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Diccionario para arlequines
En su primera vida pública, antes de ser el libro que circula desde este 2026 en el catálogo de la editorial Baile del Sol, los Escritos antibélicos de José Manuel Marrero Henríquez aparecieron como una serie de artículos semanales en La Provincia, en el contexto de la invasión rusa de Ucrania iniciada en febrero de 2022. Hubo un precedente: unos Escritos antivíricos, durante el confinamiento de la población por la pandemia del Covid-19, publicados en el mismo periódico en 2020, y reunidos por la misma editorial en 2024. Resulta evidente el patrón de ambas intervenciones. Una conmoción a escala global causada por un acontecimiento que despierta nuestras fantasías del fin del mundo. Una avalancha de información y propaganda que reduce nuestra condición a la de espectadores de una amenaza percibida como un simulacro más a través de las pantallas del espectáculo de lo real. Y como respuesta a todo, el escrito, la prestigiosa escritura, agrietada, inestable fuente de sentido por la lenta erosión de las palabras. La amenaza existencial que justifica estos escritos no es la extinción de la especie, sino la del lenguaje. La posibilidad que los articula es la de una humanidad sin lo humano.
Parece como si las palabras se reiniciaran en estas páginas, escritas como si fueran las primeras de un mundo imaginariamente post-literario, en el que el lenguaje hubiera colapsado y se hubiese perdido el habla. Se realiza un borrado de memoria para un nuevo comienzo en que las palabras, libres de la carga de ser metáforas, libres de la saturación informativa a que las somete el sistema de producción, estuviesen en disposición de restaurar su conexión con las cosas. La escritura habla aquí todo el rato, casi como el único asunto, de su propio reinicio. De reiniciar el lenguaje como si fuera un sistema operativo que se hubiese caído y ya no funcionara como interfaz de los seres. Es preciso rehacer las cosas en el logos, dice Francis Ponge en La soñadora materia. Es preciso desmontarlas y volver a ensamblarlas en la materia de las palabras, no solo en interés de la ciencia y la filosofía, sino por una razón de índole moral, la de preservar lo humano (traducción de Miguel Casado). Por eso, la voz que habla en estos escritos es la del primer hablante sobre la tierra, y recuerda a la del paseante de Robert Walser. Es una voz que está rehaciendo las cosas en las palabras. Se está reiniciando a sí misma.
Abundan en estos escritos los diccionarios, las consultas del protagonista al ejemplar más a mano. Algunos de estos escritos declaran su origen en una palabra escuchada o sugerida al azar. En otros, se discute con el diccionario sobre las posibilidades semánticas de un nombre. Otras veces, la consulta desarbola las entradas del diccionario, reasignando los emparejamientos de palabras y cosas. Al reiniciarse, el lenguaje se abre aquí a la posibilidad de los arlequines, es decir, de un conocimiento nacido del placer de jugar. Un saber aumentado, que desestabiliza la imagen de un mundo ordenado por las palabras, según la apariencia de las cosas.
El nombre de Nopólemo, el protagonista de estos escritos, sale de la revoltura de un diccionario de arlequines. Símbolo de la comedia del arte para un saber que se complace emparejando a todos los seres con todas las palabras, el arlequín es el primer hablante, el más próximo al “despertar privilegiado” que se experimenta al nacer y también en ciertos estados de vigilia, y que María Zambrano define como “despertar sin imágenes”, sin nombres, al borde del manantial de la vida, en el “amor pre-existente”. La etimología es la vida escrita de las palabras, dice un personaje de John Berger en Lila y Flag. Isidoro de Sevilla dice en las Etimologías que “si ignoramos el nombre, el conocimiento de las cosas desaparecerá”. La disquisición etimológica, tan abundante en estos escritos de José Manuel Marrero, se caracteriza por su espíritu burlón, arlequinado. Remonta una corriente de conexiones trabadas por los salientes más improbables de las palabras, solo por el puro goce de inventar. La invención es el sino del arlequín. Inventar unas cosas con la materia de otras.
