Carmen se sentía sola en 'la España vaciada' hasta que conoció a Jenny, una migrante ciega que acaba de regularizarse
Las calles del pueblo estaban ya casi guardadas en su memoria sensorial. Su discapacidad visual le obligaba a memorizar el camino habitual de vuelta a casa, pero Jenny llevaba solo unos meses en Dosbarrios, el pueblo toledano donde vivía sin papeles, y una tarde se desorientó. Agobiada y nerviosa, la peruana trató de preguntar a su alrededor. Cuando supo dónde se encontraba, se calmó y sonrió: su cuerpo la había guiado y, sin saber cómo, había aparecido en la puerta de la señora Carmen.
No estaba cerca de su vivienda, pero había llegado a la que se ha convertido en su segunda casa en España. Ese nuevo hogar es una persona y se llama Carmen, una mujer española de 76 años que mira a Jenny con ternura y admiración. Una señora que extrañaba desde hacía demasiado tiempo ese tipo de amistad que acompaña cada día y se convierte en familia. Hasta que conoció a Jenny, que migró desde Perú para encontrar las oportunidades laborales que no tenía en su país debido a su discapacidad visual.
“Es como si nos conociéramos de siempre. Incluso una vez que me perdí, llegué exactamente a la puerta de su casa, pero yo no lo sabía, no identificaba dónde estaba. Había un coche afuera, pregunté al señor para que me orientase. Y, antes de hacerlo, él me había reconocido porque me había visto una vez y me preguntó: '¿Buscas a mi mamá?'”, detalla la joven sorprendida. Carmen interviene con una sonrisa: “¿Tú no crees que ahí hay algo mágico? De repente me la encontré tan apurada en la puerta de la calle hablando con mi hijo”.
Jenny llegó a España en agosto del año pasado. Un familiar suyo vivía en el municipio toledano de Dosbarrios. Con un techo garantizado, decidió migrar para conseguir la vida independiente que anhelaba a sus 30 años. No era fácil; sabía que tras llegar a Madrid como turista y expirar su visado, debía pasar un tiempo sin papeles hasta conseguir un permiso de trabajo, la fórmula utilizada por la mayoría de migrantes latinoamericanos.
“Yo tengo discapacidad visual, tengo la visión muy baja y allá la inclusión más que todo es nombre, no se ve tanto en la práctica. Me decían que en España hay más políticas de inclusión, y podría encontrar mejores oportunidades laborales de las que tenía en Perú”, explica la treintañera, mientras Carmen escucha sus palabras.
"Ella me da el calor que yo necesitaba desde que vine, porque extraño mucho a mi mamá, y lo he encontrado en ella. Cuando estoy con Carmen me hace sentir protegida, mimada. Puede sonar infantil, pero todos necesitamos alguien que se interese por nosotros y nos cuide"
Aún no ha conseguido su objetivo final, pero sí dos pasos importantes. El primero, un permiso provisional de residencia que permite trabajar mientras se estudia su solicitud de regularización extraordinaria. La de Jenny es una de las 549.596 solicitudes registradas desde el inicio del procedimiento de la regularización, según los últimos datos del Ministerio de Migraciones. De ellas, al menos 91.905 personas han obtenido la autorización temporal con la que cuenta la peruana. El segundo logro, la amistad con la jubilada española, que le da cariño y se empeña en acompañarla en cada una de sus gestiones administrativas.
“Yo me sentía sola, y también la veía sola a ella. Ahora nos acompañamos”, dice la septuagenaria. “Ella me da el calor que yo necesitaba desde que vine, porque extraño mucho a mi mamá, y lo he encontrado en ella. Cuando estoy con Carmen me hace sentir protegida, me mima a veces... Puede sonar tal vez infantil, pero tengamos la edad que tengamos siempre es bonito sentir cariño, sentir que le interesas a alguien, sobre todo estando tan lejos de tu madre”, explica la peruana.
Su amistad surgió gracias a la costura, el oficio al que se dedicó Carmen y por el que aún hace algunos arreglos en el pueblo. “Necesitaba que me arreglasen una prenda de ropa. Me hablaron de ella y fui. Después, un día me vi en un aprieto en la calle y la persona a la que se me ocurrió llamar, no sé por qué, fue a ella. Ni corta ni perezosa vino, me dio la mano y nos pusimos a conversar”, describe Jenny. “Desde ahí se ha fortalecido nuestro vínculo”.
Carmen encontró en Jenny la compañía que anhelaba para paliar el aislamiento habitual de tantas personas mayores en la España vaciada. “En el pueblo me preguntan si es mi hija”, dice Carmen entre risas. “Yo digo que no me importaría, pero no; para mí es una amiga, aunque va más allá. Yo tengo a mis hijos, me quieren y los quiero. Pero ella ha venido en una etapa de mi vida en que me da lo que necesito: mucho cariño, conversación, me anima”. Mientras habla, rompe en lágrimas al recordar la falta que le hacía ese apoyo. Jenny, aunque no ve sus lágrimas, percibe el quiebro en su voz y le agarra la mano con fuerza.
