos publicados por el Gobierno de Canarias, el 5,2% del suelo del municipio está degradado. Pero no hay cifras para calibrar la satisfacción de la población con el estado de sus zonas verdes. Solo hay un dato autonómico: el 38,2% de los habitantes isleños considera que alrededor de sus viviendas no hay suficientes árboles, parques o jardines, el porcentaje más alto de España con diferencia, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE). Le siguen por detrás Andalucía (27,5%), Baleares (26%) y Murcia (24,6%).

Lo que ocurre en el sur de Gran Canaria, eso sí, no es una excepción. Isabelle Anguelovski es directora del Laboratorio de Barcelona para la Justicia Ambiental Urbana y la Sostenibilidad (BCNUEJ, en sus siglas en inglés), del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Ha estudiado ampliamente la justicia ambiental urbana, la gentrificación verde y la adaptación climática. Y lo tiene bastante claro: “En un país que depende tanto del turismo, se hace todo lo posible para salvar los intereses del sector”.

Anguelovski menciona como ejemplos los cortes de suministro de agua potable en regiones turísticas mientras las piscinas de los hoteles continúan operativas. O las segundas residencias de las que disfrutan muchos visitantes para evadirse de los denominados “sacrificios climáticos” que exige la nueva realidad ambiental.

Los trabajadores, continúa, a menudo personas racializadas o con bajos ingresos, son “invisibles”. La gentrificación los expulsa de las ciudades, obligándoles a vivir en “casas más pequeñas, más densas, sin aire acondicionado o ventilación, y sin buen aislamiento”. Anguelovski asegura que las instituciones prefieren invertir en zonas estratégicas y de revalorización inmobiliaria antes que hacerlo en barrios de clase trabajadora. El porqué, remacha, es muy sencillo: los ingresos allí son más altos. Y por tanto el retorno económico será mayor.

Aarón y Fernando, sentados en un banco en una plaza de El Tablero, en el sur de Gran Canaria
Antigua carretera de acceso a El Tablero. En la urbanización con esas vistas, la apuesta por zonas verdes es nula

“El problema son los privilegios verdes, los privilegios climáticos que crean este tipo de inversiones cuando se dirigen solo a un sector muy temporal que, además, extrae mucho de los recursos naturales de un pueblo. Que esto ocurra al mismo tiempo que no se protege a los barrios con infraestructura de protección contra el cambio climático es una aberración total”, sentencia la experta.

Los gobiernos promueven así una “individualización de la resistencia climática” en la que cada ciudadano debe “inventarse” los medios para pagar el aire acondicionado o rehabilitar su casa sin intervención pública. Y en un mundo desigual, algunos sufren más que otros.

Julio Díaz es investigador de la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del Instituto de Salud Carlos III, dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. En sus estudios, ha encontrado que, en términos de mortalidad, lo que más afecta en una ola de calor es la renta (la diferencia entre vivir en un chalé con piscina o en un piso de 30 metros cuadrados sin ventilación), la calidad de la edificación y zonas verdes.

Pero también recuerda que debe analizarse si lo que realmente mata son las temperaturas mínimas o las máximas. Sus investigaciones han demostrado que, en algunas ciudades, como Madrid y Murcia, la máxima diaria se relaciona mejor con el exceso de mortalidad. Pero en Málaga, por ejemplo, es la mínima debido a la alta humedad, que impide al cuerpo recuperarse durante la noche.

Paseo Costa Canaria, en Playa del Inglés

Díaz matiza que no se pueden extrapolar resultados de un lugar a otro sin más. Por eso cree que es necesario realizar estudios locales que demuestren una correlación directa entre esas temperaturas específicas y el aumento de mortalidad o ingresos hospitalarios.

El experto, por otro lado, introduce un factor crítico que a menudo se ignora: la relación entre el calor y la calidad del aire. Una investigación en la que participó encontró que entre los años 2013 y 2018 se registraron anualmente en Canarias unos 1.879 ingresos hospitalarios urgentes por la contaminación (ozono y partículas en suspensión) frente a solo 42 por las olas de calor y frío combinadas.

Díaz hace hincapié en estos hallazgos porque sostiene que existe una tendencia política a culpar al cambio climático para evitar tomar decisiones locales valientes e impopulares, como la aprobación de zonas de bajas emisiones (San Bartolomé de Tirajana acordó la suya en febrero del año pasado, dos años después del límite legal).

“En la mortalidad, influye tanto la contaminación como la temperatura en las olas de calor. Por lo tanto, tengo que atacar los dos grupos. ¿Por qué solo se ataca el calor? Creo que es mucho más fácil echarle la culpa al cambio climático, cuyo origen es global, aunque sus emisiones sean locales, que no tomar medidas para reducir el tráfico”, concluye el científico.

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