El lugar de la escritura
Se llaman “escritos” no solo porque no pueden ser otra cosa en las páginas de un periódico hecho de escritura. No solo por descarte de lo que podrían ser y no son: crónicas, ensayos, columnas de actualidad, análisis geopolítico, tribunas de opinión. Es, sobre todo, porque “escritos” lo abarca todo y, por eso mismo, su abundancia de significados no significa gran cosa, como la escritura en sí, que no significa gran cosa bajo un modelo de producción, distribución y consumo cuya dinámica depende de que la oferta de escritos, como la de cualquier mercancía, aumente sin parar. Mas, la oferta de escritos no puede aumentar sin parar bajo la vieja condición del valor de la escritura. Su jerarquía sobre las demás formas de ordenar y legislar el mundo (el mito, la fuerza bruta, la tradición oral) descansaba en una identidad de palabras y cosas sancionada por élites letradas. No era una sanción pacífica. La representación del mundo debía imponerse frente a escrituras rivales. Se escribía con todo el cuerpo, las cicatrices eran la caligrafía fehaciente de lo escrito. La autoridad de poner nombres a las cosas tenía las marcas de la desnudez y el infortunio. Eran signos de la verdad irrebatible de lo narrado, y daban el derecho a “borronear” los textos falsarios, como Margo Glantz ha ilustrado al comentar los Naufragios de Cabeza de Vaca y la enconada batalla de las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y Francisco López de Gómara sobre la conquista de México. Este viejo orden logocéntrico inicia su declive hacia la mitad del XIX, en el umbral de nuestra modernidad, según la datación de Foucault, cuando el lenguaje “pierde su lugar de privilegio” y se desvanece “como enlace indispensable entre la representación y los seres” (traducción de Elsa Cecilia Frost).
Lo que estos Escritos antibélicos escriben es la falta de lugar de la escritura, su condición de signo en el vacío. Quienes (yo, entre ellos) curiosearon por estos objetos en las páginas del periódico, pensando que, al publicarse ahí, y bajo el título tan transparente de Escritos antibélicos, encontrarían (encontraríamos) reflexión, conocimiento, acciones de reforma de un mundo que parece haber llegado a una situación límite, quedaron (quedamos) radicalmente desubicados. Quienes ahora se acerquen a las páginas de este libro, esperando encontrar una colección de artículos periodísticos, que es una de las elecciones de lectura más discutibles, como si se eligiese el álbum de fotos turísticas de un desconocido, se sentirán igualmente fuera de lugar, su expectativa de ver fotos repetidas de la visita al Partenón quedará defraudada por el descubrimiento de que son otra cosa, un sistema difícilmente clasificable, pero con las marcas inconfundibles del cuento contemporáneo: género arlequín por excelencia, que se divierte en el juego y el disfraz, vistiéndose de apólogo, diccionario, enciclopedia, fábula, ensayo, bestiario o con cualquier otra máscara de respetabilidad tras la que pueda ocultar su naturaleza de invención con un efecto bromista al final. Como todas las bromas, la del cuento suele ser muy seria, pues cuestiona y modifica el lugar de la literatura. En este caso, el suelo directamente desaparece, y escritura y lector quedan fuera de lugar.
¿Dónde tiene lugar la escritura? Léase: ¿en qué espacios lo escrito entrega lo que tiene que decir? Sabemos dónde tiene lugar el habla: sus dominios son los del cuerpo, su tiempo es el presente. En las Confesiones, Agustín describe la adquisición del habla en la infancia como un proceso en el que el cuerpo se inclina a las cosas al nombrarlas. Wittgenstein destaca este testimonio por su valor de ilustración de que el lenguaje se instala por un “movimiento corporal” de posesión de las cosas. En el natural inclinarse del cuerpo hacia las cosas, va el habla poniéndoles un nombre y colocándolas en la cuadrícula separadora del lenguaje. Va haciéndose la subjetividad que las dice. Solo en el presente del habla se da el paso de la existencia al existente, en palabras de Emmanuel Levinas. La existencia anónima, el existir abstracto, “se abre para dejar sitio a un dominio privado, a una interioridad, al inconsciente, al sueño y al olvido”. Nombrar las cosas es hacerse cargo de esas estancias. Donde está el habla, está el sujeto en sus estancias más retiradas. Donde está la escritura, está (o solía estar) la comunidad.