“Mi marido me dice: 'Es que chica, te vas con esta muchacha y no te duele nada'”, sonríe la jubilada. La presencia de Jenny ha roto una rutina estanca. “En mi casa a veces no hablo más que con los gatos”, confiesa Carmen. Ahora, la treinteañera pasa horas en su casa y la ayuda en las tareas domésticas en las que pueden acompañarse, desde fregar hasta empaquetar la ropa de invierno en cajas. “Ver que tengo a alguien activo en casa me da un empuje. Es como si me hubieran metido una inyección de 'venga, Carmen, espabila'”.
El laberinto administrativo de la discapacidad
Sin embargo, el permiso provisional que Jenny lleva en el bolsillo es solo la primera llave de un laberinto complejo. Para una persona con discapacidad visual severa, los muros burocráticos no caen fácilmente. “Para los cursos de movilidad me pedían el permiso de residencia”, relata la joven. Ahora que tiene el NIE, el obstáculo ha cambiado de forma: al contactar con la ONCE, la respuesta fue que requería la nacionalidad española o, en su defecto, una acreditación oficial de discapacidad que aún no posee en España. Su único respaldo actual es un informe oftalmológico emitido hace apenas unas semanas en Toledo, cuenta la peruana.
A Carmen le duele la desprotección que sufre su amiga por el hecho de ser extranjera. Su hijo fue el primero en sugerir que llamaran a la ONCE para buscar apoyo. “¿No estáis viendo lo difícil que es salir adelante?”, se pregunta Carmen, aludiendo a las grandes organizaciones. “¿Porque sea de otro país y estar en situación irregular no se le puede echar una mano? Una persona que tiene todas sus capacidades se mueve más fácil, pero con estas discapacidades tendría que haber un organismo que acelerara las cosas, porque ya bastante mal lo pasan”.
Una amistad que desmonta el odio
Carmen frunce el ceño cuando habla de quienes azuzan los discursos que criminalizan la migración. En Canarias, donde vivió una época junto a su familia, conoció de cerca a algunos jóvenes marroquíes que tardaban años en conseguir papeles. “Los españoles también hemos emigrado cuando acabó la guerra, a Argentina, a Rusia... ¿Qué hubiera sido de ellos si los hubieran puesto en alta mar?”, cuestiona. “Si tú eres una persona honrada y tus hijos tienen hambre, buscas el pan donde esté. Yo también lo haría”.
En las calles de Dosbarrios, cuentan, no sienten el odio que vomitan algunos políticos en televisión. El pueblo observa sus paseos como una estampa cotidiana. Cuando Jenny no acompaña a Carmen, las vecinas la buscan con la mirada. “Me preguntan: '¿Y la niña dónde está hoy?'”, relata Carmen con una sonrisa cómplice. Encontrarse cada día en la esquina, con una broma, se ha convertido en una motivación para ambas. No verlas juntas despierta extrañeza.
Su objetivo inmediato es conseguir un empleo en el que sienta que aporta todo lo que puede dar de sí misma. “Quizá necesito un poco más de tiempo para aprender y conocer el espacio, pero después puedo hacer muchos empleos como cualquier persona”, defiende la peruana, que actualmente subsiste dando clases online particulares de inglés, un idioma que domina.
Jenny presentó su regularización hace algo más de un mes con el apoyo de la ONG Servicio Doméstico Activo. Ese día, Carmen agarraba del brazo a Jenny, que portaba un bastón guía entre sus manos. Aunque vive en un pueblo de Toledo de la 'España vaciada', esperaban la apertura de una de las organizaciones que apoyan a los migrantes en el procedimiento extraordinario en Madrid. Era mediodía, pero se habían levantado a las seis de la mañana para tomar la combinación de transporte necesaria para llegar hasta aquí. Cuando Jenny le dijo a Carmen que conocía un lugar en la capital donde podrían ayudarla, no le importó la distancia ni la posible reacción de extrañeza de su marido, que la acabaría esperando en casa hasta el anochecer debido a las escasas conexiones de transporte público con Dosbarrios. “Yo voy contigo”, le dijo la septuagenaria a la peruana.
Ya en el interior del espacio de Servicio Doméstico Activo (SEDOAC), caminaban despacio y con precaución. La anciana, por su edad. La treinteañera, por su discapacidad visual. Ambas se acompañaban y ayudaban en el camino. Se hablaban con la dulzura y complicidad de dos amigas. La diferencia de edad es evidente pero de sus palabras no se percibía una relación asistencialista ni laboral: transmitía un apoyo mutuo. Una hora más tarde, ambas se sientan frente a Edith Espínola, que revisó su caso con detenimiento. “Expediente subido”, anunció la portavoz del colectivo. Otros migrantes de la sala, que entonces aún estaban recopilando trámites previos, aplaudieron y animaron a Jenny. Carmen la miraba con ilusión. No soltaba su mano.
El horizonte administrativo sigue siendo complejo, pero la nevera de Carmen guarda un festejo pendiente. “Yo vivo cada paso suyo intensamente. Tengo una botella de champán en el frigorífico para el día en que consiga su primer contrato de trabajo”, lanza Carmen con desparpajo. Saben que ese día, mientras su marido duerme, brindarán por el día en que Dosbarrios se convirtió en el lugar donde perderse significó la creación de un nuevo hogar.
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