En la escritura, tiene lugar el “reparto de lo sensible”, que Jacques Ranciere define como una “distribución y redistribución de los espacios y los tiempos, de los lugares y las identidades, de la palabra y el ruido, de lo visible y lo invisible” (Política de la literatura, traducción de Marcelo G. Burello). Toda escritura participa en ese reparto, y por ello, toda escritura es política. No es su oposición a la guerra la condición política de estos Escritos antibélicos, sino la perfecta gratuidad que señala en la escritura como lugar político en el que se da nombre a lo que es común. La escritura es más ubicua que nunca, pero su lugar se ha vuelto también más inestable que nunca. Sujeta a la dinámica del sistema de producción y su demanda de un crecimiento incesante, la escritura está en todas partes, y con una abundancia prácticamente ilimitada. Está en los blogs, en las novedades editoriales que aumentan año tras año, en las redes sociales, en las auto-ediciones y finalmente, en la Inteligencia Artificial, capaz de escribir a demanda en minutos. El lugar de lo literario en un mundo en el que, como es fama que predijo Óscar Wilde, los lectores se han puesto a escribir, es lo que se tambalea en la escritura de José Manuel Marrero Henríquez.
El título de Escritos antibélicos remite a los Escritos de combate de Rousseau. Nopólemo, su protagonista, parece salir al paso de los humos de polemista que se da el “Ciudadano de Ginebra”, el heterónimo por el que habló el autor del Emilio en sus escritos didácticos, y un precoz emblema del intelectual. Como Rousseau, como todo el que escribe bajo el signo ilustrado, Nopólemo cree en la virtud de la razón, en su poder para conocer todas las cosas y liberar a la humanidad de las cadenas de la ignorancia y la superstición. No quiere ser el legislador de la república de filósofos de Platón. No quiere para sí una responsabilidad mundana. Su república no es de este mundo. Conciencia de la sociedad y abogado de su reforma, sin consumirse en la pasión del poder: tale es el título de su autoridad. No se puede ser más altruista ni usar mejor la inteligencia. Nopólemo es un intelectual. ¿Y quién es el intelectual? ¿De dónde saca, para tanto como destaca? Para María Zambrano, intelectual es el que “da su palabra”, generalmente por escrito. No el que da una palabra cualquiera, sino su palabra, que es dar dos veces, ofrenda y fianza, donación y prenda, lo donado y la entrega a cuenta. Pero, en un mundo sin un suelo estable para la escritura, en el que dar la palabra es dar muy poco, ¿qué sentido tienen el intelectual y su fe en la razón? En este sentido, los escritos de Marrero Henríquez participan de un anti-intelectualismo irónico y heterodoxo, que cree que el mundo es peor sin intelectuales, y contempla con un sarcasmo tierno aquello en lo que se han convertido.
La identificación del mundo con un libro es un símbolo que atraviesa las edades de la escritura. En el Libro del Génesis y, en general, en todas las cosmogonías teístas, el mundo se crea por medio de la palabra. La mística sufí sostiene que cuando fue la voluntad de Dios crear las cosas, se limitó a ordenar a cada una: “sé”. Ibn al Arabi, el gran poeta y filósofo andalusí, encuentra en las simetrías y repeticiones de la naturaleza una imagen del ritmo de la poesía, y asegura escuchar a través de ellas el cálamo divino escribiendo los versos de la Creación. El “libro del mundo” no ha cesado de reformularse: Don Quijote, sin ir más lejos, confundiendo la realidad con un libro infinito de caballerías, o Pierre Menard, leyendo el Quijote a la vez que creándolo. Los Escritos antibélicos de José Manuel Marrero Henríquez, escritor, investigador y profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, le dan otra vuelta al símbolo; giro postmoderno, es decir, irónico, el de una escritura que se piensa a sí misma en una época post-literaria, perdido su estatus privilegiado como logos creador, y reducidas las palabras a escombros radiactivos. Las mutaciones, las deformidades, los desplazamientos de las palabras contaminadas por un apocalipsis nuclear del logos son la materia de estos cuentos.
En ¡Mira los arlequines!, de Nabokov, la tía del protagonista le revela: “Los árboles son arlequines. Las palabras son arlequines. Junta dos cosas (bromas, imágenes) y tendrás un triple arlequín. ¡Vamos! ¡Juega! ¡Inventa el mundo! ¡Inventa la realidad!” En esta escritura sin lugar, el fin del mundo como libro no es tragedia, sino broma y fiesta de disfraces.
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